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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Mateo Rojas Pérez, que vivía en una casita cerca de un bosque muy especial. Ese bosque no era como los demás: ¡era un bosque que cantaba, bailaba y se podía tocar!
Un día, Mateo se puso sus zapatillas favoritas… pero luego se las quitó, porque le encantaba sentir el suelo con los pies. (💡 Actividad: que camine descalzo sobre distintas texturas: alfombra, goma, plástico burbuja.)
Al dar su primer paso… ¡Plin plin!
—¡Hola, soy la piedra mágica Plin Plin! —dijo una piedrita que sonaba como campana.
Mateo la tocó con sus manos. Era suave y fría. (💡 Usar: piedra real o plastilina con textura fría.) La guardó en su bolsillo.
De repente, un árbol le habló:
—¡Tócame, Mateo!
Mateo puso sus manos en la corteza. —¡Qué divertido! —dijo riendo. Era áspera y crujía al tocarla. (💡 Usar: papel de lija, tronco real o imitación.) Mateo cerró los ojos y sintió la textura rugosa con sus dedos. Imaginó que era la piel de un gigante bondadoso.
Más adentro en el bosque… ¡Tum tum tum!
—¡Es la Banda de los Carabineros Ardilla! —gritó Mateo con alegría. Las ardillas llevaban trajes verdes, tocaban tambores y marchaban como soldados. Mateo se unió a ellos: Marchó, giró, saltó y bailó con fuerza. (💡 Actividad: tocar tambores, marchar en línea, girar, saltar con música militar alegre.) Mateo intentó imitar el sonido de los tambores con sus pies, haciendo "¡pom, pom!" al pisar la tierra. Una ardilla le ofreció un pequeño tambor hecho de una bellota.
Después del desfile, Mateo encontró una pelota mágica pegajosa. ¡Era como plastilina y cambiaba de forma! La aplastó, la estiró, la hizo rodar. (💡 Darle masa sensorial, plastilina, slime o pelota antiestrés.) La pelota se convirtió en una serpiente, luego en una estrella, y finalmente en una pequeña réplica de la casita de Mateo.
Pero… ¡Oh no! Un charco de pintura apareció. —¡No quiero ensuciarme! —dijo Mateo. Dio un gran salto hacia atrás. (💡 Simular charco con papel o tela brillante que pueda esquivar.) El charco de pintura era de color arcoíris, brillante y resplandeciente. Mateo vio su reflejo en el charco y se rió al ver su cara deformada.
Luego, caminó y caminó… hasta que encontró un árbol que cantaba números: —Uno… dos… ¡tres!
Mateo se unió con su voz fuerte y clara: —¡Cuatro, cinco, seis! (💡 Usar canción favorita de números con sonidos claros y ritmo marcado.) El árbol cantaba los números con una voz grave y resonante. Mateo imaginó que el árbol era un viejo sabio contando los secretos del bosque.
Antes de volver a casa, Mateo se subió a un columpio mágico. Se balanceó fuerte, ¡muy fuerte! —¡Wuuuuh! —gritó feliz. (💡 Usar vestibulador o columpio real si se puede.) El columpio volaba cada vez más alto, llevándolo cerca de las nubes. Mateo sintió el viento en su cara y el cosquilleo en su estómago.
De repente, escuchó una voz suave que lo llamaba.
—Mateo… Mateo…
Abrió los ojos y vio a una pequeña hada con alas brillantes.
—Gracias por traer alegría al bosque —dijo el hada—. El bosque te ha dado regalos especiales.
El hada le dio a Mateo una pequeña bolsa llena de semillas brillantes.
—Planta estas semillas en tu jardín —dijo el hada—. Crecerán flores que cantan y brillan.
Mateo abrazó al hada y prometió cuidar las semillas.
Y al final, volvió a casa con una gran sonrisa. En sus manos y en su corazón, guardaba sonidos, texturas y movimientos mágicos. En su bolsillo, aún sentía la piedra fría. En su mente, resonaban los tambores de las ardillas y la canción del árbol. En su corazón, guardaba el recuerdo del columpio y el hada. Esa noche, soñó con el bosque encantado, lleno de música, colores y texturas. Soñó que plantaba las semillas y que su jardín se convertía en un lugar mágico, como el bosque. Al día siguiente, Mateo corrió a su jardín y plantó las semillas. Esperó pacientemente, regándolas con cuidado. Poco después, brotaron pequeñas plantas verdes. Y luego, ¡flores! Flores de todos los colores, que cantaban melodías suaves y brillaban con luz propia. El jardín de Mateo se convirtió en un lugar mágico, un pequeño reflejo del bosque encantado. Y Mateo, cada día, recordaba su aventura en el bosque, agradecido por los sonidos, las texturas y los movimientos mágicos que había encontrado allí. El bosque encantado siempre estaría en su corazón. Y él, siempre sería parte de la sinfonía sensorial del bosque.
FIN.
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