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Gratis · elegí una vozHoy a la mañana, Martina fue a jugar al parque. El sol brillaba como un botón dorado en el cielo azul, y los pájaros cantaban una canción alegre. Martina, con su vestido de flores y sus coletas castañas saltando a cada paso, corrió directamente hacia el tobogán gigante. Era su favorito.
Cuando llegó, vio a dos nenes ya jugando allí. Uno, con el pelo rubio y una camiseta de rayas azules, estaba sentado en la cima, listo para lanzarse. La otra, con dos trenzas largas y un vestido rojo brillante, estaba esperando abajo, riendo.
Martina se acercó tímidamente. "Hola," dijo con una vocecita suave.
El nene rubio, que resultó llamarse Tomás, la miró con una gran sonrisa. "¡Hola! ¿Quieres jugar con nosotros?"
La nena del vestido rojo, llamada Sofía, asintió con entusiasmo. "¡Claro que sí! Cuantos más seamos, ¡más divertido será!"
Martina sonrió de oreja a oreja. ¡Le encantaba hacer nuevos amigos! "¡Sí, quiero!" exclamó.
Así, los tres empezaron a jugar juntos. Se turnaban para subir al tobogán gigante, gritando de alegría mientras se deslizaban hacia abajo. Inventaron juegos tontos, como contar cuántos segundos tardaban en llegar al final o hacer poses graciosas antes de lanzarse.
Después de un rato, decidieron explorar otras partes del parque. Descubrieron un columpio que se balanceaba tan alto que casi tocaba las nubes. Tomás, con su energía inagotable, se ofreció a empujar a Martina y a Sofía. Cantaban canciones mientras se balanceaban, sintiendo el viento en sus caras.
Luego, encontraron un arenero lleno de juguetes. Construyeron castillos de arena enormes, decorándolos con conchas y piedritas que encontraron alrededor. Sofía, que era muy creativa, hizo una bandera con una hoja grande y un palito.
Pero la verdadera aventura comenzó cuando encontraron un sendero secreto que se adentraba en el bosque que rodeaba el parque. "¿A dónde creen que lleva?" preguntó Martina, con los ojos brillando de curiosidad.
Tomás, siempre el más valiente, se encogió de hombros. "¡Solo hay una forma de averiguarlo! ¡Vamos!"
Sofía y Martina se miraron con una mezcla de emoción y nerviosismo. Nunca antes habían entrado en el bosque solas. Pero la idea de descubrir algo nuevo era demasiado tentadora.
Así, los tres amigos se adentraron en el sendero. Los árboles eran altos y frondosos, y la luz del sol apenas llegaba al suelo. Escucharon el canto de los pájaros y el susurro de las hojas.
De repente, Sofía gritó. "¡Miren!" señaló hacia un claro en el bosque.
Allí, en medio del claro, había un árbol enorme con una puerta diminuta en su tronco. Era una puerta tan pequeña que solo un duende podría entrar.
"¡Es la casa de un duende!" exclamó Tomás, con los ojos muy abiertos.
Martina se acercó a la puerta y llamó suavemente. "¿Hola? ¿Hay alguien ahí?"
Después de un momento de silencio, la puerta se abrió lentamente. Un duende pequeño, con un gorro verde puntiagudo y una barba larga y blanca, asomó la cabeza.
"¿Quién anda ahí?" preguntó el duende con voz ronca.
Tomás, Sofía y Martina se presentaron y le explicaron que estaban explorando el bosque. El duende, que se llamaba Don Remigio, sonrió y los invitó a entrar.
La casa del duende era pequeña pero acogedora. Tenía paredes de madera y un techo de hojas. Don Remigio les ofreció galletas de miel y jugo de bayas.
Les contó historias sobre el bosque, sobre los animales que vivían allí y sobre las plantas mágicas que crecían en el claro. Les enseñó a reconocer las huellas de los animales y a escuchar los mensajes del viento.
Después de un rato, Don Remigio les dio un regalo a cada uno. A Martina le regaló una pluma de un pájaro cantor, a Tomás una piedra brillante y a Sofía una flor de colores.
Les dijo que esos regalos les recordarían siempre su aventura en el bosque y la importancia de la amistad.
Cuando el sol comenzó a ponerse, los tres amigos se despidieron de Don Remigio y regresaron al parque. Estaban cansados pero felices. Habían vivido una aventura inolvidable.
Se sentaron en un banco y compartieron sus galletas y jugos. Hablaron sobre todo lo que habían visto y aprendido en el bosque. Sabían que siempre recordarían ese día.
Cuando llegó la hora de irse a casa, se abrazaron y se prometieron volver a jugar juntos al día siguiente. Martina se despidió de Tomás y Sofía con una gran sonrisa. Sabía que había hecho dos amigos para toda la vida.
Al llegar a casa, Martina le contó a su mamá sobre su aventura en el parque. Le mostró la pluma que le había regalado Don Remigio. Su mamá sonrió y le dijo que era una pluma mágica, que le recordaría siempre la importancia de ser valiente y de hacer amigos.
Martina se fue a la cama con una sonrisa en la cara. Soñó con el tobogán gigante, el columpio que tocaba las nubes, el castillo de arena y la casa del duende. Soñó con Tomás y Sofía, sus nuevos amigos. Y supo que el parque era un lugar mágico, lleno de aventuras y de posibilidades infinitas.
Al día siguiente, Martina corrió al parque con entusiasmo. Sabía que Tomás y Sofía la estarían esperando. Y juntos, explorarían nuevos rincones del parque y vivirían nuevas aventuras. Porque la amistad, como el parque, era un lugar lleno de alegría y de diversión.
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