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Había una vez un niño muy curioso llamado Nicolás, a quien le apasionaban las historias de gladiadores, emperadores y antiguos tesoros. Un caluroso verano, sus padres le dieron la noticia más emocionante de su vida: viajarían a Roma, la mítica Ciudad Eterna. Nicolás preparó su mochila con una libreta de dibujo, lápices de colores y una cámara de fotos, listo para capturar cada rincón de aquel lugar del que tanto había leído.
Al aterrizar, el aire olía a pasta fresca y a historia. Su primera parada fue el majestuoso Coliseo. Al llegar frente a la inmensa estructura de piedra, Nicolás se sintió diminuto. «¡Es gigante!», exclamó mientras sus ojos recorrían los arcos infinitos. Se sentó en un escalón de mármol y comenzó a dibujar. Mientras trazaba las líneas de la arena, cerró los ojos un momento e imaginó el rugido del público y el brillo de las armaduras de los gladiadores. Un guía local, al ver su dibujo, le regaló una pequeña moneda plateada de juguete. «Para el futuro emperador de los artistas», le dijo con un guiño. Nicolás guardó la moneda como si fuera un amuleto mágico.
Caminando por los Foros Romanos, Nicolás sintió que viajaba en el tiempo. Entre columnas rotas y templos antiguos, jugaba a adivinar qué edificios habían estado allí hace dos mil años. «Aquí estaba el mercado, y allá el palacio», le explicaba su madre mientras consultaban un mapa. Nicolás sacó su libreta y dibujó un arco del triunfo, decorándolo con laureles imaginarios. Cada piedra parecía tener un secreto que contar, y él estaba dispuesto a escucharlos todos.
Para refrescarse del sol italiano, la familia se dirigió a la Fontana di Trevi. El sonido del agua cayendo era como una melodía que llenaba toda la plaza. Nicolás quedó maravillado por las esculturas de caballos marinos y dioses que salían de la roca. Su padre le explicó la tradición: «Si lanzas una moneda con la mano derecha sobre el hombro izquierdo, asegurarás tu regreso a Roma». Nicolás sacó su moneda plateada, cerró los ojos con fuerza y pidió un deseo secreto antes de lanzarla al agua cristalina. El «plof» de la moneda al hundirse fue el sonido más satisfactorio del día.
El hambre comenzó a apretar, así que se detuvieron en una pequeña plaza para comer una auténtica pizza margarita. Nicolás observaba cómo los niños italianos jugaban al fútbol cerca de un obelisco. Después del banquete, caminaron hacia el Panteón de Agripa. Al entrar, Nicolás quedó mudo de asombro. Miró hacia arriba y vio el óculo, ese círculo perfecto en el techo por donde entraba un rayo de luz celestial que iluminaba todo el interior. «¿Y qué pasa si llueve?», preguntó. Su padre le mostró los minúsculos agujeros en el suelo de mármol por donde el agua se filtraba. Nicolás dibujó el rayo de luz en su libreta, usando su lápiz amarillo más brillante.
La siguiente aventura los llevó a la Plaza de España. Nicolás subió los 135 escalones de la escalinata con energía, contando cada uno de ellos. Desde arriba, la vista de la ciudad era espectacular. Las cúpulas de las iglesias se recortaban contra el cielo naranja del atardecer. Abajo, la fuente de la Barcaccia parecía un barco de piedra hundiéndose suavemente. Nicolás aprovechó para retratar a la gente que descansaba en los escalones, creando un mosaico de caras felices en su cuaderno.
No podían irse de Roma sin visitar la Ciudad del Vaticano. Al entrar en la Plaza de San Pedro, las enormes columnatas parecían brazos abiertos dándoles la bienvenida. Nicolás se impresionó con la altura de la Basílica y el brillo de las estatuas de los santos. Aunque estaba un poco cansado, su curiosidad era más fuerte. En los Museos Vaticanos, caminó por la Galería de los Mapas, maravillado por los colores dorados del techo. Pero lo mejor fue la Capilla Sixtina; aunque no podía hablar alto, sus ojos gritaban de emoción al ver las pinturas de Miguel Ángel. «Es como si el techo fuera una ventana al cielo», susurró a su hermana.
Para terminar el día, la familia cruzó el Puente SantAngelo, custodiado por impresionantes estatuas de ángeles blancos. El Castillo SantAngelo se alzaba imponente al final del camino. Nicolás se detuvo a medio puente y miró el río Tíber. El sol se estaba ocultando, tiñendo el agua de reflejos dorados y púrpuras. Sacó su cámara y tomó la última foto del día: su cuaderno de dibujos abierto sobre el pretil del puente, con el castillo de fondo.
Esa noche, mientras cenaba un helado de chocolate y avellana en el Trastevere, Nicolás revisó sus dibujos. Había capturado la fuerza del Coliseo, la magia de la Fontana, la luz del Panteón y la paz del Vaticano. Se dio cuenta de que Roma no era solo un lugar con edificios viejos, sino un libro gigante lleno de historias vivas. Al cerrar su libreta, Nicolás sonrió. Sabía que el deseo que pidió en la fuente se cumpliría. Algún día volvería para llenar otro cuaderno con los colores de la Ciudad Eterna, porque una sola visita no era suficiente para descubrir todos los tesoros que Roma guardaba para él.
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