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Gratis · elegí una vozLiza era una niña curiosa como ninguna otra. Vivía en una casita pintada de colores brillantes, rodeada de un jardín lleno de flores que siempre parecían sonreírle. Pero lo que más le fascinaba a Liza era la luna. Cada noche, se sentaba en el alféizar de su ventana y la observaba, imaginando qué secretos ocultaba esa brillante bola en el cielo.
Su mejor amigo, Brisa, era un conejito blanco de orejas largas y un pelaje suave como el algodón. Brisa compartía la curiosidad de Liza por la luna. Todas las noches, se acurrucaba a su lado mientras ella le contaba sus fantasías lunares.
Una noche, Liza tuvo una idea brillante. "¡Brisa!", exclamó, "¿y si vamos a la luna?". Brisa, aunque un poco asustado, movió sus orejas en señal de aprobación. Él siempre estaba dispuesto a acompañar a Liza en sus aventuras.
Pero, ¿cómo llegar a la luna? Liza pensó y pensó. Finalmente, se le ocurrió una solución. "¡Construiremos un cohete!", anunció con entusiasmo.
Así, Liza y Brisa comenzaron a trabajar. Recolectaron cajas de cartón de todos los tamaños, rollos de papel de baño vacíos y botellas de plástico. Con pegamento, tijeras y mucha imaginación, transformaron esos objetos en un cohete espacial impresionante. Brisa ayudaba mordisqueando los pedazos de cartón más rebeldes y supervisando que todo estuviera bien pegado.
Cuando el cohete estuvo terminado, Liza lo pintó de azul celeste y lo decoró con estrellas brillantes hechas de papel de aluminio. Brisa, orgulloso, le dio un último retoque mordisqueando una estrella que estaba un poco torcida.
Esa noche, después de que sus padres se durmieran, Liza y Brisa arrastraron el cohete hasta el jardín. La luna brillaba intensamente, como si los estuviera invitando a subir. Se metieron dentro del cohete, Liza se sentó en el asiento del piloto y Brisa se acurrucó a su lado, temblando un poco de emoción y nerviosismo.
"¡Preparados para el despegue!", gritó Liza. Cerró los ojos, imaginó que estaba encendiendo los motores y comenzó a sacudir el cohete con todas sus fuerzas. Brisa se aferró a su brazo, cerrando los ojos con fuerza.
De repente, sintieron un ligero temblor. Abrieron los ojos y… ¡estaban volando! El cohete, impulsado por la imaginación de Liza y la valentía de Brisa, se elevaba hacia el cielo. Las luces de la ciudad se veían cada vez más pequeñas, y las estrellas brillaban con más intensidad.
Después de un rato, llegaron a la luna. Era mucho más grande y brillante de lo que Liza había imaginado. Al aterrizar, se dieron cuenta de que la luna no era de piedra, ¡sino de queso! Un queso gigante, lleno de cráteres que parecían agujeros de gruyere.
Liza y Brisa salieron del cohete y comenzaron a explorar. El suelo era suave y esponjoso, como si estuvieran caminando sobre un gran colchón de queso. Probaron un poco de queso lunar y descubrieron que tenía un sabor dulce y delicioso, como un pastel de vainilla.
Jugaron a la rayuela en los cráteres, hicieron ángeles de queso y hasta construyeron un pequeño castillo de queso. Brisa, con sus dientes afilados, fue el arquitecto del castillo.
Pero después de un rato, Liza comenzó a sentir sueño. La aventura había sido emocionante, pero también muy agotadora. "Creo que es hora de volver a casa, Brisa", dijo bostezando.
Brisa asintió con la cabeza. Él también estaba cansado, pero muy feliz. Habían cumplido su sueño de viajar a la luna.
Se metieron de nuevo en el cohete y, con un último empujón de la imaginación de Liza, despegaron de la luna de queso. El viaje de regreso fue rápido y tranquilo.
Cuando llegaron a su jardín, el sol comenzaba a salir. Dejaron el cohete en su lugar y se metieron sigilosamente en la casa. Liza se acurrucó en su cama con Brisa a su lado.
Al día siguiente, cuando Liza se despertó, la luna ya no estaba en el cielo. Pero ella sabía que la luna de queso seguía ahí, esperándola para su próxima aventura. Y sabía que, con la ayuda de su fiel amigo Brisa, cualquier cosa era posible.
Desde esa noche, Liza y Brisa siguieron mirando la luna, pero ahora la veían con otros ojos. Ya no era solo una bola brillante en el cielo, sino un lugar mágico lleno de queso y aventuras. Y sabían que, aunque la luna estuviera lejos, siempre podrían visitarla en sus sueños.
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