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Gratis · elegí una vozMiguel Ángel era un niño como cualquier otro, bueno, casi. Tenía un pelo castaño que siempre parecía despeinado, un montón de pecas que salpicaban su nariz como estrellas fugaces, y una sonrisa que podía iluminar una habitación. Pero Miguel Ángel también tenía un secreto: se ponía muy, muy nervioso en clase. A veces, ese nerviosismo lo hacía explotar, y terminaba empujando o incluso pegando a sus compañeros.
La señorita Elena, su maestra, era muy paciente. Sabía que Miguel Ángel no era un niño malo, solo un niño que necesitaba aprender a manejar sus emociones. Un día, después de un incidente en el recreo donde Miguel Ángel había empujado a Pablo porque le había quitado su pelota, la señorita Elena lo llamó a su escritorio.
"Miguel Ángel," dijo la señorita Elena con voz suave, "sé que no querías hacer daño a Pablo. Pero es importante que aprendas a controlar tus nervios. ¿Sabes por qué te pones tan nervioso?"
Miguel Ángel se encogió de hombros. "No lo sé," murmuró, mirando sus zapatos. "Simplemente... siento como si un volcán estuviera a punto de explotar dentro de mí."
La señorita Elena sonrió. "Entiendo. Pero, ¿sabes qué? Todos tenemos un volcán dentro de nosotros. La clave está en aprender a controlarlo antes de que entre en erupción." Sacó una pequeña caja de madera de su cajón. "Mira esto," dijo, abriéndola. Dentro había una pequeña piedra lisa y brillante.
"Esta es una piedra de la calma," explicó la señorita Elena. "Cuando te sientas nervioso, tómala en tu mano, cierra los ojos y respira profundamente. Imagina que estás en un lugar tranquilo, un jardín lleno de flores y pájaros cantando. Siente la calma que te rodea."
Miguel Ángel tomó la piedra en su mano. Era fría y suave. Cerró los ojos e hizo lo que la señorita Elena le había dicho. Imaginó un jardín lleno de flores de todos los colores, con mariposas revoloteando y el sonido suave del agua corriendo en una fuente. Sintió cómo su corazón se calmaba un poco.
"Funciona un poco," dijo Miguel Ángel, abriendo los ojos.
"Sí," dijo la señorita Elena. "Pero necesitas practicar. Úsala cada vez que te sientas nervioso. Y recuerda, también es importante pedir perdón cuando haces daño a alguien."
Esa tarde, Miguel Ángel fue a buscar a Pablo. Lo encontró jugando con otros niños en el parque. Se acercó tímidamente.
"Pablo," dijo Miguel Ángel, "siento mucho haberte empujado en el recreo. No debí haberlo hecho. ¿Me perdonas?"
Pablo lo miró sorprendido. Luego sonrió. "Está bien, Miguel Ángel. Te perdono."
Miguel Ángel sintió un gran alivio. Era mucho más fácil pedir perdón de lo que pensaba. A partir de ese día, Miguel Ángel empezó a usar la piedra de la calma con más frecuencia. La llevaba en su bolsillo y la sacaba cada vez que sentía que el "volcán" dentro de él estaba a punto de entrar en erupción. También aprendió otras técnicas para calmarse, como contar hasta diez, respirar profundamente y alejarse de la situación que lo estaba poniendo nervioso.
No siempre fue fácil. A veces, seguía explotando y haciendo daño a los demás. Pero cada vez que lo hacía, recordaba las palabras de la señorita Elena: "Es importante pedir perdón." Y lo hacía. Poco a poco, Miguel Ángel fue aprendiendo a controlar sus nervios y a ser más amable con sus compañeros. Se dio cuenta de que era mucho más divertido jugar y reír con los demás que estar enfadado y solo.
Un día, la señorita Elena organizó una actividad en clase donde cada niño tenía que dibujar su lugar favorito. Miguel Ángel dibujó el jardín que había imaginado con la piedra de la calma. Lo llenó de flores de colores, mariposas, pájaros y una fuente que cantaba una melodía suave. Cuando terminó, se lo mostró a la señorita Elena.
"Es hermoso, Miguel Ángel," dijo la señorita Elena. "Es como un jardín de calma. Y creo que tú también estás encontrando tu propio jardín de calma dentro de ti."
Miguel Ángel sonrió. Sabía que todavía tenía mucho que aprender, pero también sabía que estaba en el camino correcto. Ya no era el niño que explotaba de nerviosismo. Era Miguel Ángel, el niño de las pecas y el pelo castaño, que estaba aprendiendo a calmar su volcán y a construir su propio jardín de calma, un jardín donde la amistad, la paz y la alegría florecían cada día. Y lo más importante, había aprendido que pedir perdón era un acto de valentía y un paso importante para construir relaciones fuertes y sanas con los demás. El jardín de las calmas de Miguel Ángel estaba abierto para todos los que quisieran entrar.
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