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Hace muchos, muchos años, en un tiempo tan remoto que las ranas aún tenían un pelaje suave y esponjoso, y los pájaros ladraban en lugar de cantar, vivía una familia en una pequeña cabaña al borde de un valle encantado. En esa casa crecían dos niñas llamadas Clara y Lucía, junto a su hermano menor, un pequeño travieso llamado Martín. Eran tiempos de magia y extrañezas, donde el cielo a veces se volvía color mermelada y los árboles susurraban secretos a quienes sabían escuchar. Sin embargo, ese invierno había sido especialmente largo y la despensa de la cabaña empezaba a mostrar el fondo de madera vacía. Mamá y Papá habían salido al pueblo lejano, y los niños, sintiendo el rugir de sus estómagos, decidieron que eran lo suficientemente valientes para buscar provisiones por su cuenta.
—No se preocupen —dijo Clara, la mayor, mientras ajustaba su capa—. Conozco el camino hacia el Bosque de Lana. Allí las bayas son tan grandes como manzanas y las setas saben a pan recién horneado.
Lucía, que siempre llevaba una cinta azul en el pelo, asintió con entusiasmo, mientras que el pequeño Martín agarró su honda de madera, convencido de que podría defender a sus hermanas de cualquier peligro. Salieron de la casa bajo un sol pálido. A medida que se adentraban en el bosque, el paisaje cambiaba. Las ranas de pelo largo saltaban entre los charcos, sacudiendo sus melenas verdes para salpicar a los niños, y las flores se cerraban con un sonido de clic al sentirlos pasar. El aire olía a pino y a algo dulce, como azúcar quemada.
Caminaron durante horas, llenando sus cestas con frutos brillantes y castañas doradas. Estaban tan distraídos que no notaron cómo los árboles se volvían más altos, más oscuros y más retorcidos. De repente, el canto de las ranas cesó. Un silencio pesado cayó sobre el bosque, roto solo por un ronquido profundo que hacía vibrar el suelo bajo sus pies. Frente a ellos, oculta tras unos arbustos de espinas de plata, se erguía una cabaña gigantesca hecha de troncos de roble milenario.
—Miren —susurró Martín, señalando hacia la puerta—. ¡Es enorme!
Antes de que pudieran dar media vuelta, la puerta se abrió con un estruendo que pareció un trueno. De su interior salió una figura colosal. Era un ogro, pero no uno cualquiera. Tenía la piel del color del musgo viejo, una nariz tan grande como un calabacín y tres ojos amarillos que giraban en direcciones diferentes. Su nombre era Gruñoncio, y no tenía fama de ser muy amigable con los visitantes.
—¡Vaya, vaya! —rugió el ogro, y su voz hizo que las hojas de los árboles cayeran de golpe—. Tres pequeños bocadillos han venido a mi puerta. Y traen cestas llenas de mis bayas favoritas. ¡Qué amable de su parte!
Clara, aunque temblaba como una cuerda de violín, dio un paso al frente. —Señor Ogro, no queríamos molestar. Solo buscábamos comida para nuestra familia. Por favor, déjenos marchar.
Gruñoncio soltó una carcajada que sonó como piedras chocando. —¡De ninguna manera! Tengo hambre y mi cueva está desordenada. Ustedes limpiarán mis ollas y luego decidiré cuál de ustedes será mi postre.
El ogro los atrapó con sus manos gigantescas, con cuidado de no aplastarlos pero con firmeza, y los metió en la cocina. La habitación era un caos de huesos viejos, calderos oxidados y montañas de platos sucios. Pero Clara, que era muy astuta, notó algo importante: Gruñoncio se rascaba constantemente la espalda contra el marco de la puerta, con una expresión de frustración.
—Señor Gruñoncio —dijo Clara con voz clara—. Veo que tiene una picazón terrible. En nuestro tiempo, las ranas tienen pelo, y nosotros sabemos tratar la piel sensible. Si nos deja ayudarle, le prometo que no sentirá más molestia.
El ogro se detuvo y la miró con sus tres ojos. —¿Pueden quitarme este picor? He intentado rascarme con pinos enteros y nada funciona.
—Oh, sí —intervino Lucía, captando el plan de su hermana—. Pero necesitamos ingredientes especiales que están en nuestras cestas. Y necesitamos que nos baje al suelo para preparar el ungüento.
El ogro, movido por la desesperación de su piel irritada, los puso en el suelo. Los niños comenzaron a mezclar rápidamente las bayas trituradas con un poco de savia de los árboles y el pelo que Martín había recolectado de una rana distraída en el camino. Mientras el ogro esperaba ansioso, Clara susurró a sus hermanos: —Cuando le apliquemos la mezcla, quedará pegajoso por unos minutos. En ese momento, corremos hacia el Sendero de los Sauces.
—Aquí tiene, señor —dijo Clara, extendiendo una plasta púrpura y brillante—. Aplíqueselo en la espalda y verá qué alivio.
El ogro se giró, y los niños, trabajando juntos, lanzaron la mezcla pegajosa sobre sus hombros. Al instante, la savia reaccionó con el aire y se volvió tan densa como el pegamento de carpintero. Gruñoncio soltó un suspiro de alivio inicial, pero pronto se dio cuenta de que sus brazos estaban pegados a sus costados por la mezcla espesa.
—¡Ahora! —gritó Martín.
Los tres niños corrieron como el viento, esquivando las raíces y saltando sobre los riachuelos. Gruñoncio gritaba y forcejeaba, pero la mezcla de bayas y pelo de rana era más fuerte de lo que parecía. Mientras los niños se alejaban, escucharon al ogro quejarse, no de rabia, sino de asombro: —¡Vaya, realmente ya no me pica!
Corrieron hasta que el bosque volvió a ser luminoso y las ranas peludas volvieron a saludarlos con sus saltos. Llegaron a casa justo cuando el sol se ponía, tiñendo el cielo de un rosa suave. Sus padres ya habían regresado y los esperaban preocupados. Los niños compartieron los frutos que habían salvado y contaron su aventura una y otra vez.
Desde aquel día, se dice que en el Bosque de Lana, el ogro Gruñoncio decidió volverse vegetariano y dedicarse a la jardinería, pues descubrió que las bayas eran mucho más útiles para la piel que para la cena. Y las ranas, bueno, eventualmente perdieron su pelo para volverse expertas nadadoras, pero en aquella casa, siempre se recordó el tiempo en que tres hermanos fueron más listos que un ogro gigante gracias a un poco de ingenio y una pizca de pelo de rana.
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