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Gratis · elegí una vozMaría no dormía. No podía. Cada noche, al apagar la luz, un miedo frío le recorría la espalda. No era un miedo cualquiera, no. Era el miedo al Monstruo de los Calcetines Perdidos. Según su hermano pequeño, Pablo, el monstruo vivía debajo de su cama y se alimentaba de calcetines desaparecidos. Pablo decía que por eso siempre le faltaba un calcetín después de lavar la ropa.
María, aunque no creía del todo en monstruos, no podía evitar pensar en la posibilidad. ¿Y si Pablo tenía razón? ¿Y si un monstruo peludo y hambriento acechaba en la oscuridad, esperando el momento de zamparse sus adorables calcetines de gatitos?
Una noche, María decidió que ya era suficiente. No iba a dejar que un supuesto monstruo le robara el sueño. Se armó de valor, una linterna rosa y su peluche favorito, un osito llamado Tito. Respiró hondo y se deslizó fuera de la cama.
"¡Allá voy, Monstruo de los Calcetines!", susurró, aunque su voz temblaba un poco.
Se agachó y apuntó la linterna debajo de la cama. ¡Oh, sorpresa! No había un monstruo peludo y hambriento, sino una maraña de polvo, pelusas, un coche de juguete y… ¡montones de calcetines desparejados!
María frunció el ceño. ¿Dónde estaba el monstruo? ¿Había escapado al ver la luz de la linterna? Empezó a registrar el desorden debajo de la cama. Encontró un calcetín azul con estrellas, otro verde con rayas y uno rosa con corazones. ¡Eran calcetines que había dado por perdidos!
De repente, escuchó un pequeño sollozo. Venía de detrás de una caja de zapatos. María se acercó con cuidado y apuntó la linterna. Allí, acurrucado y temblando, estaba… ¡un conejito! Era un conejito pequeño, de pelaje blanco y orejas largas y caídas. Tenía una mirada triste y asustada.
"Hola", dijo María suavemente. "¿Estás bien?"
El conejito la miró con desconfianza. "¿Eres… eres el Monstruo de los Calcetines?", preguntó con una voz muy suave.
María se echó a reír. "¡Claro que no! Soy María. Y tú, ¿cómo te llamas?"
"Me llamo Orejitas", respondió el conejito. "Y no soy un monstruo. Solo… solo me gusta coleccionar calcetines."
María se sorprendió. "¿Coleccionar calcetines? ¿Por qué?"
Orejitas bajó las orejas avergonzado. "Es que… tengo frío en los pies. Y los calcetines son suaves y calentitos. Los uso para hacerme una camita confortable."
María entendió. Orejitas no era un monstruo, solo un conejito friolento que buscaba consuelo. "Pero… ¿no sabes que los calcetines son de las personas?", le preguntó con suavidad.
Orejitas asintió. "Lo sé. Pero no sabía a quién pedírselos. Y los encontraba aquí, debajo de la cama. Pensé que nadie los quería."
María sintió pena por Orejitas. Se le ocurrió una idea. "¡Ya sé!", exclamó. "Te ayudaré a conseguir calcetines. Pero no los robaremos. Los pediremos a la gente. ¿Qué te parece?"
Los ojos de Orejitas se iluminaron. "¿De verdad? ¡Eso sería genial!"
María y Orejitas hicieron un trato. Cada noche, María guardaría los calcetines que ya no le quedaban o que tenían algún agujero y se los daría a Orejitas. A cambio, Orejitas dejaría de robar calcetines debajo de la cama.
Al día siguiente, María le contó su secreto a Pablo. Al principio, Pablo no lo creyó. ¡Un conejo que coleccionaba calcetines! Pero cuando vio a Orejitas acurrucado en una camita hecha de calcetines suaves, entendió que María decía la verdad.
Pablo también decidió ayudar. Empezó a guardar sus calcetines viejos para Orejitas. Incluso convenció a sus amigos para que donaran sus calcetines desgastados.
Pronto, Orejitas tuvo una colección enorme de calcetines de todos los colores y tamaños. Ya no tenía frío en los pies y estaba muy feliz. Y María, por fin, podía dormir tranquila, sabiendo que el Monstruo de los Calcetines Perdidos era solo un conejito friolento que necesitaba un poco de ayuda.
Desde entonces, la cama de María ya no daba miedo. Debajo, no había monstruos, solo un conejito feliz rodeado de calcetines y dos niños que aprendieron que la amistad y la generosidad son la mejor manera de vencer los miedos.
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