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Gratis · elegí una vozLuana y Mayte eran dos hermanas inseparables. Luana, la mayor, tenía ocho años y una imaginación desbordante. Mayte, con seis años, era más tranquila pero siempre dispuesta a seguir a su hermana en cualquier aventura. Una noche, después de leer un libro sobre constelaciones, se fueron a dormir soñando con estrellas brillantes y planetas lejanos.
Y de repente, ¡puf! Despertaron en un lugar completamente diferente. Ya no estaban en sus camas, sino en una especie de cabina redonda con luces parpadeantes y botones de colores. Miraron por la ventana y vieron… ¡el espacio! Estaban flotando entre estrellas y planetas.
"¡Luana, estamos en el espacio!" exclamó Mayte, con los ojos bien abiertos.
Luana, aunque sorprendida, mantuvo la calma. "Parece que nuestro sueño se ha hecho realidad", dijo con una sonrisa. "¡Esto es increíble!"
Un robot pequeño y simpático, con antenas que se movían de un lado a otro, se acercó a ellas. "¡Bienvenidas a la Nave Estelar Sueño! Soy Robi, su guía en esta aventura espacial", dijo con una voz metálica pero amigable.
Robi les explicó que la nave era impulsada por la imaginación y los sueños de los niños. Les mostró un mapa estelar que brillaba con luces de colores. "¿A dónde quieren ir primero?", preguntó Robi.
Luana y Mayte se miraron. "¡A la Luna!", dijeron al unísono.
Robi pulsó un botón y la nave comenzó a moverse a toda velocidad. Pronto, la Luna se veía enorme frente a ellas. Aterrizaron suavemente en la superficie lunar. ¡Estaba llena de cráteres y rocas grises! Llevaban puestas unos trajes espaciales muy cómodos que aparecieron mágicamente.
"¡Qué silencio!", susurró Mayte, impresionada.
De repente, vieron algo moverse entre las rocas. Era un pequeño conejo lunar, ¡pero era de color azul brillante! El conejo las miró con curiosidad y luego comenzó a saltar. Luana y Mayte lo siguieron, riendo y disfrutando de la gravedad lunar, que las hacía saltar muy alto.
Después de jugar con el conejo azul, Robi les dijo que era hora de partir. "¡Nuestro próximo destino es el planeta de los caramelos!", anunció.
Mayte saltó de alegría. ¡Un planeta de caramelos! Eso sonaba delicioso. Al llegar al planeta, se encontraron con un paisaje increíble. Había árboles de piruletas, ríos de chocolate y montañas de algodón de azúcar. ¡Todo era comestible!
Unos pequeños seres hechos de gelatina de frutas las recibieron con entusiasmo. Les ofrecieron probar todas las delicias del planeta. Luana y Mayte comieron hasta que no pudieron más. ¡Nunca habían probado caramelos tan deliciosos!
Pero la aventura no había terminado. Robi les dijo que tenían que ayudar a los habitantes del planeta a encontrar una fruta mágica que estaba escondida. Esta fruta era la que le daba el color y el sabor a todos los caramelos. Sin ella, el planeta perdería su magia.
Luana y Mayte, junto con los seres de gelatina, buscaron por todo el planeta. Finalmente, Luana encontró la fruta mágica escondida debajo de un árbol de piruletas gigante. ¡Era una fruta dorada y brillante!
Cuando devolvieron la fruta a los habitantes del planeta, todo se iluminó con colores vibrantes. El planeta de los caramelos volvió a ser un lugar lleno de alegría y sabor.
Después de despedirse de sus amigos de gelatina, Robi las llevó a su último destino: el planeta de la música. Este planeta estaba lleno de instrumentos gigantes que tocaban melodías suaves y alegres. Había montañas que sonaban como flautas, ríos que cantaban como violines y árboles que hacían sonar campanas.
Allí conocieron a unos seres hechos de notas musicales que bailaban al ritmo de la música. Luana y Mayte se unieron a ellos y bailaron hasta que se cansaron. ¡Nunca se habían divertido tanto!
Pero, como todas las aventuras, esta también tenía que llegar a su fin. Robi les dijo que era hora de volver a casa. "¡Pero no quiero irme!", dijo Mayte, con los ojos llenos de lágrimas.
"No se preocupen", dijo Luana, "siempre podremos volver a este lugar en nuestros sueños".
Robi las llevó de vuelta a la Nave Estelar Sueño y pulsó un botón. De repente, todo se volvió borroso y sintieron que se desvanecían.
Cuando despertaron, estaban de nuevo en sus camas. El sol brillaba por la ventana. Se miraron con una sonrisa. Sabían que habían vivido una aventura increíble.
Desde ese día, Luana y Mayte siguieron soñando con el espacio y los planetas lejanos. Sabían que, mientras tuvieran su imaginación, siempre podrían volver a la Nave Estelar Sueño y vivir nuevas aventuras juntas. Y cada noche, antes de dormir, miraban al cielo y le agradecían a las estrellas por haberlas llevado a la aventura estelar.
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