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Gratis · elegí una vozNo era yo uno de los niños más populares de la escuela ni tampoco de los que más tenía amigos. Yo vivía en el Municipio del Tarra con mis padres, por aquella época, uno de mis juegos favoritos eran las canicas. Con tarros llenos de metras, los chicos se apostaban en el patio de la escuela para comenzar aquellas guerras en las que algunos quedaban sin canicas y otros se llenaban de ellas. Pero donde siempre nos comunicábamos, jugábamos en equipo y donde especialmente nos conocíamos más profundo los unos a los otros. Me llamo Mateo, y aunque no era el mejor jugador, me encantaba la emoción de ver las canicas rodar y chocar, el brillo del vidrio al sol, y sobre todo, la amistad que se forjaba en cada partida.
Mi canica favorita era una de color azul cielo, con una pequeña nube blanca en su interior. La llamaba "Azulina". Azulina no era la más grande ni la más brillante, pero para mí, era especial. Creía que me daba suerte. Un día, mientras jugábamos en el patio, un niño nuevo llegó a la escuela. Se llamaba Samuel, y parecía muy tímido. Se sentó solo en una esquina, observándonos jugar. Nadie se acercaba a él.
Sentí pena por Samuel. Recordé cómo me sentía yo cuando era nuevo en el Tarra. Así que, después de una partida particularmente emocionante, me acerqué a él. "Hola, Samuel," le dije. "Soy Mateo. ¿Quieres jugar a las canicas?"
Samuel me miró con sorpresa. "No sé jugar muy bien," murmuró, sonrojándose.
"No importa," le dije. "Te enseño. Lo importante es divertirse."
Saqué mi tarro de canicas y le ofrecí algunas. Él eligió una verde esmeralda. Empezamos a jugar. Al principio, Samuel era muy torpe, pero poco a poco fue mejorando. Le expliqué las reglas, le mostré cómo apuntar y cómo darle fuerza al lanzamiento. Pronto, estábamos riendo y disfrutando como si nos conociéramos de toda la vida. Azulina, como siempre, me daba buena suerte y gané varias partidas. Pero lo más importante es que Samuel ya no estaba solo.
Los días siguientes, Samuel y yo nos hicimos inseparables. Jugábamos a las canicas todos los días después de clase. Descubrimos que teníamos muchas cosas en común, como nuestro amor por los animales y las historias de aventuras. Él me contaba historias de su anterior escuela, y yo le contaba sobre el Tarra y sus secretos. Un día, mientras jugábamos cerca del río que cruzaba el Tarra, Samuel encontró una canica muy peculiar. Era de un color dorado brillante, con pequeñas motas de colores que parecían estrellas. Nunca había visto una canica así. "¡Mira, Mateo!" exclamó Samuel. "¡Es increíble!"
La canica dorada parecía tener un brillo especial, casi mágico. Decidimos que la llamaríamos "Estrella". Esa noche, tuve un sueño muy extraño. Soñé que Estrella nos hablaba y nos decía que tenía el poder de conceder un deseo a cada uno. Al día siguiente, le conté mi sueño a Samuel. Al principio, no me creyó, pero luego, al observar el brillo intenso de Estrella, comenzó a dudar. "¿Crees que es verdad?" preguntó Samuel, con los ojos llenos de asombro. "No lo sé," respondí. "Pero no perdemos nada con intentarlo."
Decidimos probar el poder de Estrella. Primero, Samuel pidió que su familia fuera muy feliz en el Tarra. Luego, cerramos los ojos y sostuvimos Estrella entre nuestras manos. De repente, sentimos un calor suave y una energía que nos recorrió todo el cuerpo. Al día siguiente, la mamá de Samuel consiguió un trabajo que le encantaba y su hermanita hizo muchos amigos en el vecindario. ¡Su deseo se había cumplido!
Ahora era mi turno. Pensé mucho en lo que quería desear. No quería pedir algo egoísta. Quería algo que beneficiara a todos en el Tarra. Finalmente, decidí desear que todos los niños del Tarra tuvieran la oportunidad de aprender y crecer, sin importar sus recursos. Sostuve Estrella con fuerza y pedí mi deseo con todo mi corazón. Una semana después, la escuela del Tarra recibió una donación inesperada de libros y materiales educativos. ¡Mi deseo también se había cumplido!
Desde ese día, Estrella se convirtió en un símbolo de esperanza y amistad para Samuel y para mí. Aprendimos que la verdadera magia no está en las canicas, sino en la amistad, la generosidad y la capacidad de creer en lo imposible. Aunque Estrella era especial, Azulina siempre seguía siendo mi canica favorita, porque me había enseñado la importancia de la amistad y cómo un simple juego podía unir a las personas. Y aunque ya no soy un niño, siempre recordaré las aventuras de Mateo y las canicas mágicas del Tarra, y cómo un niño tímido y una canica azul me enseñaron el verdadero valor de la amistad.
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