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Era un día soleado en la ciudad y María, una niña de tres años con unos grandes y curiosos ojos, estaba lista para aprender algo nuevo. Hoy no iba a ser un día común y corriente, pues su padre había preparado una aventura muy especial.
- "¡Papá! ¿A dónde vamos hoy?" - preguntó María, saltando de emoción.
- "¡Vamos a viajar al País de los Cuerpos!" - respondió su padre, sonriendo mientras colocaba un sombrero de explorador en su cabeza. - "Allí veremos las partes del cuerpo y aprenderemos sobre ellas de una forma muy divertida."
María aplaudió con alegría.
- "¡Sí! ¡Me encanta la idea!" - exclamó, y de repente, un destello de luz la transportó junto a su papá a un mundo lleno de colores y formas extrañas.
Al llegar, se encontraron en un bosque donde los árboles tenían brazos y piernas.
- "Mirá, María, esos son los Árboles Manos y Piernas. ¡Se mueven cuando hay viento!" - dijo su padre.
María se acercó a un árbol con brazos largos que jugaba a atrapar mariposas.
- "¡Hola, Árbol Mano!" - saludó María.
- "¡Hola, pequeña! Soy el Árbol Mano. ¡Ven a jugar!" - respondió el árbol.
Riendo, María corrió hacia él y lo abrazó. De pronto, el árbol comenzó a mover sus ramas como si fueran manos, haciendo reír aún más a la pequeña.
- "¡Esto es genial!" - gritó María.
Después de un tiempo jugando con los árboles, su padre la llevó a un lago donde el agua reflejaba las partes del cuerpo de los animales que nadaban.

- "Mirá, ahí están los Patos Pies. Tienen patas que les ayudan a nadar. ¡Nos enseñarán sobre los pies!" - dijo, señalando un grupo de patitos.
Los patos nadaron hacia ellos, y uno levantó su pie con orgullo.
- "¡Hola, yo soy Pedro Pato! Mis pies son palmeados, así puedo nadar rápido. ¿Querés probar?" - preguntó entusiasmado.
María asintió con la cabeza y saltó al agua, intentando mover sus pies como los de Pedro.
- "¡Súper! ¡Soy María Pato!" - dijo, chapoteando feliz.
Luego de un rato, Pedro les dijo que era hora de seguir aprendiendo.
- "Vamos a visitar a los Elefantes Nariz, ellos tienen narices largas y son muy divertidos." - propuso su padre.
Caminaron hacia una pradera donde varios elefantes hacían trucos con sus trompas.
- "¡Mirá! Soy Elmer el Elefante, ¿sabías que mi trompa esmi cuerpo? Me ayuda a beber agua y agarrar cosas. ¡Déjame enseñarte algo!" - invitó un elefante al acercarse.
Elmer utilizó su trompa para levantar una pelota del suelo y hacerla girar en el aire.
- "¡Increíble!" - asombró a María. - "¿Puede ser que yo también tenga una trompa?" - preguntó con ojos brillantes.
- "No, cariño, tenés una nariz. Pero tu nariz es muy especial, ya que huele muchas cosas ricas ¡como las galletitas!" - explicó su papá.
Después de varias aventuras con las partes del cuerpo, María se sintió muy feliz, pero de repente, un viento fuerte comenzó a soplar.

- "¡Ay, papá! ¡El viento se lleva todo!" - gritó María, preocupada.
- "No te asustes, es solo el Viento Móvil. Hay que seguirlo para no perdernos. Vamos, agárrate de mi mano y corramos juntos!" - respondió su padre, tomándola de la mano.
María corrió junto a su papá, saltando por caminos de flores de colores. El viento soplaba suavemente, pero a veces hacía volar alguna hoja o rama. Cuando se detuvieron, se encontraron frente a una gran puerta hecha de estrellas.
- "¿Qué es esto?" - preguntó María, fascinada.
- "Es la puerta del regreso, pero debemos usar todas las partes del cuerpo que aprendimos para abrirla. ¡Vamos!" - explicó su papá.
Decidieron mover las manos, los pies, y hacer saltos para abrirla. Juntos comenzaron a tocar la puerta con diferentes partes: los brazos, las piernas, ¡y hasta la nariz!
Con cada movimiento, la puerta se iluminaba más y más.
- "¡Casi estamos! ¡Un último esfuerzo! ¡Todos juntos!" - gritó su papá.
María y su padre unieron fuerzas y con un gran salto, la puerta finalmente se abrió, y ambos comenzaron a reír.
El destello de luz los llevó de vuelta a casa, y María se quedó mirando a su padre con una gran sonrisa.
- "¡Papá! ¡Aprendí mucho sobre el cuerpo! Gracias por el viaje, quiero volver al País de los Cuerpos otra vez." - aseguró María entusiasmada.
- "Y yo quiero volver contigo, María. Puedes enseñarme también a mí. Cada aventura es más divertida cuando la compartimos. ¡Nunca dejes de aprender!" - le respondió su papá abrazándola.
Y así, María siguió aprendiendo sobre su cuerpo cada día, pero el viaje al País de los Cuerpos sería siempre una de sus aventuras favoritas.
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