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En un valle verde y brillante, donde las flores sonreían al sol y el río cantaba canciones alegres, vivían muchos animales felices. Estaba la vaca Lola, con sus manchas marrones y su suave mugido; el conejo Benito, con su nariz que se movía sin parar y sus largas orejas; el pato Lucas, con su graznido divertido y sus patitas naranjas; y la oveja Blanquita, con su lana esponjosa y sus balidos tiernos.
Un día, una nube juguetona, llamada Celeste, flotaba perezosamente por el cielo. Celeste era una nube muy especial. Le encantaba jugar y hacer reír a los demás. Observando a los animales abajo, tuvo una idea brillante: ¡jugar al escondite!
"¡Hola, animalitos!" gritó Celeste con una voz suave como el viento. Los animales levantaron la vista, sorprendidos. Nunca antes habían escuchado a una nube hablar.
"¿Quién anda ahí?" preguntó Lola, la vaca, con curiosidad.
"¡Soy yo, Celeste, la nube!" respondió la nube. "¡Quiero jugar al escondite con ustedes!"
Los animales se miraron entre ellos, un poco confundidos. ¿Cómo jugar al escondite con una nube? Pero la idea les pareció muy divertida, así que aceptaron.
"¡De acuerdo!" dijo Benito, el conejo, saltando de emoción. "¿Quién cuenta primero?"
"Yo contaré," dijo Celeste. "¡Ustedes escóndanse bien!" Y con una voz fuerte, comenzó a contar: "¡Uno, dos, tres… diez! ¡Allá voy!"
Los animales corrieron a esconderse. Lola se escondió detrás de un gran árbol, intentando ocultar sus grandes manchas. Benito se metió en una madriguera, asomando solo su nariz. Lucas se sumergió en el río, dejando ver solo su cabeza. Blanquita se escondió detrás de un arbusto lleno de flores.
Celeste flotaba por el cielo, buscando a los animales. Primero, vio la nariz de Benito asomando de la madriguera. "¡Te encontré, Benito!" gritó Celeste, soltando una pequeña lluvia de alegría.
Benito salió de la madriguera, riendo. "¡Me encontraste muy rápido!"
Luego, Celeste vio la cabeza de Lucas en el río. "¡Te encontré, Lucas!" gritó Celeste, enviando un rayo de sol para calentarlo.
Lucas salió del agua, sacudiéndose las plumas. "¡Estaba demasiado fácil!"
Después, Celeste vio las manchas de Lola asomando detrás del árbol. "¡Te encontré, Lola!" gritó Celeste, enviando una suave brisa para refrescarla.
Lola salió de detrás del árbol, mugiendo suavemente. "¡Casi no me encontrabas!"
Finalmente, Celeste buscó a Blanquita. La oveja se había escondido muy bien, pero Celeste vio un pequeño mechón de lana blanca asomando entre las flores. "¡Te encontré, Blanquita!" gritó Celeste, enviando un arcoíris brillante.
Blanquita salió de detrás del arbusto, balando alegremente. "¡Me escondí muy bien!"
Todos los animales se reunieron alrededor de Celeste, riendo y divirtiéndose. Les encantó jugar al escondite con la nube.
"¡Eso fue muy divertido!" dijo Lola.
"¡Podemos jugar otra vez!" dijo Benito.
"¡Sí, otra vez!" graznó Lucas.
"¡Me encanta jugar con ustedes!" baló Blanquita.
Celeste sonrió, formando un pequeño corazón en el cielo. "¡Por supuesto que podemos jugar otra vez! Pero ahora, es mi turno de esconderme."
Los animales se sorprendieron. "¿Cómo te vas a esconder? ¡Eres una nube!"
Celeste sonrió aún más. "Ya verán." Y con un movimiento rápido, se transformó en una nube muy pequeña y delgada, casi invisible contra el cielo azul.
Los animales buscaron y buscaron, pero no pudieron encontrar a Celeste. La nube se había escondido muy bien. Finalmente, Celeste volvió a su forma original, riendo.
"¡No pudimos encontrarte!" dijo Benito, impresionado.
"¡Eres la mejor escondiendote!" dijo Lucas.
"¡Eso fue increíble!" dijo Blanquita.
"¡Me encanta jugar al escondite con ustedes!" dijo Celeste. "¡Jugaremos de nuevo mañana!"
Y así, los animales y la nube Celeste jugaron al escondite todos los días, llenando el valle de risas y alegría. Aprendieron que la amistad puede encontrarse en los lugares más inesperados, incluso con una nube juguetona en el cielo.
Un día, Celeste tuvo que viajar a otros lugares, pero prometió volver a visitar a sus amigos animales. Y aunque ya no jugaban al escondite todos los días, los animales siempre recordaban con cariño a la nube traviesa que les enseñó el valor de la amistad y la diversión.
Cada vez que veían una nube en el cielo, sonreían, sabiendo que en algún lugar, Celeste estaba jugando y haciendo reír a otros amigos. Y a veces, si cerraban los ojos y escuchaban con atención, podían escuchar la suave voz de Celeste susurrando: "¡Uno, dos, tres… diez! ¡Allá voy!"
Y el valle verde y brillante seguía lleno de alegría, gracias a la nube traviesa y el escondite animal.
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