Cuento corto para dormir

Las Aventuras de Pinta y el Silbido del Tren

Un niño recuerda a Pinta, su burrita café, que siempre se escapaba. Un día, mientras intentaba atraparla cerca del río, el silbido de un tren los asustó. Después de buscarla, la encontró atrapada entre las raíces de un árbol y, tras ser rescatada, Pinta se fue a trabajar a un pueblo cercano.

A partir de: En un sueño recordé cuando era niño y tenía que cuidar a una burrita, era color café con una línea negra que iba de un lado a otro sobre sus patas delanteras, era muy lista y se escapaba constantemente y una vez se fue junto a un rio cercano a la casa de mis papás, como era difícil de atrapar intenté atraerla con unas hojas de una planta que le gustaba comer, estaba a punto de atrapar la cuerda que colgaba de su cuello, cuando el sonido del silbato del tren que se acercaba, nos asustó y salimos corriendo los dos en direcciones opuestas. Cuando me recuperé la busqué y para mi fortuna la cuerda que colgaba de su cuello se había atorado entre unas raíces cerca de una fila de cedros, ahí la atrapé y siempre pensé que se reía tanto como yo de la situación. Después de esa situación se la llevaron a un pueblo cercano donde creció y se convirtió en una diligente trabajadora.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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En un sueño, volví a ser aquel niño de pantalones cortos y rodillas raspadas. Recordé a Pinta, mi burrita café. Era un café suave, como el de la leche con chocolate, y tenía una línea negra muy curiosa que le cruzaba las patas delanteras, ¡como si llevara brazaletes! Pinta era traviesa, muy lista, y experta en fugas. Era más escurridiza que una anguila en un cubo de jabón.

Vivíamos cerca de un río, y a Pinta le encantaba ir a explorarlo, aunque se suponía que debía quedarse pastando en el prado. Un día, ¡zas!, desapareció. La busqué por todas partes: detrás del granero, debajo del árbol de manzanas, incluso dentro de la casita del perro (que, por supuesto, estaba vacía, porque ningún perro sensato se metería con Pinta). Finalmente, la encontré cerca del río, disfrutando de un festín de hojas de una planta que le encantaba, una que mi papá decía que se llamaba "hierba dulce".

"¡Pinta!", exclamé, intentando no asustarla. Sabía que si corría hacia ella, saldría disparada como un cohete. Así que, con mucho cuidado, me acerqué, ofreciéndole un puñado de hierba dulce. Pinta, con sus grandes ojos marrones, me miró con curiosidad. Parecía decir: "¿En serio vas a compartir tu hierba dulce conmigo?".

Mientras comía, lentamente, muy lentamente, me acerqué a la cuerda que colgaba de su cuello. Estaba a punto de agarrarla, ¡casi la tenía en mis manos!, cuando de repente… ¡PIIIIIIIIII! Un silbido ensordecedor resonó en el aire. Era el tren, que pasaba muy cerca de nuestra casa.

Pinta y yo nos asustamos tanto que dimos un brinco. Ella salió corriendo en una dirección, y yo en la otra. El silbido del tren, el ruido de las ruedas sobre los rieles, todo era muy confuso. Cuando finalmente me recuperé del susto, mi corazón latía como un tambor.

"¡Pinta!", grité de nuevo, con la voz temblorosa. La busqué desesperadamente. La imaginé perdida, asustada, tal vez incluso atrapada en algún lugar. El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, y la sombra de la noche se hacía cada vez más larga. El miedo me atenazaba el estómago.

La busqué cerca del río, entre los arbustos, detrás de las rocas… ¡Nada! Estaba a punto de darme por vencido, cuando divisé algo café entre la fila de cedros que bordeaba el prado. Me acerqué con cautela, temiendo lo peor. Y entonces… ¡ahí estaba!

La cuerda que colgaba de su cuello se había enredado entre las raíces de un cedro. Pinta estaba atrapada, pero parecía más sorprendida que asustada. Me miró con sus grandes ojos marrones, y creo, ¡creo que la vi sonreír! Era una sonrisa de burrita traviesa, una sonrisa que decía: "¡Vaya, menudo lío en el que me he metido!".

Con cuidado, desenredé la cuerda de las raíces. Pinta se quedó quieta, dejándome hacer. Cuando finalmente estuvo libre, me dio un suave empujón con su cabeza, como dándome las gracias. Me reí a carcajadas, y creo que ella también se rió conmigo. Era una risa compartida, una risa de alivio y de complicidad.

Esa noche, dormí con Pinta en el granero. La abracé fuerte, sintiendo su calor y su suave pelaje. Sabía que nuestra aventura había terminado bien, pero también sabía que Pinta era una burrita muy especial.

Unas semanas después, mi papá me dijo que Pinta tenía que irse. La iban a llevar a un pueblo cercano, donde la necesitaban para ayudar a transportar mercancías. Me puse muy triste, pero también entendí que Pinta podía hacer mucho bien en otro lugar.

Me despedí de ella con un abrazo y un beso en su suave hocico. Le prometí que nunca olvidaría nuestras aventuras, y ella me miró con sus grandes ojos marrones, como diciéndome que ella tampoco me olvidaría.

Después de esa situación, se la llevaron a un pueblo cercano donde creció y se convirtió en una diligente trabajadora. Tiraba de carros llenos de frutas y verduras, ayudaba a los campesinos a transportar sus cosechas, y siempre, siempre, llevaba una sonrisa en su cara. Y yo, cada vez que escuchaba el silbido de un tren, recordaba a Pinta, mi burrita café, y sonreía, sabiendo que ella también estaba sonriendo, en algún lugar lejano.

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Publicado el 14/04/2026

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