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Gratis · elegí una vozEn lo alto de los Andes, en la provincia de Espinar, Cusco, vivían dos parejas de abuelos ratones: Don Remigio y Doña Rufina, y Don Anselmo y Doña Benita. Su hogar era una pequeña casita de adobe, cálida y acogedora, escondida entre las raíces de un enorme árbol de quinua. La vida en Espinar era tranquila, pero a veces, un poco aburrida.
Don Remigio, el más aventurero de los cuatro, siempre contaba historias de tesoros escondidos en las faldas del Apu Espinar, la montaña sagrada que los protegía. “Dicen,” susurraba con voz misteriosa, “que el Apu guarda un tesoro de maiz dorado, más brillante que el sol, y papas de todos los colores del arco iris.”
Doña Rufina, su esposa, reía con cariño. “Remigio, Remigio, siempre con tus cuentos. El único tesoro que tenemos es nuestra salud y la compañía de nuestros amigos.”
Don Anselmo, un ratón más callado y reflexivo, asentía con la cabeza. “Rufina tiene razón. La verdadera riqueza está en la amistad y el trabajo duro.”
Doña Benita, la más joven de los cuatro, era una ratoncita muy curiosa. A pesar de estar de acuerdo con los demás, la idea del tesoro del Apu la intrigaba mucho. Una tarde, mientras tejía una chalina de lana de alpaca, preguntó: “Pero, ¿alguien ha intentado buscar el tesoro, Don Remigio?”
Don Remigio sonrió, mostrando sus pequeños dientes. “Muchos lo han intentado, Benita. Pero el Apu Espinar es muy sabio y protege sus secretos. Solo aquellos con un corazón puro y una gran valentía podrán encontrarlo.”
La curiosidad de Doña Benita creció aún más. Esa noche, no pudo dormir. La imagen del maíz dorado y las papas de colores danzaba en su mente. A la mañana siguiente, despertó a Don Anselmo con una idea descabellada. “Anselmo, ¿por qué no intentamos buscar el tesoro del Apu?”
Don Anselmo, sorprendido, casi se atragantó con su mate de coca. “¿El tesoro? Benita, estás loca. Somos ratones viejos, no aventureros.”
“Pero podríamos intentarlo,” insistió Benita. “Solo un poquito. Quizás el Apu nos considere dignos.”
Después de mucha insistencia, Don Anselmo, con el corazón lleno de amor por su esposa, accedió. Prometieron mantener su aventura en secreto para no preocupar a Don Remigio y Doña Rufina.
Al día siguiente, temprano, mientras el sol comenzaba a pintar las montañas de dorado, Don Anselmo y Doña Benita se aventuraron hacia el Apu Espinar. Llevaban una pequeña mochila con charqui, queso andino y un mapa dibujado por Don Remigio (aunque él no lo supiera).
El camino era empinado y rocoso. Tuvieron que sortear riachuelos cristalinos y escalar grandes piedras. Doña Benita, a pesar de su edad, se sentía llena de energía. Don Anselmo, por su parte, se cansaba con facilidad, pero el entusiasmo de su esposa lo mantenía en pie.
En un momento dado, llegaron a una cueva oscura y misteriosa. Del interior emanaba un aire frío y un sonido suave como un susurro. Doña Benita, valiente, encendió una pequeña vela y se adentró en la cueva. Don Anselmo, temeroso, la siguió de cerca.
Dentro de la cueva, encontraron un pasadizo estrecho y tortuoso. Tuvieron que gatear y arrastrarse para poder avanzar. De repente, el pasadizo se abrió a una gran cámara iluminada por un resplandor dorado.
En el centro de la cámara, sobre un altar de piedra, no había maíz dorado ni papas de colores. En lugar de eso, había una pequeña fuente de agua cristalina. El agua brillaba con un resplandor especial, como si estuviera llena de luz.
De la fuente emanaba una voz suave y melodiosa. “Habéis llegado hasta aquí con un corazón puro y una gran valentía. Pero el verdadero tesoro no es lo que buscáis. El verdadero tesoro es el agua que da vida a la tierra y a sus habitantes. Protegedla y cuidadla, y seréis recompensados.”
Don Anselmo y Doña Benita se sintieron conmovidos por las palabras del Apu. Comprendieron que el verdadero tesoro no era material, sino un regalo de la naturaleza que debían proteger.
Regresaron a casa con el corazón lleno de alegría. Aunque no encontraron maíz dorado ni papas de colores, habían descubierto algo mucho más valioso. Compartieron su experiencia con Don Remigio y Doña Rufina, quienes, al principio, se sorprendieron, pero luego se sintieron orgullosos de sus amigos.
Desde ese día, los cuatro abuelos ratones se dedicaron a cuidar la fuente de agua y a proteger la tierra de Espinar. Enseñaron a los demás ratones la importancia de la naturaleza y el valor de la amistad. Y así, vivieron felices para siempre, sabiendo que el verdadero tesoro estaba en sus corazones y en la tierra que amaban.
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