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Había una vez una casita de color crema con un jardín lleno de margaritas donde el silencio se había vuelto un habitante más. Julia, de ocho años, y su hermana pequeña Celia, de seis, caminaban por los pasillos de puntillas, como si no quisieran despertar a la tristeza que dormía en cada rincón. Hacía apenas una semana que Luna, su preciosa gata de color ceniza, había cruzado el arcoíris tras un accidente con un coche en la carretera principal. La casa se sentía vacía; no había ronroneos en la noche ni saltos juguetones sobre las sábanas por la mañana.
—Extraño mucho su naricita fría —susurraba Celia, abrazando un peluche que antes solía compartir con Luna. Julia asentía en silencio, mirando por la ventana del salón hacia el jardín, donde las flores parecían haber perdido un poco de su brillo.
Fue precisamente esa tarde cuando algo cambió. Entre los arbustos de hortensias, un destello de color amarillo y blanco apareció de repente. No era un movimiento elegante y silencioso como el de Luna, sino más bien un tropiezo ruidoso. Un gato joven, con el pelaje revuelto y manchas color miel, asomó la cabeza. Tenía una oreja un poco doblada y unos ojos dorados que brillaban con una curiosidad indomable. Los vecinos lo llamaban Luisito, y todos sabían que era un gato sin hogar, un pequeño vagabundo que se creía el dueño de todo el barrio.
Luisito no conocía la timidez. En cuanto vio a Julia tras el cristal, se acercó trotando y empezó a restregarse contra el vidrio. Sin embargo, Luisito no era el gato de un anuncio de televisión. Estaba sucio, su pelo blanco parecía grisáceo por el polvo del camino y, si se miraba de cerca, se podían ver varias garrapatas alojadas en sus orejas. Era, en palabras del padre de las niñas, un pequeño invasor descuidado.

—¡Mira, mamá! —exclamó Celia—. ¡Es Luisito! ¡Quiere entrar!
La madre se acercó y suspiró. —Pobrecito, tiene mucha hambre, pero no podemos dejarlo entrar así, niñas. Está muy sucio y esas garrapatas no son buenas para nadie. Además, todavía estamos muy tristes por Luna.
Pero Luisito no aceptaba un 'no' por respuesta. Durante los días siguientes, el gato se convirtió en una sombra amarilla en el jardín. Si Julia abría la ventana para ventilar, Luisito intentaba colar una pata. Si el padre salía a regar, Luisito se enredaba entre sus piernas, provocando casi un tropiezo. Era increíblemente cariñoso; lanzaba cabezazos amistosos a las botas de cualquiera que saliera al exterior, dejando un rastro de polvo y pelos en los pantalones.
Una tarde de lluvia intensa, el ánimo en la casa estaba por los suelos. El trueno retumbaba y las niñas pensaban en lo sola que estaría Luna en el cielo de los gatos. De repente, escucharon un llanto agudo. No era un maullido normal, era un grito de auxilio. Al asomarse a la puerta de la cocina, vieron a Luisito empapado, temblando bajo el alero del tejado, pero todavía intentando empujar la puerta con su pequeña nariz rosada.

—No podemos dejarlo fuera en la tormenta —dijo Julia con firmeza. Sus ojos, antes apagados, brillaban con una nueva determinación—. No es Luna, lo sé. Pero él nos necesita ahora mismo.
El padre miró a su esposa, y luego a las caritas suplicantes de sus hijas. Suspiró, abrió la puerta y, con una toalla vieja, envolvió al revoltoso Luisito. El gato, lejos de asustarse, empezó a ronronear tan fuerte que parecía que tenía un motor dentro del pecho.
Esa noche comenzó la gran transformación. Con mucha paciencia, champú especial para mascotas y un peine fino, la familia trabajó unida. Julia sostenía el bote de jabón, Celia ayudaba a secar con aire tibio y el padre, con mucho cuidado, fue retirando una a una las garrapatas que molestaban al pequeño invasor. A medida que el agua arrastraba la suciedad, descubrieron que el pelaje de Luisito no era un amarillo apagado, sino un naranja brillante, como el sol del amanecer, y su blanco era tan puro como las nubes.
Cuando terminaron, Luisito ya no parecía un vagabundo. Estaba esponjoso, olía a lavanda y no paraba de lamer las manos de las niñas en señal de agradecimiento. Se instaló en el centro de la alfombra del salón y, por primera vez en muchos días, Julia y Celia se rieron a carcajadas al ver cómo el gato intentaba cazar su propia cola, ahora limpia y pomposa.
—Creo que Luisito no ha venido a sustituir a Luna —dijo la madre mientras observaba la escena—, ha venido a ayudarnos a cuidar nuestro corazón.
Luna siempre tendría un lugar especial en sus recuerdos, pero Luisito, con su energía invasora, su curiosidad infinita y su nuevo brillo, les enseñó que el amor no se divide, sino que se multiplica. La casa volvió a estar llena de ruidos: carreras por el pasillo, saltos inesperados y el constante y reconfortante sonido de un ronroneo que decía, más claro que cualquier palabra, que por fin había llegado a casa.
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