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Tomás era un niño con una imaginación desbordante. Le encantaba jugar con sus coches, sus bloques de construcción y sus peluches. Construía ciudades enteras en su habitación, organizaba carreras épicas y daba vida a sus ositos de peluche. Pero cuando llegaba el momento de recoger, ¡ay, ay, ay! Se transformaba.
"¡No quiero!" gritaba, cruzando los brazos y frunciendo el ceño. "¡Es aburrido! ¡Prefiero seguir jugando!" Su mamá, con paciencia infinita, le explicaba que era importante mantener el orden, que así encontraría sus juguetes más fácilmente y que, además, era una forma de demostrar cariño por sus pertenencias. Pero Tomás no escuchaba. Para él, recoger era una tortura.
Un día, después de una tarde particularmente caótica construyendo un castillo de bloques que ocupaba casi toda la habitación, su mamá le dijo: "Tomás, es hora de recoger. Si no lo haces, los juguetes se sentirán tristes y abandonados". Tomás soltó una carcajada. "¡Los juguetes no sienten nada! Son solo objetos". Y dicho esto, salió corriendo a jugar al jardín, dejando el campo de batalla de bloques a sus espaldas.
Esa noche, Tomás tuvo un sueño extraño. Se encontraba en su habitación, pero todo era diferente. Los juguetes estaban vivos, ¡de verdad! Los coches se movían solos, los peluches hablaban entre ellos y los bloques de construcción se amontonaban formando torres tambaleantes. Pero no estaban contentos.
"¡Estamos hartos!" gritó un coche rojo, con las ruedas temblando de indignación. "Siempre nos dejas tirados por todas partes. ¡Nunca nos recoges!" Un osito de peluche, con un parche en el ojo, asintió con tristeza. "Es verdad. Nos sentimos olvidados. Ya no queremos jugar contigo".
Tomás se quedó boquiabierto. Nunca había imaginado que sus juguetes pudieran tener sentimientos. Intentó explicarse: "Pero... pero es que recoger es muy aburrido".
"¡Aburrido!" exclamó una muñeca de porcelana, con la voz temblorosa. "¿Y crees que es divertido estar tirados en el suelo, pisoteados y cubiertos de polvo?" Los bloques de construcción, que formaban una torre amenazante, empezaron a balancearse peligrosamente. "¡Si no nos recoges, nos derrumbaremos!" gritaron al unísono.
Tomás sintió un escalofrío. Vio la tristeza en los ojos del osito de peluche, la indignación en las ruedas del coche rojo y el miedo en la voz de la muñeca de porcelana. Se dio cuenta de que no había estado cuidando de sus juguetes, de que no les había mostrado el cariño que merecían.
"Lo siento", dijo con voz temblorosa. "De verdad que lo siento. No sabía que se sentían así. Prometo que a partir de ahora voy a recoger siempre mis juguetes".
En ese momento, la torre de bloques se derrumbó con un estruendo. Tomás se despertó sobresaltado, bañado en sudor. La habitación estaba oscura y silenciosa. Respiró hondo y miró a su alrededor. Los juguetes estaban allí, inmóviles, en el mismo desorden de la tarde anterior. Pero ahora los veía con otros ojos. Ya no eran solo objetos, sino compañeros de juego que merecían su respeto y su cuidado.
Se levantó de la cama y, sin dudarlo, empezó a recoger. Primero los bloques, luego los coches, después los peluches. Lo hizo con cuidado y atención, colocando cada juguete en su lugar. No fue tan aburrido como recordaba. De hecho, hasta le pareció divertido organizar los coches por colores y colocar los peluches en la estantería, como si estuvieran posando para una foto.
Cuando terminó, la habitación brillaba. Los juguetes parecían sonreír desde sus estanterías. Tomás se sintió orgulloso de sí mismo. Había cumplido su promesa.
Al día siguiente, después de jugar, Tomás recogió sus juguetes sin que nadie se lo pidiera. Su mamá se sorprendió y le sonrió. "¡Qué bien, Tomás! ¡Estoy muy orgullosa de ti!"
Tomás sonrió también. Había aprendido una valiosa lección. Recoger no era una tortura, sino una forma de cuidar de sus juguetes y de demostrarles su cariño. Y, lo más importante, había descubierto que incluso los juguetes tienen sentimientos, aunque solo sea en los sueños de un niño.
Desde ese día, Tomás nunca más dijo "¡No quiero!" cuando le tocaba recoger. Ahora entendía que un niño ordenado es un niño feliz, y que unos juguetes bien cuidados son unos juguetes que siempre están listos para jugar.
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