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Gratis · elegí una vozMateo amaba los domingos. Los domingos eran para jugar, para reír, y sobre todo, para jugar a la pelota. Pero este domingo era diferente. Este domingo, Mateo sentía… miedo.
Se despertó y el sol brillaba tímidamente a través de las cortinas. Normalmente, el sol le daba energía, pero hoy, parecía esconderse un poco, como si también tuviera miedo de algo.
“¿Qué te pasa, sol?” le susurró Mateo. Pero el sol, por supuesto, no respondió.
Bajó a desayunar. Su mamá le había preparado sus panqueques favoritos con forma de dinosaurio. Normalmente, Mateo devoraba estos panqueques con entusiasmo, pero hoy solo pudo comerse uno. Sentía un nudo en el estómago.
“¿Estás bien, Mateo?” preguntó su mamá, con una mirada preocupada.
“Sí, mamá,” mintió Mateo. No quería preocuparla, pero tampoco sabía cómo explicarle ese miedo que lo invadía.
Después del desayuno, Mateo fue al jardín. Allí, en medio del césped, estaba su pelota. No era una pelota cualquiera. Era una pelota roja, brillante, con escamas pintadas y una pequeña cola de tela. Era su “Pelota Dragón”. La había llamado así porque, según Mateo, tenía la fuerza y la valentía de un dragón.
Normalmente, al ver su Pelota Dragón, Mateo corría hacia ella y empezaba a jugar sin parar. Pero hoy, se quedó parado, mirándola con cautela. La Pelota Dragón parecía observarlo a él también.
De repente, Mateo escuchó un ruido. Un ruido extraño, como un susurro que venía del árbol más grande del jardín. Mateo se acercó con cuidado. El ruido se hizo más fuerte.
“¿Quién anda ahí?” preguntó Mateo, con la voz temblorosa.
Del árbol salió… ¡un pequeño dragón! Era un dragón bebé, del tamaño de un gato, con escamas verdes y ojos grandes y asustados. El dragón temblaba y emitía pequeños sollozos.
Mateo se quedó boquiabierto. ¡Un dragón de verdad! Siempre había imaginado que su Pelota Dragón era especial, pero nunca pensó que podría atraer a un dragón de verdad.
“¿Estás bien?” preguntó Mateo, acercándose lentamente. El dragón retrocedió, asustado.
“Tengo… tengo miedo,” dijo el dragón, con una voz suave y temblorosa. “Me he perdido y no sé cómo volver a casa.”
Mateo entendió al instante. El miedo que sentía no era suyo. Era el miedo del dragón. Mateo se dio cuenta de que a veces, el miedo se contagia, como un resfriado.
“No te preocupes,” dijo Mateo, tratando de sonar valiente. “Yo te ayudaré a volver a casa.”
El dragón miró a Mateo con esperanza. Mateo tomó la Pelota Dragón en sus manos. La sintió cálida y reconfortante.
“Esta es mi Pelota Dragón,” le dijo Mateo al dragón. “Ella me da fuerza. Y ahora, te dará fuerza a ti.”
Mateo y el dragón caminaron juntos por el jardín. Mateo le contó al dragón sobre sus juegos, sobre sus amigos, y sobre lo mucho que amaba los domingos. El dragón escuchó atentamente, y poco a poco, su miedo fue desapareciendo.
Salieron del jardín y caminaron por la calle. Mateo le preguntó al dragón dónde vivía, pero el dragón no lo sabía. Solo recordaba un gran volcán y un río de lava.
“¡Un volcán!” exclamó Mateo. “Conozco un lugar con un volcán. Está en el parque, es un volcán de arena muy grande.”
Fueron al parque. Al llegar al volcán de arena, el dragón abrió mucho los ojos. “¡Sí, este es el camino!” exclamó.
El dragón siguió un pequeño sendero que salía del parque. Mateo lo acompañó hasta el final del sendero, donde encontró una pequeña cueva escondida entre las rocas.
De la cueva salió una dragona grande y fuerte. Al ver al dragón bebé, corrió a abrazarlo. El dragón bebé corrió a sus brazos, feliz de volver a ver a su mamá.
La dragona miró a Mateo con gratitud. “Gracias por cuidar de mi hijo,” dijo la dragona. “Estaba muy preocupada.”
Mateo sonrió. “No fue nada,” dijo. “Me alegro de haber podido ayudar.”
La dragona le regaló a Mateo una pequeña escama brillante, como agradecimiento. Mateo la guardó en su bolsillo.
Cuando Mateo regresó a casa, ya no sentía miedo. Se sentía feliz y orgulloso de haber ayudado al dragón. Tomó su Pelota Dragón y empezó a jugar. Esta vez, jugó con más entusiasmo que nunca. Sabía que la Pelota Dragón no solo le daba fuerza, sino que también lo ayudaba a ser valiente y a ayudar a los demás.
Esa noche, Mateo se durmió con una sonrisa en la cara. Soñó con dragones, con volcanes y con pelotas mágicas. Y supo que, a partir de ahora, los domingos ya no serían días de miedo, sino días de aventura y amistad.
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