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En el año 3022, la ciudad de Neocroma había dejado de hacer honor a su nombre. Los rascacielos de metal reluciente se habían vuelto de un gris plomizo, y el cielo, antes azul eléctrico, ahora parecía una sábana de ceniza estancada. Pero lo más triste no era el paisaje, sino la gente. Los ciudadanos caminaban con la mirada perdida en sus dispositivos plateados, habiendo olvidado cómo reír, cómo llorar o cómo asombrarse. Las emociones, al igual que los colores, se estaban desvaneciendo.
Luna era una niña de diez años que aún conservaba una chispa de curiosidad en sus ojos castaños. Mientras los demás niños jugaban con hologramas incoloros, Luna prefería explorar los niveles inferiores de la ciudad, allí donde las máquinas viejas dormían bajo capas de polvo. Una tarde, siguiendo el rastro de un destello inusual, encontró una pesada puerta de madera, algo casi inexistente en su mundo de plástico y acero. Sobre la puerta, unas letras oxidadas apenas permitían leer: 'Cine Croma'.
Al entrar, el aroma a palomitas de maíz y papel viejo la envolvió. En medio de la penumbra, algo brilló con una intensidad asombrosa. Era un gato, pero no uno común; su pelaje parecía hecho de fibra óptica que cambiaba de color, desde un violeta profundo hasta un naranja cálido. El gato maulló y saltó sobre el hombro de un anciano que estaba sentado frente a una enorme máquina de metal.
—Bienvenida, pequeña —dijo el anciano con una voz que sonaba como el crujir de hojas secas—. Soy Elio, el último proyeccionista. Y este presumido de aquí es Destello.

Luna estaba boquiabierta. —¿Qué es este lugar? ¿Por qué aquí hay... eso? —preguntó señalando una tira de celuloide que brillaba con un verde esmeralda vibrante.
—Esto es un recuerdo, Luna —explicó Elio, acariciando a Destello—. Antes de que la ciudad se volviera gris, las personas guardaban sus momentos más felices en películas. Pero la Gran Máquina de la Eficiencia decidió que las emociones distraían a la gente, y empezó a absorber el color del mundo para alimentar sus motores. Aquí, en el Cine Croma, protegemos los últimos fragmentos de humanidad.
Elio le mostró a Luna la 'Luz Original', una pequeña esfera de cristal que palpitaba débilmente en el centro del proyector. Estaba casi apagada. —Si esta luz se extingue, el gris será absoluto. Nadie volverá a sentir nada jamás. Necesitamos un recuerdo puro para reavivarla, Luna. Un recuerdo que no haya sido tocado por la frialdad de la ciudad.
Luna cerró los ojos y buscó en su memoria. Recordó el día en que encontró una pequeña flor abriéndose paso entre el pavimento gris, y cómo su corazón había saltado de alegría al ver aquel pétalo amarillo. Al abrir los ojos, una lágrima de felicidad rodó por su mejilla, y para su sorpresa, la lágrima brillaba con una luz dorada.

—¡Eso es! —exclamó Elio con entusiasmo. Con manos temblorosas, colocó la lágrima de Luna en el compartimento de la Luz Original. De repente, el Cine Croma se inundó de una explosión de colores. El rojo pasión, el azul serenidad y el amarillo alegría bailaron por las paredes como fantasmas luminosos.
Destello empezó a correr por los pasillos, dejando una estela de chispas multicolores que atravesaban las paredes del cine y salían hacia la ciudad. Luna y Elio subieron a la azotea y observaron el milagro. La ola de color avanzaba por las calles como un río imparable. El gris de los edificios se disolvía, revelando fachadas vibrantes. La gente en las calles se detuvo. Al principio, se asustaron, pero luego, al sentir la calidez del color en su piel, empezaron a sonreír, a abrazarse y a llorar de pura emoción.
El cielo de Neocroma se despejó, mostrando un atardecer de tonos violetas y dorados que ningún habitante vivo había visto jamás. Luna sintió un calorcito en el pecho y supo que el mundo ya no sería el mismo. Elio puso su mano sobre el hombro de la niña y, por primera vez en muchos años, el anciano también recuperó el color en sus mejillas.
—Has salvado el corazón del mundo, Luna —susurró Elio.
Desde ese día, el Cine Croma se convirtió en el lugar más importante de la ciudad. No para ver películas, sino para recordar que la vida, sin el color de las emociones, es solo una sombra. Y Luna, junto a Elio y el gato Destello, se encargó de que la Luz Original nunca más volviera a apagarse.
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