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Gratis · elegí una vozMari era una mariquita diferente. Sus puntos no eran brillantes y redondos, sino descoloridos y un poco torcidos. Algunas mariquitas la llamaban "Fea." Otras, al verla aletargar y tropezar, murmuraban "Drogada," aunque Mari nunca había probado nada más que el néctar de las flores más marchitas. Mari era simplemente… *Malita*. Su patita trasera izquierda nunca la obedeció del todo, y a menudo se sentía cansada, como si llevara una mochila llena de piedras. A veces, cuando las otras mariquitas la apartaban con sus antenas, Mari se sentía como *Basura*, algo que debía ser desechado. Vivía al margen del grupo, escondida bajo una hoja de col rizada medio comida, sintiéndose muy, muy sola.
Un día, mientras se arrastraba con dificultad hacia una gota de rocío, escuchó un llanto. No era el llanto agudo y chillón de un saltamontes asustado, ni el zumbido lastimero de una abeja atrapada. Era un llanto suave y silencioso, como el susurro del viento entre las hojas. Mari, impulsada por una curiosidad que superaba su cansancio, siguió el sonido.
Encontró a una oruga pequeña, de un verde pálido casi transparente, acurrucada bajo un pétalo caído. La oruga temblaba y sus ojos diminutos estaban llenos de lágrimas. "¿Qué te pasa?" preguntó Mari con su voz suave y ronca.
La oruga sollozó. "Me he perdido. Estaba siguiendo a mi mamá para llegar al árbol de moras, ¡pero me caí y ahora no sé dónde estoy!"
Mari sintió un pinchazo de empatía. Ella también se sentía perdida a menudo. "No te preocupes," dijo Mari, intentando sonar segura. "Te ayudaré a encontrar a tu mamá."
La oruga la miró con incredulidad. "¿Tú? Pero… eres… diferente."
Mari bajó la cabeza. Sabía que no era la mariquita más fuerte o más rápida. Pero también sabía que tenía un corazón grande. "Sí, soy diferente," admitió. "Pero eso no significa que no pueda ayudarte."
Así que Mari, con su patita defectuosa y su cuerpo cansado, comenzó a guiar a la oruga. El camino era largo y lleno de obstáculos. Tuvieron que escalar sobre ramitas caídas, rodear charcos de barro y evitar las patas gigantes de un jardinero distraído. Mari se esforzó al máximo, animando a la oruga cuando se cansaba y protegiéndola de los peligros.
En un momento dado, un grupo de mariquitas jóvenes, las mismas que a veces se burlaban de Mari, las vieron pasar. Se rieron y señalaron con sus antenas. "¡Mira, la Fea está jugando a ser heroína!" gritó una de ellas.
Mari sintió que sus alas se debilitaban. Estaba a punto de darse por vencida, pero entonces sintió el pequeño cuerpo de la oruga aferrado a su espalda. "No les hagas caso," susurró la oruga. "Eres muy valiente y me estás ayudando mucho."
Las palabras de la oruga le dieron a Mari una nueva fuerza. Ignoró las burlas y siguió adelante. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, escucharon un sonido familiar: el llamado suave y melodioso de una oruga madre.
La oruga verde pálido corrió hacia el sonido, dejando a Mari atrás. En un instante, madre e hija se reunieron, abrazándose con sus pequeños cuerpos. La oruga madre se acercó a Mari. "Muchas gracias," dijo con gratitud. "Me has devuelto a mi hija. Nunca olvidaré tu amabilidad."
Mari se sintió cálida por dentro. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le agradecía algo. Las otras mariquitas, las que se habían burlado de ella, observaban en silencio.
Cuando Mari regresó a su hoja de col rizada medio comida, se sintió diferente. Ya no se sentía *Fea*, *Drogada*, *Malita* o *Basura*. Se sentía *Viva*. Había ayudado a alguien, había hecho algo importante, y eso la hacía sentir valiosa.
Desde ese día, las otras mariquitas la trataron con más respeto. Algunas incluso se acercaron a ella para pedirle consejo. Mari, la mariquita valiente, había encontrado su propósito: ayudar a los demás, sin importar sus propias limitaciones. Y así, Mari continuó *Viviendo*, no solo sobreviviendo, sino floreciendo, demostrando que incluso la mariquita más pequeña y diferente puede hacer una gran diferencia en el mundo. Mari aprendió que su valor no dependía de su apariencia, sino de su corazón bondadoso y su espíritu generoso. Se convirtió en un ejemplo para todos los insectos del jardín, inspirándolos a ser amables, compasivos y valientes, sin importar sus imperfecciones.
La hoja de col rizada medio comida ya no parecía un escondite solitario, sino un hogar acogedor, un lugar donde Mari podía descansar y recargar energías para su próxima aventura. Y aunque su patita trasera izquierda todavía le daba problemas, Mari aprendió a aceptarse a sí misma tal como era, sabiendo que sus diferencias eran lo que la hacían especial y única. Porque al final, *Vivir* significaba aceptarse a uno mismo, con todas sus imperfecciones, y encontrar la alegría en ayudar a los demás.
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