Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en dos rincones lejanos del mundo, dos corazones conectados por una pantalla brillante. Emily, una niña guatemalteca con el pelo como la noche y una sonrisa como el sol de la mañana, y Agustina, una niña uruguaya de Montevideo con ojos color mar y una risa que contagiaba alegría, eran las mejores amigas del mundo. Se conocieron en un juego online y desde entonces, ¡no se habían separado! Bueno, al menos no virtualmente.
Durante ocho meses, sus videollamadas eran su mundo. Desayunaban juntas, hacían la tarea juntas, incluso se contaban cuentos antes de dormir, ¡todo a través de la pantalla! Era como si vivieran en la misma casa, solo que con un océano de distancia.
Pero un día, una noticia triste llegó como una nube gris. Emily tenía que mudarse a Estados Unidos con su familia por trabajo. ¡Hasta diciembre! La idea de no poder ver a Agustina todos los días, de no poder escuchar su risa en tiempo real, le apretaba el corazón como una nuez dura.
"¿Cómo vamos a hacer?", preguntó Emily, con la voz temblorosa. "No sé a qué hora podré llamarte, ni siquiera si tendré señal."
Agustina, aunque triste, intentó sonreír. "Encontraremos la forma, Emily. ¡Somos un equipo! Las luciérnagas brillan incluso en la noche más oscura, ¿recuerdas? Buscaremos nuestro brillo, nuestro momento para hablar."
Antes de irse, Emily tenía algo más que le daba vueltas en la cabeza. "Agus", dijo, con la mirada baja, "mi ex… bueno, la ex de mi prima, me dijo que tú terminaste con tu ex porque ella trabajaba mucho y no tenía tiempo para ti… ¿Es verdad?"
Las palabras de Emily cayeron sobre Agustina como un balde de agua fría. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No era verdad, ¡no toda la verdad! Ella había amado mucho a su ex, pero no había sido solo la falta de tiempo. Había sido la falta de atención, la falta de interés en las cosas que a Agustina le importaban. Su ex siempre estaba ocupada, sí, pero también distante, como si Agustina fuera solo una nota al pie de página en su vida.
Agustina respiró hondo para controlar el temblor en su voz. "Emily, eso no es cierto. O bueno, no es la historia completa. Ella trabajaba mucho, sí, pero también… no me escuchaba. No le importaba lo que yo sentía. No era solo el tiempo, era… la conexión. Se había roto, Emily. Se había roto por dentro."
Las lágrimas rodaban por las mejillas de Agustina, pero no eran lágrimas de pena por su ex, sino lágrimas de frustración por tener que revivir el dolor. Emily, al ver a su amiga tan afligida, se sintió terriblemente culpable. ¿Por qué le había creído a la ex de su prima? ¿Por qué había dudado de Agustina?
"Lo siento mucho, Agus", dijo Emily, con la voz llena de remordimiento. "No debí haberte preguntado eso. No debí haberle creído a… a esa persona. Confío en ti, Agus. Te creo a ti."
Agustina asintió, limpiándose las lágrimas con la manga de su suéter. "Gracias, Emily. Eso significa mucho para mí."
Los días siguientes fueron una mezcla de alegría y tristeza. Emily y Agustina aprovecharon cada segundo de sus videollamadas, sabiendo que pronto tendrían que separarse, al menos virtualmente.
Finalmente, llegó el día de la partida de Emily. Se despidieron con promesas de mantenerse en contacto, de encontrar la forma de hablar, aunque fuera solo por unos minutos. Emily prometió buscar un lugar con buena señal, y Agustina prometió quedarse despierta hasta tarde si era necesario.
Los primeros días fueron difíciles. Emily no tenía señal casi nunca, y cuando la tenía, era solo por un momento. Agustina se sentía sola y extrañaba mucho a su amiga. Pero no se rindieron. Intentaron llamarse a diferentes horas, enviarse mensajes cuando podían, incluso se dejaron notas de voz para que la otra las escuchara cuando tuviera tiempo.
Poco a poco, encontraron una rutina. Emily descubrió que podía conectarse a internet en la biblioteca del pueblo donde vivía. Era solo por una hora al día, pero era suficiente. Suficiente para escuchar la voz de Agustina, para reírse de sus chistes, para sentirse cerca, a pesar de la distancia.
Agustina, por su parte, aprendió a ser paciente. Sabía que Emily estaba haciendo todo lo posible por mantenerse en contacto, y eso era lo que importaba. Empezó a dibujar cosas para mostrarle a Emily en sus videollamadas, y Emily le contaba historias de las nuevas personas que conocía en Estados Unidos.
A pesar de la distancia y las dificultades, su amistad se hizo aún más fuerte. Aprendieron a valorar cada momento que tenían juntas, a apreciar el poder de la comunicación, y a entender que la verdadera amistad puede superar cualquier obstáculo.
Finalmente, llegó diciembre. Emily regresó a Guatemala, y la primera cosa que hizo fue llamar a Agustina. La videollamada fue larga y llena de risas. Se contaron todo lo que se habían perdido, y prometieron que nunca más dejarían que la distancia las separara.
Desde ese día, Emily y Agustina siguieron siendo las mejores amigas del mundo, unidas por una pantalla, sí, pero sobre todo, unidas por un amor verdadero y una amistad inquebrantable. Y siempre recordaron la lección que habían aprendido: que incluso las luciérnagas más distantes pueden brillar juntas, siempre y cuando mantengan la luz de la amistad encendida en sus corazones.
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