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Gratis · elegí una vozEn el corazón de un bosque salvaje, donde los árboles se alzaban como gigantes verdes y el sol jugaba a las escondidas entre las hojas, se encontraba una casita muy especial. Era una casa rosa, tan brillante y alegre que parecía sonreír a todo aquel que pasaba por allí. En esa casa vivía Manzanita, una niña de mejillas rosadas y ojos brillantes como manzanas recién pulidas.
Un día, mientras Manzanita recogía bayas silvestres cerca del borde del bosque, escuchó un ruido extraño. Era un zumbido metálico, seguido de un golpe sordo. Con curiosidad, se adentró entre los árboles, siguiendo el sonido hasta que llegó a un claro. Allí, tirado entre helechos y flores silvestres, yacía un robot. No era un robot cualquiera; tenía la forma de una manzana gigante, con brazos y piernas torpes y una pantalla que parpadeaba con luces de colores.
"¡Oh, cielos! ¿Estás bien?" preguntó Manzanita, acercándose con cautela.
El robot, con un chirrido, levantó su cabeza de manzana. "Sistema… dañado… Ubicación… desconocida…", balbuceó con voz metálica.
Manzanita, que era una niña muy amable, sintió pena por el robot. "No te preocupes, yo te ayudaré. Vivo en esa casa rosa que ves allí. Vamos, te llevaré conmigo."
Con mucho esfuerzo, Manzanita ayudó al robot manzana a levantarse. Era pesado y torpe, pero juntos lograron llegar a la casa rosa. Allí, Manzanita lo sentó en una silla junto a la chimenea y le ofreció un vaso de zumo de manzana.
"¿Cómo te llamas?" preguntó Manzanita.
"Unidad… 734… pero… puedes llamarme… Pomelo…", respondió el robot con dificultad.
Manzanita sonrió. "¡Pomelo! Me gusta ese nombre. Yo soy Manzanita."
Durante los días siguientes, Manzanita se dedicó a cuidar de Pomelo. Le daba aceite para lubricar sus articulaciones oxidadas, limpiaba su pantalla con un paño suave y le contaba historias del bosque salvaje. Pomelo, a su vez, aprendía de Manzanita. Le contaba sobre las estrellas, los planetas y la tecnología avanzada de su mundo, un mundo muy lejano de la casa rosa y el bosque salvaje.
Un día, mientras Manzanita y Pomelo jugaban en el jardín, Pomelo dijo: "Mi misión… regresar… a casa…".
Manzanita sintió un vuelco en el corazón. No quería que Pomelo se fuera. Se habían vuelto muy amigos.
"¿Cómo vas a volver? Estás roto", dijo Manzanita con tristeza.
Pomelo miró a Manzanita con su pantalla parpadeante. "Necesito… una pieza… especial… que se encuentra… en la cueva… del eco… en lo profundo… del bosque salvaje…".
La cueva del eco era un lugar peligroso, conocido por sus extraños sonidos y criaturas misteriosas. Pero Manzanita estaba decidida a ayudar a su amigo.
"¡Iremos juntos!" exclamó Manzanita con valentía.
Al día siguiente, Manzanita y Pomelo se aventuraron en lo profundo del bosque salvaje. El camino era pedregoso y lleno de obstáculos, pero juntos lograron avanzar. Encontraron ardillas curiosas, conejos saltarines y hasta un oso perezoso que los saludó con un gruñido amigable.
Finalmente, llegaron a la entrada de la cueva del eco. Un viento frío soplaba desde su interior, y el eco de sus pasos resonaba con fuerza.
"Ten cuidado, Manzanita", dijo Pomelo con preocupación.
Con valentía, Manzanita y Pomelo entraron en la cueva. La oscuridad era casi total, y el eco de sus voces los hacía sentir aún más solos. De repente, escucharon un ruido extraño. Era un chillido agudo, seguido de un aleteo de alas.
"¡Murciélagos!" gritó Manzanita, abrazándose a Pomelo.
Los murciélagos volaban a su alrededor, rozándoles la cabeza con sus alas. Pomelo, con sus brazos metálicos, los espantó mientras Manzanita los guiaba hacia la luz que se filtraba por una grieta en la pared.
Al llegar a la grieta, encontraron lo que buscaban: una pequeña pieza metálica, brillante y reluciente, incrustada en la pared de la cueva.
"¡La pieza!" exclamó Pomelo con alegría.
Manzanita, con cuidado, desprendió la pieza de la pared y se la entregó a Pomelo.
Con la pieza en su lugar, Pomelo se sintió renovado. Su pantalla parpadeaba con más intensidad, y sus movimientos se volvieron más fluidos.
"¡Gracias, Manzanita! ¡Me has salvado!" dijo Pomelo con gratitud.
Juntos, Manzanita y Pomelo regresaron a la casa rosa. Allí, Pomelo activó su sistema de comunicación y envió una señal a su planeta de origen.
Al día siguiente, una nave espacial aterrizó en el claro frente a la casa rosa. Pomelo se despidió de Manzanita con un fuerte abrazo metálico.
"Nunca te olvidaré, Manzanita", dijo Pomelo con voz emocionada. "Siempre serás mi amiga del bosque salvaje."
Manzanita, con lágrimas en los ojos, le sonrió. "Yo tampoco te olvidaré, Pomelo. ¡Buena suerte en tu viaje!"
Pomelo subió a la nave espacial y despegó hacia las estrellas. Manzanita, desde la puerta de su casa rosa, lo vio desaparecer en el cielo nocturno.
A partir de ese día, Manzanita siempre recordaría a su amigo el robot manzana. Y cada vez que veía una estrella fugaz, pedía un deseo: que Pomelo estuviera bien y que algún día, quizás, volvieran a encontrarse en el bosque salvaje, o tal vez, en las estrellas.
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