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Gratis · elegí una vozEn el fondo de mi casa, justo detrás del gran árbol de mangos y cerca del viejo pozo, vive un cocodrilo muy especial. Es verde, como la hierba fresca después de la lluvia, y se arrastra por el suelo con una elegancia sorprendente. Pero no teman, ¡Pancracio nunca a nadie muerde! Es el cocodrilo más gentil que jamás hayan conocido.
Como es muy distinguido, lleva el nombre de Pancracio. Mi abuela, Doña Elena, fue quien lo nombró así. Dice que le recuerda a un tío abuelo que siempre vestía de verde y tenía modales impecables.
Todos los días, después de la escuela, corro a visitar a Pancracio. Lo encuentro tomando el sol, con los ojos cerrados y una sonrisa discreta en su hocico. "¡Hola, Pancracio!" lo saludo siempre.
Él abre un ojo, luego el otro, y me dedica una mirada amigable. "¡Hola, mi pequeño amigo!" me responde con una voz grave pero suave, como el murmullo del río.
Yo le doy una galletita de miel. A Pancracio le encantan las galletitas de miel. Las prefiere a cualquier otra cosa, incluso a los jugosos mangos que caen del árbol.
Cuando recibe la galletita, la toma con cuidado entre sus grandes mandíbulas y dice, con una cortesía inigualable: "Muchas gracias". Siempre dice muchas gracias. Es un cocodrilo muy educado.
Un día, mi amigo Tomás me preguntó: "¿Por qué tienes un cocodrilo en tu casa? ¡Da mucho miedo!"
Yo le expliqué que Pancracio no era un cocodrilo común. "Él es diferente, Tomás. Es mi amigo. Nunca haría daño a nadie."
Tomás seguía escéptico. "Pero… ¿qué come además de galletitas? ¿No come carne?"
"Come muchas cosas," le respondí. "Come hojas de lechuga, trozos de sandía y, de vez en cuando, un puñado de flores. Pero su plato favorito son, sin duda, las galletitas de miel."
Para convencerlo, lo llevé a conocer a Pancracio. Al principio, Tomás estaba muy nervioso. Se escondía detrás de mí y solo asomaba la cabeza para echar un vistazo.
Pancracio, al vernos, se levantó lentamente y nos saludó con un gesto de su cabeza. "Bienvenidos, pequeños amigos. No teman, soy inofensivo."
Tomás, aún temblando un poco, le ofreció una flor que había recogido en el jardín. Pancracio la tomó con delicadeza y la olió con placer. "¡Qué fragancia tan agradable! Muchas gracias," dijo con una sonrisa.
Poco a poco, Tomás fue perdiendo el miedo. Se acercó más a Pancracio y empezó a hablarle. Le contó sobre sus juegos favoritos, sobre su perro Lolo y sobre las clases de natación.
Pancracio escuchaba atentamente, asintiendo con la cabeza de vez en cuando. Parecía realmente interesado en lo que Tomás le contaba.
Desde ese día, Tomás también se hizo amigo de Pancracio. Todos los días, después de la escuela, íbamos juntos a visitarlo. Le llevábamos galletitas de miel, flores y le contábamos nuestras aventuras.
Una tarde, mientras jugábamos al escondite cerca del pozo, escuchamos un ruido extraño. Era un maullido débil y lastimero.
Buscamos por todas partes hasta que encontramos a un pequeño gatito atrapado en el fondo del pozo. Estaba muy asustado y no podía salir.
Intentamos ayudarlo, pero el pozo era demasiado profundo y no llegábamos al fondo. Estábamos desesperados.
Entonces, Pancracio se acercó. "Yo puedo ayudar," dijo con decisión.
Con cuidado, se deslizó dentro del pozo. Gracias a su largo cuerpo y sus fuertes patas, pudo llegar hasta el gatito y lo sacó con suavidad.
El gatito, a salvo en mis brazos, ronroneó agradecido. Tomás y yo abrazamos a Pancracio, muy agradecidos por su ayuda.
Desde ese día, todos en el pueblo supieron que Pancracio no era solo un cocodrilo distinguido y educado, sino también un héroe. Y yo, estoy muy orgulloso de ser su amigo. Siempre le doy su galletita, y él siempre dice: "Muchas gracias".
Una noche, mientras le contaba un cuento a Pancracio bajo la luz de la luna, le pregunté: "Pancracio, ¿por qué vives en el fondo de mi casa?"
Él me miró con sus sabios ojos de cocodrilo y me respondió: "Porque aquí encontré un amigo verdadero. Y eso, mi pequeño, es lo más valioso del mundo."
Desde entonces, cada vez que le doy su galletita de miel y él dice "Muchas gracias", sé que nuestra amistad es un tesoro que cuidaré para siempre. Y aunque otros cocodrilos muerdan, el mío, Pancracio, solo da amor y amistad.
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