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Había una vez, en un barrio donde las casas tenían techos de colores y los jardines olían a jazmín, un perrito salchicha llamado Pancho. Pancho era largo, muy largo, tanto que cuando su nariz ya estaba en la cocina, su colita todavía seguía saludando en el pasillo. Vivía con una curiosidad del tamaño de una montaña y unas ganas de saltar que no le cabían en el cuerpo. Un buen día, mientras olisqueaba un hormiguero muy organizado, escuchó un ladrido que sonaba como campanitas de cristal. Al levantar la vista, vio a Pelusa, una caniche (pudle) blanca y esponjosa que parecía una nube que se había caído del cielo y le habían crecido cuatro patitas.
—¡Che, Pancho! ¿Viste qué lindo día para saltar? —exclamó Pelusa con un entusiasmo contagioso. Ella no caminaba, ella rebotaba, como si tuviera resortes invisibles en sus almohadillas.
Pancho, que siempre estaba listo para la acción, movió la cola con tanta fuerza que casi se muerde la oreja. —¡Tenés razón, Pelusa! Mis patas cortas ya están aburridas de estar quietas. ¡Hagamos un concurso de saltos! —propuso el salchicha. Y así, entre los maceteros de margaritas y los gnomos de jardín que parecían vigilar el juego, comenzó la aventura más saltarina de sus vidas.
Primero intentaron saltar sobre el chorro de la manguera que el vecino había dejado prendida. Pelusa, ágil como una bailarina, se elevaba por los aires con una elegancia que dejaba a Pancho con la boca abierta. Ella parecía flotar, su pelo blanco se despeinaba con el viento y caía siempre con una gracia increíble. Pancho, por otro lado, tenía una técnica diferente. Él tomaba carrera, estiraba su largo cuerpo lo más que podía y ¡zaz!, volaba como un avión bajito. A veces, su panza rozaba el césped, pero eso no le importaba porque el aterrizaje siempre terminaba en una voltereta divertida sobre las hojas secas.
—¡Mirá cómo vuelo, Pelusa! —gritaba Pancho mientras intentaba alcanzar una mariposa que volaba bajo.
—¡Sos un genio, Pancho! ¡Parecés un resorte de chocolate! —le respondía ella, saltando sobre una hilera de hormigas que los miraban con asombro. Las hormigas, por supuesto, no entendían por qué esos gigantes estaban tan felices, pero se apartaron rápidamente para no ser aplastadas por la alegría peluda.
De repente, el juego se volvió más imaginativo. Decidieron que el jardín ya no era un jardín, sino una selva misteriosa llena de obstáculos mágicos. Los arbustos de rosas eran volcanes de perfume, y el camino de baldosas era un río de lava de frutilla que no podían tocar. Para cruzarlo, tenían que saltar de piedra en piedra.
—¡Cuidado, Pelusa! ¡Que la lava de frutilla te va a manchar las patas! —advirtió Pancho, concentrándose en su próximo gran brinco. Pelusa dio un salto triple, girando en el aire como un trompo de algodón de azúcar, y cayó justo en el centro de una baldosa gris. Pancho, calculando la distancia con sus ojos brillantes, se impulsó con todas sus fuerzas. Su cuerpo largo se curvó en el aire y, por un segundo, pareció que realmente estaba volando sobre el río imaginario.
El sol de la tarde empezaba a ponerse naranja, pintando las nubes de colores pastel. Los dos amigos se detuvieron un momento para recuperar el aliento, con las lenguas afuera y los corazones latiendo al ritmo de la diversión. Pero la energía de los cachorros es inagotable.
—¿Y si saltamos hasta la Luna? —preguntó Pelusa, mirando cómo el satélite empezaba a asomarse tímidamente detrás de un árbol de paltas.
—¡Dale! Pero necesitamos un trampolín —respondió Pancho, buscando algo que le sirviera de impulso. Encontraron una vieja pila de almohadones que la dueña de casa había sacado para sacudir. Era la plataforma perfecta.
Pelusa subió primero. Rebotó una, dos, tres veces, subiendo cada vez más alto. Parecía una gimnasta olímpica. Cuando bajó, le dio el turno a Pancho. El perrito salchicha se acomodó, estiró sus patitas traseras y empezó a saltar. La sensación de estar en el aire era lo mejor del mundo. Sentía que sus orejas eran alas y que el cielo estaba al alcance de su hocico. Saltaron y brincaron hasta que el cielo se llenó de estrellas que parecían puntos de luz aplaudiendo su alegría.
Al final del día, cuando las sombras se hicieron largas y el cansancio empezó a ganarles la partida, Pancho y Pelusa se echaron sobre el pasto fresco. Estaban despeinados, tenían algunas hojitas pegadas al pelaje y olían a aventura.
—Che, Pelusa, mañana podemos saltar sobre los charcos si llueve —susurró Pancho, cerrando los ojos con una sonrisa.
—Me encanta la idea, Pancho. Pero mañana también quiero que me enseñes a volar tan bajito como vos —contestó la caniche, acomodándose al lado de su amigo largo.
Los dos amigos se quedaron dormidos bajo el gran árbol de paltas, soñando con mundos donde no existía la gravedad y donde cada ladrido se convertía en un salto hacia la felicidad. Porque al final del día, no importaba si eras corto y largo o blanco y esponjoso; lo único que importaba era tener a alguien con quien compartir un buen brinco y una gran amistad. El jardín quedó en silencio, pero en el aire todavía flotaba la magia de dos perritos que, por un ratito, fueron los dueños absolutos del cielo y de los saltos.
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