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Gratis · elegí una vozDavid e Izan eran dos hermanos inseparables. Compartían risas, secretos y, sobre todo, un inmenso amor por Lola, su perra labrador color miel. Lola era más que una mascota; era parte de la familia. Le encantaba jugar a la pelota en el parque, recibir caricias detrás de las orejas y dormir acurrucada a los pies de las camas de David e Izan.
Pero un día, Lola enfermó gravemente. Los hermanos la cuidaron con todo su cariño, pero al final, Lola tuvo que partir. El cielo se sintió más oscuro, y el hogar, más vacío. David e Izan lloraron mucho, abrazando el collar de Lola como si aún pudieran sentir su calor.
Una noche, mientras miraban las estrellas desde la ventana de su habitación, Izan, el más pequeño, dijo con voz temblorosa: “¿Crees que Lola está en el cielo, David?”.
David, aunque también estaba triste, intentó sonreír. “Mamá dice que cuando las mascotas que amamos mueren, se convierten en estrellas y nos cuidan desde arriba.”
Izan miró fijamente al firmamento. “¿Podremos ir a verla algún día?”.
Esa noche, ambos hermanos soñaron con Lola. En su sueño, una estrella brillante descendió y se transformó en un cohete espacial hecho de nubes de algodón de azúcar y propulsado por ladridos de alegría. Una voz suave, que reconocieron como la de Lola, los invitó a subir.
Al despertar, David e Izan se miraron con emoción. Aunque sabían que era solo un sueño, la idea de visitar a Lola en las estrellas se quedó grabada en sus corazones. Decidieron construir su propio cohete, no uno real, claro, sino uno imaginario. Usaron cajas de cartón, mantas, almohadas y mucha, mucha imaginación.
Después de varios días de trabajo, su cohete estaba listo. Lo llamaron “Lola Uno”. Se subieron dentro, cerraron los ojos y comenzaron a contar: “Diez, nueve, ocho…”. Al llegar a cero, gritaron “¡Despegue!” y sacudieron el cohete con todas sus fuerzas.
De repente, sintieron un cosquilleo en el estómago y una suave brisa en la cara. Al abrir los ojos, ya no estaban en su habitación. ¡Estaban en el espacio! A su alrededor, miles de estrellas brillaban como diamantes. Planetas de colores giraban lentamente, y nebulosas de gas dibujaban formas increíbles.
“¡Lo hemos logrado!”, exclamó David con alegría.
“¡Estamos en el espacio!”, gritó Izan, maravillado.
Mientras flotaban en su cohete Lola Uno, vieron una estrella especialmente brillante que parecía sonreírles. De repente, la estrella se acercó y tomó la forma de… ¡Lola! Pero no era la Lola que recordaban. Era una Lola hecha de luz estelar, con una cola brillante que dejaba un rastro de polvo de estrellas.
“¡Lola!”, gritaron los hermanos al unísono.
Lola-estrella ladró alegremente y se acercó a su cohete. “¡Bienvenidos, mis queridos David e Izan! ¡Estoy tan feliz de verlos!”.
Los hermanos abrazaron a Lola-estrella, sintiendo la calidez reconfortante de su amor. Pasaron horas jugando en el espacio. Lola-estrella los llevó a conocer planetas habitados por criaturas fantásticas, les mostró constelaciones que contaban historias antiguas y los hizo reír con sus piruetas cósmicas.
David e Izan aprendieron que las estrellas no son solo puntos brillantes en el cielo, sino también lugares llenos de magia y aventura. Comprendieron que, aunque Lola ya no estaba físicamente con ellos, su amor seguía brillando en el cielo nocturno.
Pero el tiempo en el espacio pasa rápido. Lola-estrella les dijo que era hora de regresar. Los hermanos se despidieron de Lola con un abrazo fuerte y prometieron visitarla pronto.
De vuelta en su cohete Lola Uno, cerraron los ojos y contaron: “Diez, nueve, ocho…”. Al llegar a cero, sintieron el mismo cosquilleo en el estómago y la suave brisa en la cara. Al abrir los ojos, estaban de nuevo en su habitación. El sol comenzaba a salir por la ventana.
¿Había sido todo un sueño? Quizás. Pero David e Izan sabían que, de alguna manera, habían visitado a Lola en las estrellas. Y cada vez que miraban al cielo nocturno, buscaban la estrella más brillante, sabiendo que allí, Lola-estrella los estaba cuidando y esperando su próxima aventura espacial. Desde ese día, la tristeza se convirtió en un dulce recuerdo, y la esperanza brilló como una estrella en sus corazones. Sabían que el amor verdadero, como el de Lola, nunca muere; simplemente se transforma y sigue brillando para siempre. Y a veces, con un poco de imaginación y un cohete de cartón, puedes incluso visitarlo.
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