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Gratis · elegí una vozEste era Layla, un viajero que iba de pueblo en pueblo llevando productos para vender. Era un ambulante de a pie, no tenía animales de carga, así que llevaba su mercancía en su espalda, y la vendía en las comunidades más lejanas. Hacía trueque de sus productos con lana de oveja o carne de los animales andinos. Cargaba toda su mercadería en una manta grande que se parecía al bolso de un personaje de navidad, de la cual extraía uno a uno los objetos en oferta que parecían no tener fin. Cuando llegaba a las chozas de los lugares recónditos, después del saludo cordial, comenzaba a ofrecer con voz comercial objetos maravillosos como: linternas con luz infinita, espejos para comunicarse con la pastora vecina, bebidas medicinales, polvos mágicos, mallas de pesca con encanto, joyas para las jóvenes y no tan jóvenes, abrigos de seda, prendas íntimas, las infaltables golosinas para los chiquillos, y demás bienes que incitaban a la compra.
Cierto día, este buen vendedor se adentró en una de las comunidades muy lejanas de Chumbivilcas. Aquel día las horas pasaron rápido, la tarde se convirtió en noche. El hombre caminante, sin darse cuenta, de pronto se encontró en un lugar desolado, solo en compañía de la noche oscura. Comenzó a desesperarse, porque no veía ninguna vivienda donde pudiera pasar la noche y ofrecer parte de su carga. Después de haber caminado más de cuatro horas desde la caída de la noche, con un apetito voraz y una sed de camello, de repente, como en una visión borrosa, se le presentó frente a sus narices una choza solitaria que ofrecía la oportunidad de refugio y calor.
El cansado y sediento Layla se alegró, y llamó con voz amable, pero nadie le respondió. Se asomó a la choza y vio que la puerta estaba abierta. En el interior había un fogón apagado que invitaba a ser encendido, y un montón de pellejos de oveja que sugerían una cama para descansar. El cansado caminante entró a la rústica casita, de inmediato cogió bosta y prendió el fogón para calentarse y cocinar un poco de carne que traía.
Mientras se abrigaba con el calor del fuego e intentaba comer la carne que aún no se cocinaba del todo en las brasas, escuchó una voz de ultratumba y aullidos lejanos de perros. Miró por una grieta en una de las paredes de piedra y vio aproximarse a un hombre vestido con un poncho negro y harapiento. Cuando miró el rostro del visitante, se llenó de asombro. Tenía la cara muy blanca, como una moraya (papa deshidratada), y sus pies terminaban en dos agujas puntiagudas. Comenzó a temblar de miedo, se apresuró a apagar las llamas del fogón y buscar un escondite dentro de la choza. Se subió a los palos del armazón del techo y ahí permaneció inmóvil, respirando muy despacio.
El rostro de moraya y pies de aguja entró a la rústica vivienda, olisqueó y clavó la mirada en la carne que se achicharraba en las brasas. Cogió un pedazo de carne con sus manos que no tenían dedos, sino eran como palillos chinos, abrió la boca para dar un mordisco con los dientes que parecían de perro o felino, y pronunció: – No tiene sabor, pero olfateo carne más deliciosa.
Al escuchar eso, Layla, que permanecía en el techo, se movió un milímetro, lo cual ocasionó la ruptura de los palos que soportaban su peso. Cayó encima del hombre que saboreaba la carne sin sabor.
El que se espantó con la caída fue el hombre fantasmal, quien se atoró con el pedazo de carne que tenía en la boca. Además, en un movimiento torpe, metió su rostro en las brasas vivas del fogón, quemándose. Quiso gritar de dolor, pero solo le salieron sonidos carraspeados, porque estaba atragantado. Salió violentamente de la choza haciendo sonidos de aves agoreras en vez de gritos terroríficos, y se alejó por la llanura y las sombras de la noche andina.
Layla se recuperó de la caída, se incorporó para ver hacia dónde huía el hombre fantasmal que lo había visitado en esa noche extraña en su alojamiento temporal.
Dicen que en esas pampas, en las noches silenciosas y muy oscuras, se ve un hombre con la cara como quien tiene un cigarro en la boca, también se escuchan toses y carraspeos de vez en cuando. Los lugareños dicen que es el fantasma atragantado, buscando un poco de sabor en la carne que nunca pudo disfrutar. Y Layla, bueno, Layla sigue viajando, pero ahora siempre lleva consigo una linterna extra brillante y un buen puñado de sal para sazonar cualquier carne, por si acaso.
Desde entonces, Layla se hizo famoso por su valentía y su encuentro con el fantasma. Los niños de los pueblos lejanos le pedían que les contara la historia una y otra vez, y él, con una sonrisa, siempre aceptaba, añadiendo cada vez un detalle más fantástico a su aventura. Aprendió a cocinar la carne a la perfección, asegurándose de que siempre tuviera el sabor adecuado para evitar cualquier encuentro desagradable con fantasmas hambrientos. Y aunque el susto fue grande, Layla nunca dejó de viajar, llevando alegría y productos a los rincones más remotos de los Andes.
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