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Gratis · elegí una vozEn el corazón de un bosque verde y frondoso, vivía un hombre lobo llamado Lunático. No era un hombre lobo común y corriente, de esos que aúllan a la luna llena y asustan a los viajeros. Lunático era tímido, muy tímido, y soñaba con tener amigos. Su mayor anhelo era ser aceptado por las ranas que habitaban en el estanque cercano a su cueva.
Cada tarde, Lunático se acercaba al estanque, escondiéndose detrás de los árboles más grandes. Observaba a las ranas saltar de nenúfar en nenúfar, croar canciones alegres y zambullirse en el agua fresca. Le encantaba su alegría y su espíritu juguetón. Deseaba unirse a ellas, pero el miedo lo paralizaba. ¿Qué pensarían de él? ¿Lo rechazarían por ser un hombre lobo?
Una tarde, mientras Lunático espiaba desde su escondite, vio que una pequeña rana, llamada Renata, se había caído al agua y no podía volver a subir al nenúfar. Renata chapoteaba desesperadamente, sus pequeños ojos llenos de pánico. Sin pensarlo dos veces, Lunático corrió hacia el estanque. Olvidó su timidez, olvidó sus miedos. Solo pensaba en ayudar a Renata.
Se metió al agua, que estaba mucho más fría de lo que esperaba, y nadó hasta donde estaba Renata. Con cuidado, la tomó entre sus grandes manos y la depositó suavemente sobre el nenúfar. Renata, temblando de frío y de miedo, le dio las gracias con un pequeño croar.
"Gracias, señor...", dijo Renata, mirándolo con curiosidad.
Lunático se sonrojó, incluso debajo de su pelaje. "Soy Lunático", respondió tímidamente. "Y no soy un señor, soy... un hombre lobo".
Renata lo miró fijamente, pero no parecía asustada. "Un hombre lobo?", preguntó. "Nunca había visto uno tan cerca. Y que ayude a una rana".
Lunático bajó la mirada, avergonzado. "Yo... yo solo quería ayudar", murmuró.
Renata sonrió. "Pues gracias, Lunático. Has sido muy valiente".
En ese momento, las demás ranas, que habían estado observando la escena desde la orilla, se acercaron al nenúfar. Estaban impresionadas por la valentía de Lunático y su amabilidad hacia Renata.
"¡Gracias, Lunático!", croaron todas a la vez. "¡Nos has demostrado que eres un buen amigo!".
Lunático no podía creer lo que oía. Las ranas, a las que tanto admiraba, lo estaban aceptando. Una gran sonrisa se dibujó en su rostro, y por primera vez en mucho tiempo, sintió una gran alegría en su corazón.
"¿De verdad?", preguntó, con la voz temblorosa de emoción. "¿De verdad quieren ser mis amigas?".
"¡Por supuesto!", respondió una rana anciana, llamada Sabia. "La amistad no tiene que ver con la apariencia, sino con el corazón. Y tú has demostrado tener un corazón muy grande".
Desde ese día, Lunático se convirtió en amigo de las ranas. Pasaba las tardes con ellas en el estanque, jugando, cantando y contándose historias. Aprendió a saltar de nenúfar en nenúfar (aunque no era tan ágil como las ranas) y a apreciar la belleza de la naturaleza. Las ranas, por su parte, aprendieron que no todos los hombres lobo son malos, y que a veces, la amistad puede surgir en los lugares más inesperados.
Lunático dejó de ser tímido y solitario. Descubrió que la amistad era el tesoro más valioso que podía tener. Y las ranas, con su alegría y su aceptación, le enseñaron que ser diferente no es algo malo, sino algo que nos hace especiales.
Un día, llegó al bosque un cazador malvado, con la intención de capturar a las ranas para venderlas en la ciudad. Las ranas, aterradas, corrieron a esconderse, pero el cazador era muy astuto y pronto las encontró.
Lunático, al ver el peligro que corrían sus amigas, no dudó ni un segundo. Se interpuso entre el cazador y las ranas, gruñendo y mostrando sus afilados dientes. El cazador, asustado por la imponente figura del hombre lobo, huyó despavorido.
Las ranas, agradecidas, rodearon a Lunático, croando vivas y felicitaciones. Lunático se sintió orgulloso de haber podido proteger a sus amigas. Había demostrado que la amistad verdadera es capaz de superar cualquier obstáculo.
Desde entonces, la amistad entre Lunático y las ranas se hizo aún más fuerte. Juntos, cuidaban el bosque y protegían a todos los animales que vivían en él. Lunático, el hombre lobo tímido, se había convertido en un héroe, gracias a la amistad y la aceptación que encontró en el estanque de las ranas.
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