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Gratis · elegí una vozMicaela era una niña de siete años con una imaginación que no conocía límites. Le encantaba imaginar mundos fantásticos, crear historias increíbles con sus juguetes, saltar más alto que el sol y jugar hasta que le dolían los pies. Un día, mientras exploraba el jardín de su abuela, descubrió una pequeña puerta escondida detrás de un rosal lleno de espinas. La puerta era tan pequeña que apenas cabía ella, pero la curiosidad de Micaela era aún más grande.
Con cuidado, empujó la puerta y se encontró en un bosque que nunca antes había visto. Los árboles tenían hojas de todos los colores imaginables: rojo brillante, azul cielo, amarillo limón, verde esmeralda y hasta hojas a lunares morados y naranjas. ¡Era el Bosque de los Colores Saltarines! De repente, una ardilla con una cola arcoíris saltó frente a ella.
"¡Hola!" dijo la ardilla con una voz chillona. "Soy Chispa. ¿Eres nueva por aquí?"
Micaela, sorprendida pero emocionada, asintió. "Soy Micaela. ¡Este bosque es increíble!"
"Lo es," dijo Chispa. "Pero necesita tu ayuda. El Duende Gris ha robado toda la alegría del bosque y los colores están empezando a desvanecerse."
Micaela, siempre dispuesta a una aventura, aceptó ayudar sin dudarlo. "¡Lo encontraremos y recuperaremos la alegría del bosque! ¿Por dónde empezamos?"
Chispa señaló un sendero que serpenteaba entre los árboles multicolores. "El Duende Gris vive en la Cueva Silenciosa, al final de este sendero. Pero ten cuidado, ha puesto trampas para evitar que alguien lo alcance."
Micaela y Chispa se adentraron en el bosque. La primera trampa que encontraron fue un charco de risa. Quien lo pisaba, no podía parar de reír y era imposible avanzar. Micaela, recordando que le encantaba saltar, tomó impulso y saltó sobre el charco, aterrizando al otro lado sin tocarlo. Chispa, siendo una ardilla ágil, simplemente lo rodeó.
La siguiente trampa fue un laberinto de canciones tristes. Las paredes del laberinto estaban hechas de notas musicales que tocaban melodías melancólicas. Micaela, recordando las historias que creaba, empezó a inventar una canción alegre y optimista. La melodía era tan contagiosa que las notas tristes se desvanecieron y el laberinto se abrió, permitiéndoles continuar.
Finalmente, llegaron a la Cueva Silenciosa. Era un lugar oscuro y sombrío, donde no se oía ni un solo sonido. En el centro de la cueva, sentado en una roca, estaba el Duende Gris. Tenía una cara amargada y un saco lleno de colores desvanecidos a su lado.
"¿Qué quieres?" gruñó el Duende Gris al ver a Micaela y Chispa.
"Queremos que devuelvas la alegría al bosque," dijo Micaela con valentía. "Los colores están desapareciendo y los árboles están tristes."
El Duende Gris se rió. "La alegría es inútil. Es mucho mejor estar tranquilo y en silencio."
Micaela pensó rápidamente. Sabía que no podía convencer al Duende Gris con palabras. En cambio, recordó lo mucho que le gustaba jugar. "Te propongo un juego," dijo. "Si te gano, debes devolver la alegría al bosque. Si tú ganas, nos iremos y te dejaremos en paz."
El Duende Gris, intrigado, aceptó. "¿Qué clase de juego?"
"Jugaremos a Quién puede hacer el salto más divertido," dijo Micaela. "Cada uno hará un salto y el que haga reír más al otro, gana."
El Duende Gris se encogió de hombros y dio un salto aburrido. Micaela se rio por dentro. Era su turno. Tomó aire, cerró los ojos y pensó en todas las cosas que le hacían feliz: jugar con sus amigos, comer helado, leer cuentos fantásticos y, sobre todo, saltar. Entonces, dio un salto enorme, girando en el aire, haciendo caras graciosas y gritando un lema divertido.
El Duende Gris no pudo evitarlo. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, luego una risita y, finalmente, una carcajada sonora. ¡Nunca antes se había reído tanto!
"¡Has ganado!" dijo el Duende Gris, todavía riendo. "Supongo que la alegría no es tan mala después de todo."
Con un suspiro, abrió el saco y liberó los colores. De repente, el bosque se iluminó con una explosión de luz y alegría. Los árboles volvieron a brillar, los animales cantaron y el Duende Gris, con una sonrisa en su rostro, comenzó a bailar.
Micaela y Chispa regresaron al jardín de la abuela, sintiéndose felices y orgullosos. Micaela supo que siempre recordaría su aventura en el Bosque de los Colores Saltarines, donde aprendió que la alegría y la imaginación son las armas más poderosas de todas. Al día siguiente, Micaela regresó al jardín de su abuela, pero la puerta al bosque ya no estaba. Micaela sonrió, sabiendo que la magia siempre estaría dentro de ella.
Desde ese día, Micaela siguió imaginando, creando, saltando y jugando, llevando la alegría a todos los que la rodeaban. Sabía que, aunque el Bosque de los Colores Saltarines estuviera oculto, siempre podría encontrarlo en su corazón.
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