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Gratis · elegí una vozNicolás era un niño curioso, con ojos brillantes como dos luceros y un corazón lleno de aventuras. Vivía en un pequeño pueblo al pie de unas montañas muy especiales: las Montañas de Cristal. Estas montañas no eran como las demás. Sus picos relucían con miles de cristales de todos los colores, y cuando el sol las tocaba, lanzaban destellos que iluminaban todo el valle.
Un día, Nicolás escuchó una vieja leyenda contada por su abuela. Decía que más allá de las Montañas de Cristal, existían ríos de cristales y reinos mágicos gobernados por seres de luz. Nadie había logrado llegar hasta allí, porque el camino era muy peligroso y estaba custodiado por criaturas misteriosas. Pero Nicolás, con su espíritu aventurero, decidió que él sería el primero en descubrir la verdad de la leyenda.
A la mañana siguiente, muy temprano, Nicolás preparó su mochila con una cantimplora llena de agua, un trozo de pan y una lupa. Se despidió de su perro Trueno, prometiéndole que volvería con historias increíbles. Trueno ladró, como si entendiera el peligro, pero también como si le deseara buena suerte.
Nicolás comenzó su ascenso a las Montañas de Cristal. Al principio, el camino era fácil, pero pronto se volvió más empinado y lleno de rocas resbaladizas. Los cristales brillaban a su alrededor, deslumbrándolo con sus colores. De repente, escuchó un suave tintineo. Siguiendo el sonido, encontró un pequeño río que, en lugar de agua, ¡estaba lleno de pequeños cristales que fluían como agua! Nicolás se maravilló con la belleza del río y llenó su cantimplora con algunos cristales, pensando que podrían ser útiles.
Más adelante, el camino se oscureció. Nicolás entró en un bosque de árboles con hojas de cristal. El silencio era absoluto, solo roto por el crujido de sus pisadas sobre las hojas. De repente, una figura se movió entre los árboles. Era un Gnomo de Cristal, con barba larga y brillante, y ojos que parecían dos diamantes.
El Gnomo de Cristal le preguntó a Nicolás qué hacía en su bosque. Nicolás, con valentía, le contó su sueño de llegar a los reinos mágicos. El Gnomo, con una sonrisa amable, le dijo que el camino era muy peligroso y que pocos lo habían intentado. Pero al ver la determinación en los ojos de Nicolás, decidió ayudarlo.
"Para llegar a los reinos mágicos", dijo el Gnomo, "debes cruzar el Puente de Cristal, que está custodiado por el Dragón de la Noche. Solo puedes cruzarlo si le ofreces algo valioso".
Nicolás pensó en qué podría ofrecerle al Dragón. No tenía oro ni joyas. Entonces, recordó los cristales que había recogido en el río. Sacó uno de ellos y se lo mostró al Gnomo. El Gnomo asintió. "Ese cristal tiene la luz del sol. Al Dragón le gusta la luz, porque vive en la oscuridad".
Nicolás siguió las indicaciones del Gnomo y llegó al Puente de Cristal. Era un puente largo y delgado, hecho de cristales transparentes. Al final del puente, vio al Dragón de la Noche. Era enorme, con escamas negras como la obsidiana y ojos rojos como el fuego. El Dragón rugió al ver a Nicolás, haciendo temblar el puente.
Nicolás, sin miedo, se acercó al Dragón y le ofreció el cristal. El Dragón lo observó con curiosidad. Al tocar el cristal, una luz brillante iluminó su rostro. El Dragón pareció calmarse y dejó que Nicolás cruzara el puente.
Al otro lado del puente, Nicolás se encontró en un reino mágico. Había flores que cantaban, árboles que daban frutos de colores y casas hechas de nubes. En el centro del reino, vio un castillo de cristal, donde vivía la Reina de la Luz.
La Reina de la Luz recibió a Nicolás con alegría. Había estado esperando a alguien con un corazón puro y valiente que pudiera encontrar el camino a su reino. La Reina le agradeció a Nicolás por llevar la luz del sol al Dragón de la Noche y le ofreció un regalo: un pequeño cristal que tenía el poder de curar cualquier enfermedad.
Nicolás regresó a su pueblo, lleno de historias increíbles. Le contó a su abuela sobre los ríos de cristales, el Gnomo de Cristal, el Dragón de la Noche y la Reina de la Luz. Le mostró el cristal que le había dado la Reina, y juntos lo usaron para curar a los enfermos del pueblo. Nicolás se convirtió en un héroe, pero nunca olvidó su aventura en las Montañas de Cristal. Y Trueno, siempre a su lado, ladraba feliz al escuchar cada relato.
Desde ese día, la gente del pueblo supo que las leyendas eran reales y que, a veces, los sueños más locos pueden hacerse realidad si uno tiene un corazón valiente y un espíritu aventurero.
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