Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMaya la gacela era conocida en toda la sabana por dos cosas: su alegría contagiosa y su pequeño tartamudeo. Cuando estaba emocionada, las palabras a veces se le trababan un poquito, pero eso nunca le impedía sonreír y disfrutar de la vida. Un día soleado, mientras saltaba entre las acacias, Maya escuchó un gruñido proveniente de un agujero en la tierra.
"¿Q-q-quién anda ahí?", preguntó Maya, asomando su cabeza con cautela.
Del agujero salió un ratón con el pelaje gris revuelto y el ceño fruncido. Era Rufián, el ratón más gruñón de la sabana. Rufián siempre estaba de mal humor, quejándose del sol, del viento, de las hormigas, ¡de todo!
"¡Lárgate, gacela!", gruñó Rufián. "Estoy intentando dormir y tu ruido me molesta".
Maya, a pesar de su tartamudeo, era muy amable. "L-l-lo siento, señor ratón. N-n-no quería m-m-molestarle".
"¡Pues ya lo has hecho!", replicó Rufián, volviendo a gruñir. "Ahora vete y déjame en paz".
En lugar de alejarse, Maya sintió curiosidad. "¿P-p-por qué está siempre t-t-tan enfadado?", pensó. Y, con una sonrisa, decidió intentar animar a Rufián.
"S-s-señor ratón", dijo Maya, "¿l-l-le gustaría v-v-venir a jugar c-c-conmigo? Podemos c-c-correr por la sabana y v-v-ver el atardecer".
Rufián la miró con incredulidad. "¿Jugar? ¿Yo? ¡Bah! Eso es para tontos. Además, el atardecer siempre es demasiado naranja".
Maya no se rindió. "P-p-pero es muy b-b-bonito. Y p-p-podemos buscar b-b-bayas dulces para c-c-comer".
"¡Bayas dulces! ¡Son demasiado dulces!", refunfuñó Rufián. Pero, a pesar de su protesta, Maya notó un pequeño brillo de curiosidad en sus ojos.
"V-v-vamos", insistió Maya, extendiendo una pata hacia el ratón. "N-n-no tiene nada que p-p-perder".
Rufián dudó por un momento. Nunca antes había jugado con nadie. Siempre había estado demasiado ocupado gruñendo. Pero la sonrisa de Maya era tan contagiosa que, finalmente, cedió. Con un suspiro, salió del agujero y se subió a la pata de Maya.
"Está b-b-bien", dijo Maya, sintiendo al ratón temblar un poco. "T-t-te llevaré con c-c-cuidado".
Y así, Maya y Rufián comenzaron su aventura. Corrieron por la sabana, evitando las rocas y los arbustos. Maya, con su larga zancada, tuvo que ir más despacio para que Rufián pudiera disfrutar del paisaje. Le señaló las flores silvestres, le contó historias de los pájaros y le mostró cómo el sol brillaba sobre el río.
Al principio, Rufián seguía gruñendo. Se quejaba del polvo, del calor y de las hormigas que intentaban subir a la pata de Maya. Pero, poco a poco, a medida que avanzaban, su humor comenzó a cambiar. Empezó a notar la belleza de la sabana, el dulce aroma de las flores y el suave sonido del viento entre las hojas.
Encontraron un arbusto lleno de bayas rojas y jugosas. Rufián, reacio al principio, probó una baya y se sorprendió al descubrir lo deliciosa que era. "¡B-b-bastante buenas!", admitió, con un pequeño rubor en sus mejillas.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Maya y Rufián se sentaron en una colina para observar el atardecer. El cielo se tiñó de naranja, rosa y púrpura. Rufián, por primera vez en mucho tiempo, se quedó sin palabras. Era hermoso.
"N-n-no es t-t-tan malo, ¿verdad?", preguntó Maya, con una sonrisa.
Rufián negó con la cabeza. "No, supongo que no", murmuró. En realidad, era el atardecer más bonito que había visto nunca.
Esa noche, Rufián durmió profundamente en su agujero, pero ya no estaba gruñón. Había descubierto que la alegría y la amistad podían ser más dulces que cualquier baya. Al día siguiente, esperó ansiosamente la llegada de Maya. Y cuando la vio saltar entre las acacias, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
"B-b-buenos días, señor ratón", dijo Maya. "¿Q-q-quiere v-v-venir a jugar otra vez?"
Rufián asintió con entusiasmo. "Sí, quiero", dijo. Y, por primera vez en su vida, lo dijo sin gruñir. Desde ese día, Maya y Rufián se convirtieron en los mejores amigos. Maya aprendió a ser más paciente con su tartamudeo, y Rufián aprendió a sonreír y a disfrutar de la vida. Y la sabana, con su alegría y su amistad, se convirtió en un lugar aún más feliz.
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