Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozLuaya tenía cuatro años y medio. Su pelo rubio con flequillo casi le tapaba sus brillantes ojos almendrados azules. Sus mejillas estaban siempre rosadas, y su vestido rosa clarito con florecitas pequeñas revoloteaba cuando corría. Luaya amaba los cuentos. Le encantaba que su mamá le leyera historias de princesas, dragones, e incluso de niños que iban al colegio.
Un día, mientras su mamá le leía un cuento sobre un valiente caballero y un dragón amigable, Luaya sintió un cosquilleo en la nariz. De repente, ¡puf! Se encontró en un establo. Pero no era un establo cualquiera. Era el establo de Duende, su pony favorito, ¡pero Duende no estaba allí!
Luaya parpadeó. Recordaba que en el cuento el caballero buscaba una espada mágica perdida. "¡Esto es como el cuento!", pensó Luaya. "¡Duende es la espada mágica, y tengo que encontrarlo!"
Empezó a buscar por todo el establo. Vio un cartel que decía: "Torneo de Ponis Saltadores - ¡Duende es el campeón!". Luaya recordó que Duende era el mejor saltador de la granja. Pero entonces, ¿por qué no estaba allí?
Encontró a una gallina clueca muy preocupada. "¿Has visto a Duende?", le preguntó Luaya. La gallina cacareó tristemente y señaló con su ala hacia el bosque. "¡Se fue por allá! ¡Escuché un ruido extraño y lo vi corriendo!"
Luaya, con su vestido rosa y su mirada decidida, se adentró en el bosque. El bosque era oscuro y misterioso, muy diferente al cuento que estaba escuchando antes. Pero Luaya no tenía miedo. Sabía que tenía que encontrar a Duende.
De repente, escuchó un llanto. Siguió el sonido hasta que llegó a un pequeño claro. Allí, atrapado en un arbusto espinoso, estaba… ¡un conejito! El conejito lloraba porque no podía liberarse.
Luaya, recordando las palabras amables del caballero del cuento, se acercó con cuidado. Con sus pequeñas manos, apartó las espinas una por una hasta que el conejito quedó libre. El conejito, agradecido, le dijo: "Vi a un pony corriendo por aquí. Parecía asustado. Iba hacia la cascada."
Luaya corrió hacia la cascada. Al llegar, vio algo que la dejó boquiabierta. ¡Duende estaba allí, pero no estaba solo! Unos niños estaban intentando ponerle una montura muy pesada. Parecían enfadados.
"¡Dejen a Duende en paz!", gritó Luaya. Los niños se giraron sorprendidos. "¿Y tú quién eres?", preguntó uno de ellos, con voz amenazante.
Luaya, inspirada por la valentía del caballero del cuento, se plantó frente a ellos. "Soy Luaya, y Duende es mi amigo. No pueden obligarlo a hacer algo que no quiere."
Los niños se rieron. "Es solo un pony", dijo otro. "Lo usaremos para ganar el torneo."
Entonces, Luaya tuvo una idea. Recordó que en el cuento, el caballero no usaba la fuerza, sino la inteligencia. "¿Saben qué?", dijo Luaya. "Duende es muy bueno saltando, pero necesita un jinete que lo quiera y lo entienda. Si lo tratan mal, no saltará bien."
Luaya les propuso un trato: ella montaría a Duende en el torneo. Si ganaban, Duende se quedaría con ella. Si perdían, los niños podrían usarlo. Los niños, confiados en su victoria, aceptaron.
Luaya abrazó a Duende y le susurró al oído: "Confía en mí. Vamos a divertirnos."
El día del torneo, Luaya, con su vestido de florecitas, montó a Duende. Al principio, Duende estaba un poco nervioso. Pero Luaya le habló con cariño, como si estuvieran jugando a las familias. Le recordó lo mucho que le gustaba saltar.
Y entonces, ¡empezaron a saltar! Duende, sintiendo la confianza de Luaya, saltó con alegría y precisión. Saltaron todos los obstáculos, uno tras otro, con gracia y velocidad. ¡Eran un equipo perfecto!
¡Ganaron el torneo! Los niños, sorprendidos, tuvieron que aceptar el trato. Duende se quedó con Luaya.
De repente, Luaya sintió otro cosquilleo en la nariz. ¡Puf! Estaba de nuevo en la sala, con su mamá terminando de leer el cuento. Pero esta vez, Luaya sabía que la aventura había sido real. Había salvado a Duende, como el caballero del cuento había salvado el reino. Y aprendió que la valentía y la amabilidad son más poderosas que la fuerza.
Luaya corrió al establo y abrazó a Duende. Le contó todo sobre su aventura en el bosque y en el torneo. Duende relinchó suavemente, como si entendiera cada palabra. Luaya sonrió. Sabía que viviría muchas más aventuras, mezclando la magia de los cuentos con la alegría de la vida real. Y siempre, siempre tendría a Duende a su lado.
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