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Gratis · elegí una vozTita María, con una sonrisa brillante, anunció: "Señoras y Señores, les presentamos al gran contador de cuentos, ¡Gonzalo!" (Aplausos) "¡Bravo! ¡Bravo!"
Gonzalo, con los ojos llenos de emoción, comenzó su relato: "Había una vez unos soldados que zurcaron sobre las montañas. Eran valientes y fuertes, con armaduras brillantes y espadas relucientes. Caminaron durante días, superando rocas y valles, hasta que… ¡tachán! Se encontraron un castillo!"
"¿Y en ese castillo había… qué?" preguntó María, curiosa.
"En ese castillo había de todo, tita. ¡De todo lo que te puedas imaginar! Había manzanas rojas y jugosas, peras verdes y dulces, plátanos amarillos y blanditos, melocotones anaranjados y peluditos, limones amarillos y ácidos… ¡y cachirulos de colores!"
María sonrió ante la lista de frutas. "¡Qué castillo más delicioso! ¿Y qué pasó después?"
Gonzalo hizo una pausa dramática. "Que de repente… ¡oyó un ruido! Un ruido cuidado de espadas que chocaban. ¡Eran de unos sarracenos!"
"¡Ah!" exclamó María, sorprendida.
"Sí, tita. Y los templarios… ¡salieron rápidamente! Estaban dentro del castillo, protegiendo todas las frutas. Fueron rápidamente hacia los sarracenos y… ¡los mataron!"
"¡Ah!" volvió a exclamar María, con un respingo.
Gonzalo, entusiasmado, continuó: "Y también fueron los caballos…"
"Adiusss" susurró la tita María, con una sonrisa pícara.
"Y también fueron, también fueron unos sarracenos…"
"Adiusss" volvió a susurrar la tita María, aún más divertida.
"Y unos… y los templarios salieron de su castillo…"
"Adiusss" repitió la tita María, casi en un susurro.
Gonzalo, con una sonrisa triunfal, finalizó su cuento: "¡Y colorín colorado este cuento se ha acabado!"
(Aplausos) "¡Bravo! ¡Bravo, bravo! Es que se me ponen los pelos como escarpias", exclamó Tita María, abrazando a Gonzalo con cariño.
Pero la historia no termina aquí, porque Gonzalo, inspirado por su propio relato, decide que los templarios no solo defendieron el castillo, sino que también compartieron las frutas con todos los necesitados.
Después de la batalla, los templarios, aunque victoriosos, se dieron cuenta de que la verdadera riqueza del castillo no estaba en las frutas, sino en la posibilidad de compartirlas. Así que, con gran generosidad, abrieron las puertas del castillo a todos los aldeanos que vivían en las montañas.
Imaginen la sorpresa de los aldeanos al ver las mesas llenas de manzanas rojas, peras verdes, plátanos amarillos, melocotones anaranjados y limones amarillos. ¡Nunca habían visto tanta fruta junta! Los niños corrían y reían, eligiendo sus frutas favoritas. Los adultos, con lágrimas en los ojos, agradecían a los templarios por su bondad.
Pero la generosidad de los templarios no se detuvo ahí. Decidieron plantar árboles frutales por toda la montaña, para que nunca más nadie tuviera que pasar hambre. Con la ayuda de los aldeanos, cavaron hoyos, plantaron semillas y regaron los árboles con cuidado.
Con el tiempo, la montaña se transformó en un vergel. Árboles frutales de todas las clases crecían por doquier, ofreciendo sus frutos a todos los que pasaban. Los aldeanos vivían felices y en paz, compartiendo la abundancia de la naturaleza.
Y Gonzalo, al ver la cara de felicidad de su tita María, decidió agregar un último detalle a su cuento. Dijo que los cachirulos que había en el castillo no eran solo para jugar, sino que también eran mágicos. Cada vez que un niño soplaba un cachirulo, un nuevo árbol frutal nacía en la montaña.
Así, la montaña se convirtió en un lugar mágico, donde la generosidad y la alegría reinaban por siempre. Y los templarios, que al principio solo eran soldados, se convirtieron en héroes, no por su valentía en la batalla, sino por su bondad y su amor al prójimo.
Y colorín colorado, este cuento frutal se ha acabado. ¡Pero la historia de la montaña generosa apenas comienza!
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