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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Lucas. Lucas era especial, porque no sentía nada. Era como una hoja seca en otoño, movida por el viento, pero sin vida propia. Cuando todos reían, él no se reía. Simplemente observaba, con sus ojos grandes y oscuros, las bocas abiertas y las caras iluminadas por la alegría. Cuando alguien lloraba, él no sabía qué hacer. No entendía las lágrimas, el nudo en la garganta, el dolor que hacía arrugar la frente. Veía cómo todos sus compañeros sentían tantas cosas… y él, nada.
Lucas (hablando con voz apagada):
Lucas aparece desde un lateral y se sienta en su cama en medio de la escena.
—¿Por qué yo no puedo sentir lo que ellos sienten?
—¿Dónde estarán mis emociones?
Suena música suave, misteriosa, como de ensueño. El niño se acuesta y se queda dormido.
Narrador/a:
Esa noche, Lucas soñó que viajaba a un bosque lleno de luces de colores. Árboles altos como gigantes dormidos brillaban con tonos de esmeralda, rubí y zafiro. El suelo estaba cubierto de musgo suave y esponjoso, y pequeñas flores luminiscentes parpadeaban como estrellas fugaces. Los árboles murmuraban secretos antiguos y el viento susurraba melodías olvidadas. Era un lugar mágico, un reino de ensueño.
De pronto, una voz alegre resonó entre las hojas…
(Aparece Alegría saltando y riendo)
(Música viva, alegre.)
Alegría:
—¡Hola, Lucas! ¡Bienvenido al Bosque de las Emociones Perdidas! Soy Alegría, y estoy aquí para ayudarte a encontrar las tuyas.
Lucas:
—¿Mis emociones? ¿Están perdidas?
Alegría:
—¡Claro que sí! Pero no te preocupes, las encontraremos. ¡Sígueme!
Alegría tomó la mano de Lucas y lo condujo a través del bosque brillante. Primero, llegaron a un claro donde un grupo de ardillas jugaba persiguiéndose unas a otras.
Alegría:
—Mira, Lucas. ¿Qué ves?
Lucas:
—Ardillas jugando.
Alegría:
—¡Sí! ¿Y qué sientes al verlas?
Lucas hizo un esfuerzo, frunciendo el ceño.
Lucas:
—Nada. Solo ardillas.
Alegría:
—¡Intenta de nuevo! Piensa en lo divertido que es jugar, en la emoción de la persecución. Imagina que eres una de esas ardillas.
Lucas cerró los ojos y se concentró. Por un instante, sintió un pequeño cosquilleo en su estómago, como una burbuja a punto de estallar. Pero luego, desapareció.
Lucas:
—Nada. Lo siento.
Alegría no se rindió. Lo llevó a un lago cristalino donde cisnes blancos nadaban con gracia.
Alegría:
—¿Y ahora, Lucas? ¿Qué sientes al ver esta belleza?
Lucas observó a los cisnes, su elegancia, su tranquilidad.
Lucas:
—Son bonitos.
Alegría:
—¡Más! Siente la paz que transmiten, la armonía de sus movimientos. Imagina que eres uno de ellos, deslizándote sobre el agua.
Lucas respiró hondo y miró fijamente a los cisnes. Esta vez, sintió algo diferente. Una sensación suave y calmante, como una pluma rozando su piel. Una pequeña chispa de… ¿tranquilidad?
Lucas:
—Creo… creo que siento algo. Como… paz.
Alegría sonrió radiante.
Alegría:
—¡Eso es! ¡Lo estás sintiendo! ¡Ya estás conectando con tus emociones!
Continuaron su viaje por el bosque. Alegría le mostró a Lucas una flor que lloraba rocío, ayudándolo a sentir una pizca de tristeza. Le presentó a un león cachorro que rugía con valentía, despertando un atisbo de coraje en su interior. Poco a poco, Lucas empezó a sentir. Las emociones eran como pequeños destellos, fugaces y sutiles, pero estaban ahí.
Finalmente, llegaron a una cueva oscura y misteriosa.
Alegría:
—Aquí es donde guardamos las emociones más profundas, Lucas. Las que a veces dan más miedo sentir.
Lucas dudó. La cueva era oscura y amenazante. Pero Alegría le tomó la mano y lo guio hacia adentro. Dentro de la cueva, encontraron una gran puerta de madera.
Alegría:
—Detrás de esta puerta, están todas tus emociones, Lucas. Solo tú puedes abrirlas.
Lucas se acercó a la puerta y la tocó con timidez. Sintió una energía extraña vibrar en la madera. Cerró los ojos y recordó todo lo que había experimentado en el bosque. La alegría de las ardillas, la paz de los cisnes, la tristeza de la flor, el coraje del león. Y entonces, sintió algo más. Algo profundo y poderoso. Amor.
Con una nueva determinación, Lucas empujó la puerta. La puerta se abrió con un crujido, revelando una luz brillante y cálida. Al otro lado, vio un jardín lleno de flores de todos los colores imaginables. Y en el centro del jardín, una pequeña niña lo esperaba con los brazos abiertos.
La niña:
—¡Lucas! ¡Te estábamos esperando!
Lucas corrió hacia la niña y la abrazó con fuerza. En ese momento, sintió una explosión de emociones. Alegría, tristeza, amor, miedo, esperanza… todas juntas, inundándolo por completo. Por fin, Lucas sentía. Por fin, estaba vivo.
Lucas se despertó en su cama. El sol brillaba a través de la ventana. Ya no era el mismo niño que se había acostado la noche anterior. Ahora, podía sentir. Ahora, sabía lo que significaba estar vivo.
Desde ese día, Lucas nunca más volvió a ser el niño que no sentía nada. Aprendió a abrazar sus emociones, a reír con alegría, a llorar con tristeza, a amar con todo su corazón. Y supo que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hay esperanza, siempre hay luz, siempre hay amor.
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