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Había una vez, en el corazón de unas montañas que parecían pinceladas con el verde más intenso del mundo, una niña llamada Lucía. Todos la conocían como la pequeña Pastorcita del Valle Esmeralda. Lucía no cuidaba sus ovejas en prados abiertos y llanos, sino en medio de un inmenso y fragante cafetal, donde los arbustos crecían tan altos que a veces superaban su propia cabeza.
Una tarde, mientras el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos naranja y violeta, Lucía se dio cuenta de algo terrible: el silencio era demasiado profundo. Ya no se escuchaba el suave 'beee' que solía acompañar el viento. Sus ovejas, traviesas y curiosas, se habían perdido entre los surcos de la plantación. Lucía corrió de un lado a otro, pero el aroma del café recién maduro era tan fuerte y embriagador que parecía adormecer sus sentidos, impidiéndole encontrar el rastro de sus amigas lanudas.
—¡Ovejitas! ¡¿Dónde están?! —gritaba con voz quebrada, mientras las ramas de los cafetos, cargadas de granos rojos como rubíes, rozaban sus mejillas.
Cansada de buscar y con el corazón pequeñito por la angustia, Lucía se sentó a la sombra de un viejo cedro. Las abejas zumbaban entre las flores blancas del café, danzando en una coreografía que solo ellas entendían. Sin darse cuenta, el cansancio la venció y sus ojos se cerraron. En su sueño, Lucía vio un valle mágico. Las montañas no eran de tierra, sino de algodón de azúcar verde, y los recolectores de café, con sus canastos de mimbre, cantaban canciones que hacían bailar a las nubes. En el sueño, sus ovejas regresaban saltando, felices, trayendo consigo una alegría que iluminaba todo el cafetal.
De repente, un balido lejano la despertó. Lucía se puso en pie de un salto, con la esperanza latiendo con fuerza en su pecho. Llamó a sus ovejas una por una: '¡Nieve! ¡Lucero! ¡Canela!'. Y, para su sorpresa, las vio aparecer entre los arbustos. Sin embargo, al verlas de cerca, Lucía soltó un grito de asombro y comenzó a llorar. Sus queridas ovejas estaban allí, pero algo faltaba: ¡sus colas habían desaparecido! Las pobres ovejitas se veían extrañas, cortitas y tristes, moviendo sus traseros sin encontrar nada que agitar.
—¡Ay, mis pobres ovejitas raboncitas! —exclamó secándose las lágrimas—. ¿Qué les ha pasado? ¿Quién les ha quitado su alegría?
Pero Lucía no era una niña que se rindiera fácilmente. Recordó el consejo de su abuelo: 'En el cafetal, lo que se pierde con el viento, el sol te lo devuelve'. Decidió caminar más allá de los límites conocidos de la finca, siguiendo el sendero que llevaba hacia el viejo trapiche de madera donde antes se molía la caña de azúcar.
Al llegar a una loma donde crecía un antiguo y retorcido guayabo, Lucía se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron como platos. Allí, colgadas de las ramas bajas del árbol, balanceándose suavemente con la brisa de la tarde, había decenas, ¡cientos de colitas blancas y esponjosas! Parecía que el sol las estaba calentando después de una tarde de juegos.
—¡Ahí están! —gritó con júbilo.
Sin perder un segundo, Lucía sacó de su delantal un costurero de madera que siempre llevaba consigo. Pero no era un hilo cualquiera; era un hilo especial, teñido con la esencia del café más puro y fortalecido con el calor del sol. Con una aguja de plata y mucha paciencia, Lucía llamó a cada oveja. Con movimientos delicados y llenos de amor, fue remendando lo que el campo, en un arranque de picardía, les había quitado.
—Una puntada por aquí para Nieve, un nudito de seda para Lucero —susurraba mientras trabajaba.
Cuando terminó, el cafetal pareció cobrar vida. Las ovejas, recuperada su integridad, comenzaron a saltar y a bailar entre los surcos. Lucía, riendo a carcajadas, se unió al baile. El viento sopló entre las hojas de los cafetos, creando una melodía natural que las acompañó hasta que la primera estrella apareció en el firmamento. Desde aquel día, se dice que en ese cafetal las ovejas tienen las colas más brillantes y que, si prestas atención, aún puedes oler el aroma a café y a hilo caliente que selló aquella mágica amistad.
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