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Gratis · elegí una vozMateo, aunque era infante, se consideraba el cazador de dinosaurios más valiente del mundo. No importaba que sus dinosaurios fueran de juguete y rugieran con la voz de su tía María José. No importaba que su selva fuera el jardín trasero, lleno de margaritas y rosales en lugar de helechos gigantes. Mateo, con su sombrero de explorador de cartón y su lupa de plástico, estaba listo para la aventura.
Un día, mientras inspeccionaba una enorme roca (en realidad, la maceta de la abuela), Mateo descubrió algo terrible: ¡una babosa! Pero no era una babosa cualquiera. Era Blanda, la Babosa Despiadada, famosa por robar las fresas más jugosas y las hojas de lechuga más crujientes del jardín. La tía María José suspiró dramáticamente. La abuela, con su delantal floreado, frunció el ceño. La mamá de Mateo, que siempre trataba de mantener la calma, apretó los labios.
"¡Blanda! ¡Te tengo!", exclamó Mateo, apuntando con su lupa. Blanda, la babosa, se giró lentamente. Era, en efecto, muy blanda y brillaba con un brillo viscoso bajo el sol de la tarde. "¿Crees que un simple niño puede detenerme?", rezongó Blanda con una voz sorprendentemente grave. "¡Las fresas serán mías! ¡Todas!"
La tía María José intentó razonar con Blanda. "Por favor, Blanda, hay fresas suficientes para todos. No tienes que ser tan... despiadada". Pero Blanda solo se rió. "¡Ja! ¡Razonamiento! ¡Palabras vacías! ¡Solo me interesa el dulce sabor de la fresa!"
La abuela sugirió un plan. "Mateo, ¿recuerdas el spray de agua que usas para regar las plantas? Quizás podamos usarlo para disuadir a Blanda". Mateo asintió con entusiasmo. ¡Una estrategia! ¡Como los grandes cazadores de dinosaurios!
Mateo, con el spray en mano, se acercó sigilosamente a Blanda. La babosa, absorta en contemplar una fresa particularmente roja, no se dio cuenta de la presencia del pequeño cazador. Mateo roció a Blanda con un chorro de agua. La babosa chilló y se replegó sobre sí misma.
"¡Agua! ¡Mi kriptonita!", gritó Blanda, retorciéndose. "¡Me vengaré!"
Pero Mateo no se detuvo. Siguió rociando a Blanda hasta que la babosa, completamente empapada, se deslizó lentamente hacia un rincón oscuro del jardín, murmurando amenazas ininteligibles.
"¡Lo lograste, Mateo!", exclamó la tía María José, abrazándolo. La abuela le dio una galleta de fresa como recompensa. La mamá de Mateo sonrió con orgullo.
Pero Mateo sabía que la batalla no había terminado. Blanda era una babosa despiadada, y seguramente volvería. Tenía que estar preparado. Así que, con la ayuda de su tía María José, construyó una fortaleza de palos y hojas alrededor del huerto de fresas. La abuela le enseñó a plantar flores que las babosas odiaban, como las caléndulas. Y su mamá le leyó libros sobre las babosas y sus debilidades.
Pasaron los días, y Blanda no apareció. Mateo, sin embargo, no bajó la guardia. Patrullaba el jardín con su lupa y su spray de agua, siempre alerta. Un día, mientras inspeccionaba la fortaleza, Mateo escuchó un sonido familiar: un leve rezongo.
Allí estaba Blanda, intentando escalar la pared de la fortaleza. Estaba más flaca y su brillo viscoso se había atenuado. "¡Te dije que volvería!", gruñó Blanda con voz débil.
Pero Mateo ya estaba preparado. Roció a Blanda con agua, y la babosa se desplomó al suelo. Esta vez, sin embargo, Mateo no se sintió victorioso. Vio la desesperación en los ojos de Blanda. Se dio cuenta de que Blanda no era malvada, solo tenía hambre.
Mateo tuvo una idea. Corrió a la cocina y regresó con una hoja de lechuga. Se la ofreció a Blanda. "Aquí tienes, Blanda. No tienes que robar las fresas. Puedes comer esto".
Blanda miró la lechuga con incredulidad. Lentamente, se acercó a la hoja y le dio un mordisco. "¿Lechuga?", murmuró. "¡No está mal!"
Desde ese día, Blanda dejó de ser la Babosa Despiadada. Mateo y Blanda se hicieron amigos. Mateo le proporcionaba a Blanda lechuga fresca, y Blanda, a cambio, le ayudaba a encontrar los mejores insectos para su colección (después de asegurarse de que no fueran perjudiciales para el jardín, claro está). La tía María José seguía suspirando dramáticamente, pero ahora lo hacía de alegría. La abuela sonreía con benevolencia. Y la mamá de Mateo se sentía orgullosa de su hijo, el cazador de dinosaurios que aprendió que a veces, la amistad es más poderosa que el agua y las fortalezas. Mateo demostró que incluso un infante podía ser un gran cazador de dinosaurios... y un gran amigo de las babosas.
La verdadera aventura, después de todo, era aprender a entenderse y convivir con los demás, incluso con las babosas más blandas y aparentemente despiadadas del jardín.
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