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Gratis · elegí una vozEn un rincón soleado de Argentina, vivía un niño llamado Eric Ezequiel, pero todos lo conocían como Che Bartolo. A Che le encantaba coleccionar piedras. Tenía una colección enorme, de todos los tamaños y colores. Le gustaba sentarse en el pasto, ordenándolas por formas y brillos. A veces, las alineaba como si fueran un ejército de rocas listas para la batalla. Che Bartolo era un niño autista de seis años, y aunque a veces le costaba hablar, sus ojos brillaban con una alegría única.
Un día, en un parque lleno de árboles altos y columpios chirriantes, Che Bartolo conoció a un niño nuevo. Venía de Perú y se llamaba Gonzalo, aunque prefería que lo llamaran Pichi. Pichi tenía una sonrisa traviesa y, al igual que Che, también tenía seis años y era autista. A Pichi le fascinaba sentir la tierra bajo sus pies. Siempre andaba descalzo, sintiendo la textura de la hierba, la arena y hasta las piedritas del camino. Por eso, algunos lo llamaban, cariñosamente, "Pene Descalzo", aunque a él no le importaba mucho.
Al principio, Che y Pichi se miraron con curiosidad. Che sostenía una piedra lisa y gris, mientras que Pichi sentía la suavidad del pasto con los dedos de sus pies. No intercambiaron palabras, pero sus miradas se conectaron. La mamá de Che le hizo señas para que se acercara a Pichi, y él, tímidamente, le ofreció su piedra. Pichi la tomó, la observó con detenimiento y luego se la devolvió a Che, sonriendo. Ese fue el inicio de una amistad increíble.
Desde ese día, Che y Pichi se volvieron inseparables. Che le mostraba a Pichi su colección de piedras, explicándole con gestos y sonidos los nombres que él mismo les había puesto: "La Brillante", "La Redonda", "La Guerrera". Pichi, a su vez, invitaba a Che a sentir la tierra con sus pies descalzos. Al principio, a Che no le gustaba mucho la sensación, pero poco a poco, se fue acostumbrando. Descubrió que la tierra era suave, fría, caliente, áspera… ¡todo a la vez!
Juntos, Che y Pichi exploraron el parque. Construyeron castillos de arena gigantescos, decorados con las piedras de Che. Se columpiaban tan alto como podían, sintiendo el viento en sus caras. Jugaban a las escondidas, riendo a carcajadas cuando se encontraban. Aunque a veces les costaba comunicarse con palabras, se entendían a la perfección. Sus corazones hablaban un lenguaje propio, un lenguaje de amistad y comprensión.
Un día, Che se sintió triste porque extrañaba mucho a su abuela. Pichi, sin decir una palabra, tomó una piedra de la colección de Che, una piedra pequeña y azul que Che llamaba "La Tranquila". Pichi le dio la piedra a Che y lo abrazó fuerte. Che sintió el calor del abrazo de Pichi y la suavidad de la piedra en su mano. Se sintió mejor al instante. Pichi entendía sus sentimientos, aunque no pudiera expresarlos con palabras.
Con el tiempo, Che y Pichi crecieron. Siguieron siendo mejores amigos, apoyándose mutuamente en todo. Che aprendió a hablar con más fluidez, gracias a la paciencia y el cariño de Pichi. Pichi, por su parte, se sintió más cómodo usando zapatos, aunque de vez en cuando, todavía le gustaba sentir la tierra bajo sus pies descalzos.
Juntos, enfrentaron los desafíos de la escuela, las burlas de algunos niños y los momentos de frustración. Pero siempre se tenían el uno al otro. Se recordaban constantemente que eran especiales, que eran únicos y que su amistad era un tesoro invaluable.
Che se convirtió en un gran geólogo, estudiando las rocas y los minerales de todo el mundo. Pichi se convirtió en un famoso jardinero, creando jardines hermosos y coloridos que llenaban de alegría a la gente. Aunque sus caminos los llevaron por diferentes lugares, nunca olvidaron su amistad. Se llamaban por teléfono, se enviaban cartas y se visitaban cada vez que podían.
Un día, muchos años después, Che y Pichi se reunieron en el mismo parque donde se habían conocido. Estaban sentados en el pasto, recordando sus aventuras de niños. Che sostenía una piedra lisa y gris, mientras que Pichi sentía la suavidad del pasto con los dedos de sus pies. No intercambiaron muchas palabras, pero sus miradas se conectaron, igual que la primera vez. Sabían que su amistad duraría para siempre. Habían aprendido que, a veces, las mejores amistades se construyen sin palabras, con el lenguaje del corazón.
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