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Gratis · elegí una vozCelia, con sus diez años llenos de energía, vivía en Vitoria, una ciudad verde y llena de secretos por descubrir. Elena, un poquito mayor con once años, era de Salamanca, una ciudad dorada con una historia que se respiraba en cada esquina. A pesar de la distancia que separaba sus hogares, un verano mágico en el pueblo de sus abuelos las unió para siempre.
Se conocieron en la plaza del pueblo, bajo la sombra del viejo olmo. Celia, con su pelo castaño alborotado por el viento, intentaba desesperadamente hacer volar una cometa. Elena, observando desde un banco, se acercó con una sonrisa. "Necesitas más viento y un poco de ayuda," le dijo, mostrando cómo ajustar la cuerda. En ese instante, una amistad floreció, tan brillante como el sol de verano.
Pasaron los días explorando cada rincón del pueblo. Descubrieron un arroyo escondido donde construyeron pequeñas balsas con hojas y ramitas. Se perdieron (y se encontraron) en el laberinto de maizales del campo. Compartieron helados de fresa y risas contagiosas hasta que les dolía la barriga. Celia le enseñó a Elena a jugar a la comba, saltando tan alto que casi tocaban las nubes. Elena le leyó a Celia historias de caballeros y dragones a la sombra de un cerezo centenario.
Hubo momentos serios también. Una tarde, mientras recogían moras, Celia se torció el tobillo. Elena, con calma y decisión, la ayudó a llegar hasta la casa de sus abuelos, improvisando un bastón con una rama. Esa tarde, Celia aprendió que una verdadera amiga está ahí, incluso cuando duele. Otra vez, fue Elena quien se sintió triste porque echaba de menos a sus padres. Celia, con un abrazo fuerte y palabras de consuelo, le recordó que no estaba sola.
Pero el verano, como todas las cosas buenas, llegó a su fin. La despedida en la estación de autobuses fue difícil. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras se abrazaban con fuerza. "Prometemos escribirnos," dijo Celia con la voz temblorosa. "Y prometemos volver a vernos," añadió Elena, aferrándose a la mano de su amiga.
Vitoria y Salamanca, 260 kilómetros que parecían una eternidad. Los primeros días fueron duros. Celia sentía un vacío en el estómago cada vez que recordaba las risas compartidas. Elena echaba de menos las aventuras en el campo y la compañía de Celia. Pero cumplieron su promesa. Las cartas viajaban de un lado a otro, llenas de dibujos, secretos y anécdotas de sus vidas cotidianas.
Luego, llegaron los mensajes. Primero a través de los teléfonos de sus padres, después, cuando fueron un poco mayores, a través de sus propias tabletas. Se contaban sus alegrías y sus penas, los nuevos amigos del colegio, los libros que leían, las películas que veían. La distancia seguía siendo un obstáculo, pero la tecnología les permitía sentirse cerca.
Un año después, llegó el reencuentro. Los padres de Celia organizaron un viaje sorpresa a Salamanca. La emoción de Elena al ver a Celia bajar del coche fue indescriptible. Corrieron a abrazarse, gritando de alegría. Pasaron el fin de semana recorriendo Salamanca, visitando la Plaza Mayor, la Universidad y la Casa de las Conchas. Aunque la ciudad era diferente al pueblo, la magia de su amistad seguía intacta.
Desde entonces, intentaban verse al menos una vez al año, alternando entre Vitoria y Salamanca. A veces, era más difícil de lo que esperaban, pero siempre encontraban la manera. Descubrieron que la distancia, aunque dolorosa, también fortalecía su amistad. Aprendieron a valorar cada momento juntas, a apreciar la importancia de la comunicación y a cultivar un lazo que trascendía los kilómetros.
Con el tiempo, Celia y Elena crecieron, pero su amistad se mantuvo firme. La distancia ya no parecía tan grande. Sabían que, aunque no se vieran todos los días, siempre estarían ahí la una para la otra, unidas por un verano mágico y un lazo inquebrantable. Sus aventuras kilométricas apenas comenzaban.
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