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Gratis · elegí una vozNiño era un gatito pequeño, de pelaje atigrado y ojos grandes y curiosos. Vivía en un acogedor jardín lleno de flores de colores y mariposas danzantes. Pero Niño no era como los demás gatitos de su camada. Mientras sus hermanos perseguían ovillos de lana y dormían largas siestas al sol, Niño soñaba con la luna. No con la luna que veía reflejada en el estanque, sino con la luna real, la que brillaba alta en el cielo nocturno. Él estaba convencido de que la luna era de queso, un queso gigante y delicioso que deseaba probar con todas sus fuerzas.
Cada noche, Niño se sentaba en el borde del jardín, con la mirada fija en la luna. Intentaba calcular cuánto tendría que saltar, cuánto tendría que estirarse para alcanzarla. Les contaba a las luciérnagas sus planes, pero ellas solo parpadeaban confundidas. Los grillos, aunque amables, le aconsejaban concentrarse en cazar saltamontes, que era una actividad mucho más realista para un gatito.
Un día, Niño escuchó a la vieja tortuga del jardín, Doña Tortuga, contar historias de aventuras lejanas. Doña Tortuga había viajado por todo el mundo, o al menos eso decía, y conocía muchos secretos. Niño se acercó tímidamente y le contó su sueño de alcanzar la luna de queso.
Doña Tortuga lo miró con sus ojos sabios y sonrió. "Niño," dijo, "todos los sueños parecen imposibles hasta que alguien los hace realidad. La luna está muy lejos, es cierto, pero eso no significa que no puedas intentarlo. Lo importante es creer en ti mismo y no rendirte nunca".
Las palabras de Doña Tortuga llenaron a Niño de esperanza. Decidió que encontraría una forma de llegar a la luna. Primero, intentó construir una torre con cajas de cartón que encontró en el cobertizo. Trabajó duro durante horas, apilando las cajas una encima de otra, pero la torre siempre se derrumbaba antes de alcanzar una altura decente. Luego, intentó usar globos inflados para elevarse, pero los globos se escapaban de sus garras o estallaban con el roce de sus afiladas uñas.
Frustrado, Niño se sentó bajo un árbol, a punto de rendirse. Pensó que Doña Tortuga se había equivocado, que algunos sueños eran simplemente imposibles. Justo en ese momento, vio una telaraña brillante entre las ramas del árbol. Era una telaraña grande y fuerte, tejida por una araña muy trabajadora llamada Arañita.
Niño se acercó a Arañita y le contó su sueño. Arañita, a diferencia de los demás, no se rió. En lugar de eso, lo miró con atención y dijo: "Tu sueño es ambicioso, pero no imposible. Necesitas una forma de subir y una forma de mantenerte en el aire".
Juntos, Niño y Arañita idearon un plan. Arañita tejería una cuerda larga y resistente con su seda, y Niño la usaría para escalar hasta la cima del árbol más alto del jardín. Desde allí, intentaría saltar hacia la luna. Era un plan arriesgado, pero era la mejor opción que tenían.
Durante días, Arañita tejió la cuerda, trabajando sin descanso. Niño la ayudaba a encontrar hojas y ramitas para fortalecer la seda. Finalmente, la cuerda estuvo lista. Era larga y fuerte, capaz de soportar el peso de Niño.
Una noche, bajo la luz de la luna llena, Niño y Arañita se prepararon para su aventura. Niño ató un extremo de la cuerda al árbol y comenzó a escalar. La cuerda era resbaladiza, y Niño resbaló varias veces, pero no se rindió. Con cada paso, pensaba en el queso lunar y en las palabras de Doña Tortuga.
Finalmente, llegó a la cima del árbol. El viento soplaba con fuerza, y la luna parecía estar más cerca que nunca. Niño respiró hondo, cerró los ojos y saltó.
Por un instante, sintió que volaba. La luna estaba justo frente a él, grande y brillante. Pero luego, la gravedad lo atrajo de vuelta a la tierra. Cayó suavemente sobre un montón de hojas secas, ileso pero decepcionado.
Aunque no había alcanzado la luna, Niño no estaba triste. Había intentado lo imposible y había aprendido mucho en el camino. Había descubierto la importancia de la perseverancia, la amistad y la fe en uno mismo. Y, lo más importante, había comprendido que la verdadera aventura no está en alcanzar el sueño, sino en el camino recorrido para lograrlo.
Esa noche, Niño regresó al jardín, donde Arañita lo esperaba ansiosamente. Le contó todo sobre su salto y su experiencia. Arañita sonrió y dijo: "Lo importante es que lo intentaste, Niño. Y quién sabe, tal vez algún día, con un poco más de ingenio y perseverancia, lograrás alcanzar tu luna de queso".
Niño se acurrucó junto a Arañita y miró la luna. Ya no la veía como un simple pedazo de queso, sino como un símbolo de sus sueños y aspiraciones. Sabía que seguiría soñando y que seguiría luchando por alcanzar sus metas, sin importar cuán difíciles parecieran. Y sabía que, con la ayuda de sus amigos y su propia determinación, algún día, tal vez, lograría probar un pedacito de la luna de queso.
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