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Gratis · elegí una vozEn un jardín secreto, lleno de flores danzantes y árboles susurrantes, vivía una mariposa muy especial llamada Nahomi. No era como las otras mariposas que solo se alimentaban del néctar dulce de las flores. Nahomi recolectaba algo mucho más valioso: las mijagas de amor.
¿Mijagas de amor? Te preguntarás. Pues sí, cada vez que alguien sentía amor, ya fuera por un amigo, un familiar, o incluso por un pequeño insecto, pequeñas partículas brillantes se desprendían de su corazón. Estas partículas, las mijagas de amor, eran invisibles para la mayoría, pero Nahomi podía verlas y sentirlas.
Un día, Nahomi volaba cerca del cerezo centenario cuando sintió una tristeza profunda. Siguió el rastro de la tristeza y encontró a un pequeño oso de peluche, llamado Tito, sentado solo bajo el árbol. Tito era el juguete favorito de una niña llamada Sofía, pero Sofía se había mudado a una nueva ciudad y Tito se había quedado atrás, olvidado.
Tito estaba muy triste. Echaba de menos los abrazos de Sofía, las historias que le contaba, y las aventuras que compartían en el jardín. Sus ojos de botón estaban llenos de polvo y decepción. Las mijagas de amor que alguna vez lo habían rodeado eran ahora escasas y apagadas.
Nahomi sintió una punzada de empatía. Sabía lo importante que era el amor para el corazón, incluso para un corazón de felpa como el de Tito. Se acercó al oso de peluche y le dijo con su suave voz: “Hola, Tito. Veo que estás triste.”
Tito levantó la vista, sorprendido. Nunca había visto una mariposa tan brillante y colorida. “Sí, lo estoy,” respondió con un susurro. “Sofía se fue y ya no me quiere.”
“Eso no es cierto, Tito,” dijo Nahomi con firmeza. “El amor no desaparece así como así. Aunque Sofía esté lejos, estoy segura de que todavía te recuerda con cariño. Solo que, a veces, el amor necesita un pequeño empujón.”
Nahomi revoloteó alrededor de Tito, recogiendo las pocas mijagas de amor que aún emanaban de él. Las envolvió en un pequeño capullo de seda que llevaba siempre consigo. “Estas mijagas son muy valiosas, Tito,” le explicó. “Son la prueba de que el amor de Sofía por ti sigue vivo. Ahora, te ayudaré a recolectar más.”
Durante los días siguientes, Nahomi y Tito se hicieron grandes amigos. Nahomi llevaba a Tito a dar paseos por el jardín, mostrándole la belleza de las flores y la alegría de los insectos. Le contaba historias sobre el mundo exterior, sobre las montañas nevadas y los océanos profundos.
Al principio, Tito estaba demasiado triste para disfrutar de nada. Pero poco a poco, gracias a la compañía de Nahomi, comenzó a sentirse mejor. Empezó a reírse de las travesuras de las ardillas, a admirar los colores del arcoíris, y a recordar con cariño los momentos felices que había compartido con Sofía.
Cada vez que Tito sentía un poco de alegría o gratitud, nuevas mijagas de amor se desprendían de su corazón. Nahomi las recogía cuidadosamente y las añadía al capullo de seda. El capullo se hizo cada vez más grande y brillante.
Un día, mientras Nahomi y Tito estaban sentados bajo el cerezo, una niña apareció en el jardín. Era Sofía. Había regresado a visitar a sus abuelos y no había podido resistirse a la idea de volver a ver a Tito.
Cuando Sofía vio a Tito sentado bajo el árbol, corrió hacia él y lo abrazó con fuerza. “¡Tito! ¡Te he echado tanto de menos!” exclamó.
Tito sintió una oleada de felicidad que lo inundó por completo. Las mijagas de amor comenzaron a fluir de su corazón en una cascada brillante. El capullo de seda de Nahomi explotó, liberando todas las mijagas de amor que había recolectado. Las mijagas envolvieron a Sofía y a Tito en un abrazo cálido y luminoso.
Sofía sintió un amor profundo e inmenso por Tito. Se dio cuenta de que nunca lo había olvidado y que siempre lo llevaría en su corazón. Tito, por su parte, se sintió completo y feliz. Sabía que el amor de Sofía era verdadero y eterno.
Nahomi, la mariposa recolectora de amor, sonrió con satisfacción. Su trabajo había terminado. Había demostrado que el amor nunca desaparece por completo, solo necesita un poco de ayuda para brillar de nuevo. Y así, Nahomi siguió volando por el jardín, recolectando mijagas de amor y esparciendo alegría por donde quiera que iba.
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