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Gratis · elegí una vozBernardo era un oso pequeño, peludo y muy, muy miedoso. No le temía a las abejas, ni a los ríos caudalosos, ni siquiera al gruñón tejón del bosque. Lo que realmente aterraba a Bernardo era… ¡su propia sombra!
Desde que era un osezno, la sombra lo había asustado. Cuando el sol brillaba, allí estaba ella, pegada a sus talones, alargándose y encogiéndose de manera impredecible. A veces parecía un oso gigante, otras veces una criatura deforme y monstruosa. Bernardo no entendía por qué su sombra lo seguía a todas partes, y eso lo llenaba de pánico.
Un día soleado, Bernardo decidió ir a pescar al río. Llevaba su caña de bambú y un tarro lleno de deliciosos gusanos. Pero al salir de su cueva, ¡allí estaba la sombra esperándolo! Bernardo tembló de pies a cabeza.
"¡Ay, no! ¡Otra vez tú!" exclamó Bernardo, con la voz temblorosa.
La sombra, por supuesto, no respondió. Solo se estiró y se movió al ritmo de Bernardo. El oso intentó correr, pero la sombra corrió con él. Intentó saltar, y la sombra saltó también. ¡Era imposible escapar!
Bernardo llegó al río con el corazón latiendo a mil por hora. Intentó concentrarse en la pesca, pero la sombra seguía acechándolo. Se movía inquietamente en la orilla, imitando cada uno de sus movimientos.
Un pececillo mordió el anzuelo. Bernardo, emocionado, tiró de la caña, pero al hacerlo, tropezó y cayó al agua. ¡Splash! Bernardo chapoteó y gritó pidiendo ayuda.
De repente, sintió algo extraño. Miró hacia abajo y vio… ¡que su sombra había desaparecido! El agua había disipado la sombra, al menos por un momento. Bernardo aprovechó la oportunidad para nadar hasta la orilla, tosiendo y estornudando.
Una vez en la orilla, tiritando de frío, Bernardo vio algo que lo sorprendió. Un grupo de ositos jugaban cerca del río, y sus sombras bailaban y saltaban con ellos. Los ositos reían y se divertían, sin mostrar ni una pizca de miedo.
Bernardo se acercó tímidamente al grupo.
"¿No les da miedo su sombra?" preguntó con cautela.
Una osezna de pelaje dorado lo miró con curiosidad.
"¿Miedo? ¡Pero si es parte de nosotros! Es como un amigo que siempre nos acompaña," respondió la osezna.
Otro osezno, con un parche en el ojo, añadió: "¡Y podemos hacerle bromas! Mira, puedo hacer que mi sombra baile el cha-cha-chá!" El osezno empezó a moverse de un lado a otro, y su sombra lo imitó graciosamente.
Bernardo observó a los ositos jugar con sus sombras, y poco a poco, su miedo comenzó a desvanecerse. Se dio cuenta de que quizás, la sombra no era tan aterradora como él pensaba.
La osezna de pelaje dorado invitó a Bernardo a unirse al juego. Al principio, Bernardo se sintió inseguro, pero finalmente aceptó. Empezó a correr y a saltar con los demás ositos, y su sombra lo siguió fielmente.
Para su sorpresa, Bernardo descubrió que jugar con su sombra era divertido. Podía hacer que su sombra se estirara, se encogiera, e incluso que hiciera muecas graciosas. Ya no le parecía una criatura monstruosa, sino más bien un compañero de juegos.
Cuando el sol comenzó a ponerse, los ositos se despidieron y regresaron a sus casas. Bernardo caminó de vuelta a su cueva, sintiéndose mucho más valiente que antes. Su sombra lo seguía, pero esta vez, Bernardo no sintió miedo.
Al llegar a su cueva, Bernardo se detuvo y miró a su sombra. Sonrió y le dijo: "¡Buenas noches, Sombra!"
La sombra, por supuesto, no respondió, pero Bernardo sintió que le devolvía la sonrisa. Desde ese día, Bernardo ya no le tuvo miedo a su sombra. Aprendió a aceptarla como parte de sí mismo, y a divertirse con ella. Y aunque a veces, todavía se sobresaltaba un poco cuando la sombra hacía algo inesperado, recordaba las palabras de la osezna: "Es como un amigo que siempre nos acompaña." Y con esa idea en mente, Bernardo siguió viviendo sus aventuras, acompañado siempre por su fiel, y ahora amada, sombra.
Al día siguiente, Bernardo incluso intentó enseñarle a su sombra a pescar. Aunque la sombra no podía sostener la caña, Bernardo se reía al ver cómo imitaba sus movimientos. ¡Ahora la sombra era su mejor amiga!
Bernardo nunca olvidó la lección que aprendió aquel día junto al río. Ya no permitía que el miedo lo paralizara. En cambio, eligió la valentía y la diversión, incluso cuando se trataba de su sombra traviesa.
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