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Había una vez, en una casa pequeña con un jardín lleno de margaritas, una niña llamada María. María no era una niña común; sus ojos siempre estaban fijos en el horizonte, imaginando castillos de nubes y ríos de chocolate. Ella deseaba, con toda la fuerza de su corazón, encontrar la entrada a un mundo de ensueño, un lugar donde la lógica se tomara una siesta y la magia fuera el pan de cada día.
Una tarde, mientras el sol se ocultaba tiñendo el cielo de violeta, María se encontraba en su habitación compartida. Su hermana mayor, Lucía, estaba sentada en el escritorio, rodeada de libros de matemáticas y reglas de cálculo.
—¿Te imaginas, Lucía? —susurró María, abrazando sus rodillas—. Un mundo donde los árboles canten canciones de cuna y el suelo sea tan suave como el algodón de azúcar. ¡Daría lo que fuera por estar allí!
Lucía ni siquiera levantó la vista de su cuaderno. Soltó una risita burlona y suspiró con pesadez.
—María, ya eres bastante grande para esas tonterías. El mundo es lo que ves: paredes, libros, tareas y gravedad. Deja de perder el tiempo con fantasías de bebé. No existe tal mundo del ensueño, y si existiera, seguro que tendrías que limpiar tu habitación primero.
Las palabras de Lucía pincharon el corazón de María como pequeñas espinas, pero ella no se dejó vencer. Sabía, en lo más profundo de su alma, que la magia no era una tontería. Se levantó y caminó hacia el gran espejo de cuerpo entero que colgaba en la pared del fondo. Era un espejo antiguo, con un marco de madera tallada con formas de hojas y flores.
—No es tonto —murmuró María para sí misma, ignorando el ceño fruncido de su hermana—. Solo hay que saber mirar.

Al acercar su mano al cristal, notó algo extraño. La superficie no estaba fría. De hecho, parecía emitir un suave calorcito y, al tocarlo, el vidrio se onduló como el agua de un estanque cuando cae una piedra. Sin pensarlo dos veces, y sintiendo una chispa de valentía, María dio un paso adelante. El espejo la absorbió como si fuera una nube de humo, y de repente, los gritos de protesta de Lucía se desvanecieron en un silencio absoluto.
María aterrizó suavemente sobre sus pies en un pasillo larguísimo que parecía no tener fin. Las paredes estaban hechas de un material brillante que cambiaba de color entre el azul eléctrico y el rosa chicle. De repente, escuchó el sonido de unos pasitos rápidos: *¡clac, clac, clac!*.
—¡Ay, no! ¡Es tardísimo! ¡El suflé se va a desinflar y el Rey no espera a nadie! —gritaba una vocecilla chillona.
Por el pasillo apareció corriendo un pequeño ratón de pelaje blanco como la nieve. Vestía una chaquetilla de chef impecable, con botones dorados, y un gorro de cocina tan alto que casi lo hacía tropezar. En su patita derecha sostenía un reloj de bolsillo dorado que consultaba cada tres segundos con ojos desorbitados.
—¡Señor Ratón! —exclamó María, intentando llamar su atención.
—¡No puedo hablar, no puedo hablar! ¡Soy el Ratón Blanco, el chef principal del Reino de las Delicias, y el tiempo es un ingrediente que se cocina muy rápido! —chilló el ratoncito mientras pasaba a toda velocidad al lado de María, dejando tras de sí un aroma a vainilla y canela.
María, movida por la curiosidad, comenzó a correr tras él. El pasillo se curvaba y se estiraba, y a medida que avanzaban, el aire se llenaba de sonidos de burbujas y risas. Al final del corredor, el Ratón Blanco dobló una esquina y desapareció tras una puerta gigante con forma de concha marina.

Cuando María entró, se quedó boquiabierta. No era una cocina, sino una especie de gimnasio submarino, aunque no había agua, sino un aire fresco que permitía a los animales marinos flotar como si estuvieran en el océano. En el centro, una tortuga gigante con un caparazón decorado con gemas brillantes y una cinta de sudor en la frente dirigía una clase.
—¡Y uno, y dos! ¡Muevan esas aletas! ¡La salud es el tesoro más grande del océano y de la tierra! —decía la tortuga con una voz profunda y amable.
Era Don Tortuga. A su alrededor, varios peces de colores hacían estiramientos dentro de burbujas flotantes, y unos cangrejos levantaban pesas hechas de coral. En una mesa cercana, había bandejas llenas de algas crujientes, frutas exóticas y agua de coco.
—¡Hola, pequeña visitante! —exclamó Don Tortuga al ver a María—. Te ves un poco pálida. ¿Has comido tus vegetales hoy? ¡Aquí en el Club de la Salud Marina nos preparamos para el gran festival! ¡Únete a nosotros, vamos a dar unas vueltas de calentamiento!
María intentó preguntarle por el Ratón Blanco y por dónde se encontraba, pero Don Tortuga era tan entusiasta que no la dejaba hablar.
—¡No hay tiempo para preguntas, solo para el movimiento! ¡Corre con nosotros, niña de la superficie! —le animó el simpático Don Tortuga.
María, contagiada por la energía del lugar, empezó a correr en círculos junto a los peces y los cangrejos. Sentía sus piernas ligeras y su corazón latía con alegría. Dio una vuelta, dos vueltas, tres vueltas... y en la cuarta vuelta, el suelo bajo sus pies comenzó a transformarse. El suelo de conchas desapareció y sintió el tacto de la hierba fresca y el olor a pino.
Sin darse cuenta, el gimnasio marino se había esfumado y María se encontraba ahora en medio de un bosque frondoso, donde los árboles tenían hojas de colores que nunca había visto en su jardín. El Ratón Blanco ya no estaba, y Don Tortuga se había quedado atrás. María miró a su alrededor, dándose cuenta de que su aventura acababa de comenzar.
(Continuará en el episodio 2...)
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