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Gratis · elegí una vozMadison tenía dos añitos y un corazón lleno de alegría. Su mejor amiga era Suzu, una perrita juguetona con el pelo suave como el algodón. Suzu y Madison eran inseparables. Desde el momento en que Madison abría sus ojitos por la mañana hasta que la luna salía a saludar, siempre estaban juntas.
Una mañana soleada, Madison se despertó con un antojo gigante de fresas. "¡Fresas, fresas!" exclamó, corriendo hacia la cocina. Suzu, con su colita moviéndose a toda velocidad, la siguió de cerca.
Mamá estaba en la cocina, preparando el desayuno. "Buenos días, mi amor. ¿Qué te apetece hoy?" preguntó con una sonrisa.
"¡Fresas!" repitió Madison, señalando el frutero vacío.
"Uy, parece que nos quedamos sin fresas," dijo Mamá. "Pero no te preocupes, ¡podemos ir al mercado a comprar! ¿Quieres venir con Suzu y conmigo?"
Los ojitos de Madison brillaron de emoción. "¡Sí, sí, sí!" gritó, abrazando a Suzu. Suzu ladró alegremente, entendiendo que se avecinaba una aventura.
Salieron de casa, Madison agarrada de la mano de Mamá y Suzu trotando a su lado. El mercado estaba lleno de colores y olores deliciosos. Había montañas de manzanas rojas, naranjas brillantes y plátanos amarillos. Pero Madison solo tenía ojos para las fresas.
Finalmente, llegaron al puesto de las fresas. ¡Eran enormes y rojas, con un aroma dulce y tentador! "¡Fresas, fresas!" gritó Madison, señalándolas con entusiasmo.
Mamá compró una cesta llena de fresas jugosas. Madison no podía esperar a probarlas. En cuanto salieron del mercado, Madison le pidió a Mamá que le lavara una fresa. Mamá obedeció y le dio una fresa brillante y roja a Madison.
Madison le dio un mordisco enorme. ¡Qué delicia! El jugo dulce y refrescante le corrió por la barbilla. "¡Mmm, qué rico!" exclamó, con los ojos cerrados de placer.
De repente, Madison sintió un tirón en su manito. Miró hacia abajo y vio a Suzu mirándola con ojitos suplicantes. Suzu nunca había probado una fresa, pero el aroma era irresistible.
Madison sonrió. Sabía que tenía que compartir su tesoro con su mejor amiga. Rompió un pedacito de fresa y se lo ofreció a Suzu.
Suzu olfateó la fresa con curiosidad y luego la lamió con cuidado. Sus ojitos se abrieron de sorpresa. ¡Le encantó! Empezó a mover la colita aún más rápido y lamió la mano de Madison en señal de agradecimiento.
Madison y Suzu se sentaron en un banco del parque y compartieron todas las fresas. Madison le daba pequeños trozos a Suzu, y Suzu la miraba con cariño. Era el día perfecto.
Después de comer todas las fresas, Madison y Suzu decidieron jugar en el parque. Madison corrió hacia los columpios, con Suzu siguiéndola de cerca. Se subió a un columpio y Mamá la empujó suavemente.
Suzu ladraba alegremente mientras Madison se balanceaba, sintiendo el viento en su carita. Luego, jugaron al escondite detrás de los árboles. Madison se escondía y Suzu la encontraba siempre con su olfato infalible.
Cuando el sol empezó a esconderse, Mamá dijo que era hora de volver a casa. Madison y Suzu estaban cansadas pero felices. Habían tenido un día lleno de aventuras y fresas deliciosas.
De camino a casa, Madison se quedó dormida en los brazos de Mamá. Suzu caminaba a su lado, protegiéndola con cariño. Sabía que Madison era la mejor amiga del mundo.
Al llegar a casa, Mamá acostó a Madison en su camita. Le dio un beso de buenas noches y le susurró: "Dulces sueños, mi amor." Suzu se acurrucó a los pies de la cama de Madison, velando por su sueño.
Madison soñó con fresas gigantes, columpios que llegaban hasta el cielo y Suzu, su perrita fiel, siempre a su lado. Sabía que mañana sería otro día lleno de aventuras y alegría, porque con Suzu a su lado, todo era posible. Y tal vez, solo tal vez, mañana volverían a ir al mercado a comprar más fresas. ¡A Madison y Suzu les encantan las fresas!
Al día siguiente, Madison se despertó y lo primero que hizo fue buscar a Suzu. Ahí estaba, moviendo la colita y esperando un nuevo día lleno de diversión. Madison sonrió. Sabía que hoy sería otro día perfecto, lleno de risas, juegos y, quién sabe, ¡quizás más fresas! La vida era una aventura constante cuando tenías dos años y una perrita como Suzu a tu lado.
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