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Gratis · elegí una vozNicolás era un niño… bueno, digamos, especial. Especialmente desobediente. Su mamá, Doña Elena, siempre le decía: "Nicolás, no toques eso. Nicolás, no corras allí. Nicolás, no comas tierra". Pero Nicolás, simplemente, ¡no podía evitarlo!
Un día soleado, Doña Elena le dijo: "Nicolás, voy al mercado. Quédate en el jardín y ¡NO entres al bosque! Es peligroso, ¿entendido?". Nicolás asintió con la cabeza, con la cara llena de promesas. Pero, apenas su mamá desapareció por la esquina, una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro. El bosque… ¡qué misterio! ¡Qué tentación!
"Sólo un poquito", se dijo a sí mismo. "Sólo para ver qué hay".
Cruzó la cerca del jardín y se adentró en el bosque. Los árboles eran altos y frondosos, y el suelo estaba cubierto de hojas crujientes. Nicolás caminaba, sintiéndose como un explorador. De repente, vio algo brillante entre los árboles. ¡Era un champiñón gigante! Era más grande que él, con un sombrero rojo brillante y puntos blancos.
"¡Guau!", exclamó Nicolás. "Nunca había visto algo así".
Recordó lo que su mamá le había dicho mil veces: "Nicolás, no toques nada que no conozcas". Pero… ¡era tan grande y llamativo! No pudo resistirse. Se acercó al champiñón y lo tocó. ¡Era suave y esponjoso!
Justo en ese momento, una voz grave resonó en el bosque: "¡Quién se atreve a tocar mi champiñón preferido!".
Nicolás se asustó tanto que dio un salto hacia atrás. De detrás del champiñón salió… ¡un gnomo! Era pequeño, con una barba blanca larguísima y un gorro puntiagudo. Tenía el ceño fruncido y parecía muy enfadado.
"¡Yo… yo no lo sabía!", tartamudeó Nicolás. "Lo siento".
El gnomo lo miró de arriba abajo. "¿No lo sabías? ¡Este es el Champiñón Mágico! ¡Y ahora, por tu culpa, ha perdido su magia!".
Nicolás se sintió fatal. Había desobedecido a su mamá y ahora había arruinado el champiñón mágico del gnomo. "¿Qué puedo hacer para arreglarlo?", preguntó, con los ojos llenos de lágrimas.
El gnomo suspiró. "Bueno… hay una manera. Pero es muy difícil. Necesitas encontrar la Flor de la Luna. Crece en la cima de la Montaña Nublada. Pero ten cuidado, está custodiada por un dragón dormilón".
Nicolás tragó saliva. ¡Un dragón! Pero sabía que tenía que hacer algo para arreglar su error. "Lo haré", dijo con valentía. "Encontraré la Flor de la Luna".
El gnomo le dio un mapa muy antiguo y le dijo: "Ten cuidado, pequeño. El camino es largo y peligroso".
Así, Nicolás emprendió su aventura. Caminó durante horas, cruzando ríos y subiendo colinas. Se encontró con un conejo parlanchín que le dio consejos y con una ardilla generosa que le compartió nueces. Finalmente, llegó a la base de la Montaña Nublada.
La montaña era altísima y estaba cubierta de nubes. Nicolás comenzó a subir, con el corazón latiendo con fuerza. La subida era difícil, pero no se rindió. Recordaba la cara triste del gnomo y sabía que tenía que seguir adelante.
Después de mucho esfuerzo, llegó a la cima. Allí, en medio de las nubes, vio la Flor de la Luna. Era una flor blanca brillante, con un aroma dulce y delicado. Pero… ¡también vio al dragón! Estaba dormido, roncando ruidosamente.
Nicolás sabía que no podía despertarlo. Con mucho cuidado, se acercó a la flor y la cortó. Luego, comenzó a bajar la montaña lo más rápido que pudo.
Cuando llegó al bosque, corrió hacia el gnomo. "¡La tengo!", exclamó, mostrándole la Flor de la Luna.
El gnomo sonrió. "¡Bien hecho, pequeño!", dijo. Tomó la flor y la colocó sobre el champiñón. Inmediatamente, el champiñón brilló con una luz intensa. ¡Había recuperado su magia!
El gnomo le dio las gracias a Nicolás y le dijo: "Has demostrado ser valiente y determinado. Pero recuerda, la obediencia es importante. Escucha siempre a tu mamá".
Nicolás aprendió su lección. Regresó a su casa, justo cuando su mamá llegaba del mercado. Ella lo abrazó con fuerza. "¡Nicolás! ¡Estaba tan preocupada! ¿Dónde estabas?".
Nicolás le contó toda la historia, desde el champiñón gigante hasta el dragón dormilón. Doña Elena lo escuchó con atención, con los ojos muy abiertos.
Al final, le dijo: "Estoy muy orgullosa de que hayas arreglado tu error. Pero recuerda, Nicolás, la próxima vez, ¡escucha a tu mamá!".
Nicolás asintió con la cabeza. A partir de ese día, Nicolás siguió siendo un niño curioso y aventurero, pero también aprendió a obedecer. Y aunque de vez en cuando todavía hacía alguna travesura, siempre recordaba la aventura del Champiñón Gigante y la importancia de escuchar a su mamá.
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