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Había una vez un niño llamado Mateo que sentía que su corazón latía como un tambor desbocado. Era el primer lunes de agosto y, para Mateo, no era un lunes cualquiera: era su primer día en la High School. Durante todo el verano, había escuchado historias de terror sobre pasillos que nunca terminaban, exámenes que requerían el uso de tres calculadoras a la vez y, lo más aterrador de todo, los casilleros. Su hermano mayor, Lucas, le había dicho que si no recordabas tu combinación al tercer intento, el casillero se tragaba tu mochila para siempre. Por supuesto, Lucas siempre bromeaba, pero Mateo no estaba tan seguro.
Cuando el autobús amarillo se detuvo frente al enorme edificio de ladrillos rojos, Mateo respiró hondo. El edificio parecía un castillo moderno, con grandes ventanales y una marea de estudiantes que se movían en todas direcciones. Mateo apretó las correas de su mochila nueva, que todavía olía a tienda, y caminó hacia la entrada principal. Al cruzar el umbral, se sintió como una pequeña hormiga en un hormiguero gigante. Todo era más grande de lo que imaginaba: los techos eran altísimos y el ruido de las risas y los cierres de las mochilas resonaba en las paredes.
Su primera misión era encontrar el casillero 412. Mateo sacó un papel arrugado con su horario y comenzó a caminar. El pasillo principal estaba lleno de adolescentes que parecían medir dos metros de altura. Mateo zigzagueaba entre ellos, sintiéndose como un experto navegante en un mar tormentoso. Finalmente, llegó a la sección 400. Allí estaba: un casillero de metal azul con el número 412 grabado en una placa plateada. Mateo sacó el papel donde tenía anotada la combinación: 14-32-05. Sus dedos temblaban un poco mientras giraba la perilla. Derecha, izquierda, derecha... ¡clic! La puerta se abrió suavemente. No hubo monstruos traga-mochilas, solo un espacio vacío esperando por sus libros. Mateo soltó un suspiro de alivio y dejó su pesada chaqueta de invierno, sintiéndose un poco más ligero.
Sin embargo, el alivio duró poco. Al mirar su reloj, se dio cuenta de que su primera clase, Álgebra, comenzaba en tres minutos y no tenía idea de dónde estaba el salón 305. El mapa que le habían dado en la orientación parecía ahora un jeroglífico egipcio. Mateo comenzó a caminar rápido, luego a trotar. Subió unas escaleras, bajó otras, y terminó en un pasillo silencioso que olía a pintura fresca y aserrín. Estaba perdido. El pánico empezó a crecer en su estómago, pero justo cuando estaba a punto de sentarse en el suelo a esperar que alguien lo rescatara, vio a una niña que también miraba un mapa con expresión de confusión.
—¿Tú también buscas el ala de matemáticas? —preguntó Mateo con timidez.
La niña, que tenía unas gafas redondas y una camiseta con un dibujo de un gato astronauta, asintió con energía.
—Soy Sofía. Creo que dimos una vuelta prohibida en la cafetería. Mi mapa dice que estamos en el sótano de artes técnicas —dijo ella soltando una risita nerviosa.
Mateo sonrió. No era el único que se sentía perdido. Juntos, decidieron que dos cabezas pensaban mejor que una. Compararon sus horarios y descubrieron que ambos tenían la misma clase. Con renovada confianza, regresaron por donde vinieron, preguntaron a un profesor de gimnasia que pasaba por allí y, finalmente, llegaron a la puerta del salón 305 justo cuando sonaba el timbre.
La clase de Álgebra resultó ser menos aterradora de lo que Mateo pensaba. El profesor, el Sr. Martínez, tenía un sentido del humor excelente y explicó que el primer día de High School era como aprender a montar en bicicleta: al principio te tambaleas, pero pronto estarías haciendo trucos. Mateo y Sofía se sentaron juntos y se ayudaron con los primeros ejercicios. Mateo se dio cuenta de que la High School no se trataba solo de estudiar, sino de encontrar a personas que estuvieran en el mismo barco que tú.
A la hora del almuerzo, el desafío fue la cafetería. Era un lugar inmenso con olor a pizza y manzanas. Mateo y Sofía encontraron una mesa cerca de la ventana. Mientras comían, observaron a los diferentes grupos: los deportistas con sus chaquetas de equipo, los músicos cargando estuches de violín y los artistas con las manos manchadas de carbón. Mateo empezó a entender que en este lugar gigante había un espacio para todos, incluso para un niño que temía a los casilleros.
Por la tarde, Mateo tuvo clase de Ciencias. El laboratorio estaba lleno de microscopios y tubos de ensayo que brillaban bajo las luces fluorescentes. La profesora les dijo que ese año aprenderían sobre la energía y cómo las pequeñas partículas forman cosas asombrosas. Mateo pensó que él era como una de esas partículas; aunque se sentía pequeño, era parte de algo mucho más grande y emocionante. Al final del día, sus pies estaban cansados de tanto caminar, pero su mente estaba llena de nuevas ideas.
Cuando el último timbre sonó a las tres de la tarde, Mateo regresó a su casillero. Esta vez, la combinación salió a la primera, sin dudar. Guardó sus cuadernos y sacó su chaqueta. Mientras caminaba hacia el autobús, vio a Lucas esperándolo cerca de la salida.
—¿Y bien? —preguntó Lucas con una sonrisa burlona—. ¿Te tragó el casillero o lograste sobrevivir?
Mateo se ajustó la mochila y le devolvió la sonrisa.
—Fue pan comido, Lucas. De hecho, creo que mañana traeré un candado extra, por si el casillero tiene hambre.
Esa noche, mientras se preparaba para dormir, Mateo ya no sentía el tambor en su pecho. En su lugar, sentía una chispa de entusiasmo. Había navegado por pasillos infinitos, había hecho una nueva amiga y había descubierto que los cambios, aunque den miedo al principio, son solo el comienzo de una gran aventura. La High School ya no era un castillo misterioso y temible, sino un mapa lleno de caminos por descubrir, y Mateo estaba listo para recorrer cada uno de ellos con la cabeza en alto y una sonrisa en el rostro.
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