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Gratis · elegí una vozÉrase una vez una niña llamada Mikhela. Tenía cinco años, una sonrisa brillante, y un cabello crespito y largo que siempre parecía bailar al ritmo de su alegría. Mikhela era blanca, como la arena fina de la playa. Pero lo que hacía a Mikhela realmente especial era su mejor amigo: un capibara llamado Sisi. Sisi era grande, peludito y le encantaba comer hojas de lechuga tanto como a Mikhela le gustaba comer helado de fresa.
Todos los sábados y domingos, Mikhela, Sisi, su papá Michael (quien también tenía el pelo crespito y era blanco, con unos treinta y ocho años y una barba que le hacía cosquillas a Mikhela cuando la abrazaba) y su mamá Ericka (de treinta y tres años, pelo lacio y blanca, con una voz suave como el murmullo del río) salían de paseo. Viajaban desde Piura, una ciudad llena de sol, hasta Trujillo, la ciudad de la eterna primavera, donde las flores florecían todo el año y el aire olía a jazmín y a tierra mojada.
En Trujillo, buscaban un campo verde y espacioso donde poder extender una manta a cuadros. Michael preparaba sándwiches de palta y tomate, Ericka cortaba frutas frescas, y Mikhela le ofrecía a Sisi las hojas de lechuga más verdes y crujientes. Sisi comía feliz, moviendo sus bigotes y mirando a Mikhela con sus ojos brillantes.
Un día, mientras viajaban por un camino polvoriento entre Piura y Trujillo, Mikhela vio algo inusual al borde de la carretera. "¡Papá, papá! ¡Mira!" gritó, señalando un bulto marrón entre la hierba alta. Michael detuvo el auto con cuidado y se acercaron a investigar.
Era otro capibara. ¡Pero este capibara era diferente! Era más pequeño que Sisi y parecía estar perdido y asustado. Tenía el pelaje enmarañado y sus ojos estaban llenos de lágrimas. "¡Pobrecito!" exclamó Mikhela, con el corazón lleno de compasión. "¡Tenemos que ayudarlo!"
Michael y Ericka se miraron. Sabían que cuidar de otro capibara sería una gran responsabilidad, pero no podían resistirse a la mirada suplicante de Mikhela. "Está bien, cariño", dijo Michael sonriendo. "Lo llevaremos a casa".
Con mucho cuidado, Michael levantó al pequeño capibara y lo colocó en el asiento trasero del auto, junto a Sisi. Sisi, al principio, pareció un poco sorprendido. Nunca había visto otro capibara tan de cerca. Pero Mikhela le susurró al oído: "Es un amigo, Sisi. ¡Tenemos que cuidarlo!"
De camino a casa, Mikhela le puso un nombre al nuevo capibara: Pipito. Pipito temblaba un poco, pero pronto se sintió más seguro al lado de Sisi. Cuando llegaron a casa, le dieron a Pipito un plato lleno de hojas de lechuga frescas. Pipito comió con voracidad, demostrando que estaba realmente hambriento.
Sisi, aunque al principio estuvo un poco celoso, pronto se dio cuenta de que Pipito no era una amenaza. De hecho, Pipito era un compañero de juegos perfecto. Juntos, corrían por el jardín, se escondían entre los arbustos y chapoteaban en el pequeño estanque que Michael había construido para Sisi.
Mikhela estaba feliz. Tenía a Sisi, su mejor amigo, y ahora también tenía a Pipito. Su familia se había hecho más grande y más feliz. Los sábados y domingos, cuando viajaban a Trujillo, ya no eran solo tres, ¡sino cuatro! Michael y Ericka se reían al ver a los dos capibaras corriendo por el campo, persiguiendo mariposas y rodando por la hierba.
Un día, mientras estaban en el campo, Mikhela vio a un anciano sentado bajo un árbol. Parecía triste y solitario. Mikhela se acercó a él con Sisi y Pipito a su lado. "Hola, señor", dijo Mikhela con una sonrisa. "¿Está usted bien?"
El anciano levantó la vista y sonrió. "Estoy bien, pequeña", dijo. "Solo estoy un poco solo". Mikhela tuvo una idea brillante. "¿Le gustaría jugar con nosotros?" preguntó. "¡Tenemos dos capibaras que les encanta hacer nuevos amigos!"
El anciano aceptó encantado. Jugó con Mikhela, Sisi y Pipito durante toda la tarde. Corrió, se escondió y hasta intentó chapotear en el estanque. Al final del día, el anciano estaba radiante de alegría. "Gracias, pequeña", dijo. "Me has alegrado el día".
Mikhela se dio cuenta de que la felicidad es aún mayor cuando se comparte. Y con Sisi y Pipito a su lado, siempre tenía suficiente felicidad para compartir con los demás. Desde ese día, Mikhela, Sisi y Pipito se dedicaron a hacer felices a todos los que conocían. Ayudaban a los vecinos, visitaban a los enfermos y siempre estaban dispuestos a echar una mano.
Y así, Mikhela, la niña crespita, Sisi, el capibara grande y peludito, y Pipito, el capibara pequeño y perdido, vivieron felices para siempre en Trujillo, la ciudad de la eterna primavera, compartiendo su amor y alegría con todos los que les rodeaban.
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