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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblo al pie de las montañas, donde las casas parecían dormir bajo un manto de estrellas titilantes, vivía Rufino, un perro callejero. Rufino no era un perro cualquiera. Una vieja herida, recuerdo de un encuentro desafortunado con una carreta, lo había dejado cojo. Cada paso era un esfuerzo, un pequeño brinco que lo hacía parecer más un conejo que un perro. Los niños del pueblo, aunque a veces crueles, también sentían lástima por él. Le dejaban trozos de pan duro y huesos roídos cerca de la panadería.
Pero Rufino tenía un secreto. Un secreto que solo la noche conocía. Cuando la luna se alzaba alta y redonda, pintando el pueblo de plata, Rufino se transformaba. No físicamente, pero sí en espíritu. Se volvía más alerta, más observador. Sus ojos, normalmente apagados por el dolor, brillaban con una intensidad extraña.
Se decía que Rufino podía ver fantasmas.
La leyenda contaba que el pueblo, antaño próspero, había sido escenario de una tragedia. Un incendio voraz había consumido la iglesia, atrapando a los feligreses en su interior. Sus almas, decían, aún vagaban por las calles, buscando la paz que la muerte les había negado. Nadie los veía, nadie los oía, excepto, tal vez, Rufino.
Una noche, un nuevo vecino llegó al pueblo. Un hombre alto y delgado, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Se instaló en la vieja casa del molinero, una casa que llevaba años deshabitada, tachada de maldita por los lugareños. Los perros ladraban a su paso, los gatos huían despavoridos. Algo en él, en su aura, inquietaba a los animales.
Rufino sintió el peligro desde el primer momento. Lo observaba desde la distancia, con el pelo erizado y un gruñido sordo escapando de su garganta. El hombre, al notar la presencia del perro cojo, le dedicaba una mirada fría, una mirada que calaba hasta los huesos.
Una noche, la más oscura del año, Rufino escuchó un lamento. Un lamento débil, como el susurro del viento entre las hojas secas. Siguió el sonido, rengueando por las calles empedradas, hasta llegar a la casa del molinero. La puerta estaba entreabierta, dejando escapar una luz tenue y amarillenta.
Con cautela, Rufino se adentró en la casa. El aire estaba cargado, denso, como si el tiempo se hubiera detenido. Olía a polvo, a madera vieja y a algo más… un olor acre, metálico, que le revolvía el estómago.
En el salón, el hombre estaba de pie frente a un altar improvisado. Velas negras iluminaban su rostro, distorsionándolo, haciéndolo parecer una máscara demoníaca. Sobre el altar, una fotografía amarillenta: la imagen de la antigua iglesia, antes del incendio.
El hombre murmuraba palabras ininteligibles, invocando a fuerzas oscuras. De repente, un escalofrío recorrió la espina dorsal de Rufino. Sintió una presencia, una multitud de presencias, a su alrededor. Eran los fantasmas, las almas atrapadas en el incendio, atraídas por la invocación del hombre.
Los fantasmas, pálidos y translúcidos, rodeaban al hombre, intentando alejarse, pero algo los mantenía cautivos. El hombre, con una sonrisa malévola, extendió sus manos, como si intentara atraparlos, alimentarse de su energía.
Rufino supo que tenía que hacer algo. A pesar de su cojera, a pesar del miedo que le atenazaba el corazón, sintió una fuerza inmensa, una necesidad imperiosa de proteger a esas almas atormentadas.
Ladró. Un ladrido fuerte, desgarrador, que resonó en toda la casa. El hombre se sobresaltó, interrumpiendo su invocación. Los fantasmas, al oír el ladrido, se volvieron hacia Rufino, con la esperanza brillando en sus ojos espectrales.
El hombre, furioso, se abalanzó sobre Rufino, intentando silenciarlo. Pero el perro cojo no se amedrentó. Con agilidad sorprendente, esquivó el ataque y mordió la mano del hombre. Un mordisco certero, doloroso, que lo hizo retroceder.
La invocación se había roto. Los fantasmas, liberados de su cautiverio, se elevaron hacia el cielo, transformándose en una lluvia de luz que iluminó toda la casa. El hombre gritó de rabia, mientras la luz lo consumía, desvaneciéndolo en la nada.
Cuando amaneció, la casa del molinero estaba vacía. El hombre había desaparecido, sin dejar rastro. Los vecinos, al conocer la historia, miraron a Rufino con otros ojos. Ya no era solo un perro cojo, sino un héroe.
Desde aquel día, Rufino se convirtió en el guardián del pueblo. Dicen que aún se le puede ver, en las noches de luna llena, patrullando las calles, protegiendo a los vivos y velando por el descanso eterno de los muertos. Y si escuchas un ladrido en la noche, no temas. Es solo Rufino, el perro cojo, cuidando de ti.
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