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Pedro era un niño curioso, con pecas como constelaciones en su nariz y una imaginación más grande que un campo de girasoles. Un caluroso día de verano, mientras exploraba el jardín de su abuela, algo inesperado sucedió. Estaba persiguiendo una mariposa azul brillante cuando, ¡ZAS!, sintió un pinchazo en el brazo.
"¡Ay!", exclamó Pedro, frotándose el brazo. Vio una pequeña mosca verde que salía volando, dejando tras de sí una pequeña roncha roja. No le dio mucha importancia y siguió jugando.
Pero al cabo de un rato, Pedro notó que algo extraño estaba ocurriendo. Primero, su mano se sentía pesada, muy pesada. La miró y ¡oh, sorpresa!, su piel se estaba volviendo grisácea y dura. ¡Se estaba convirtiendo en piedra!
"¡Abuela! ¡Abuela!", gritó Pedro, con voz asustada. Su voz sonaba extraña, como si saliera de una estatua. Su abuela, una mujer sabia con el pelo blanco recogido en un moño, corrió hacia él.
"¡Pedro, qué te ha pasado!", exclamó la abuela, examinando su brazo petrificado. "Parece que te ha picado la legendaria Mosca Petrifactus. ¡Su picadura tiene el poder de convertir a quien pica en piedra!"
Pedro estaba aterrorizado. "¿Hay alguna cura, abuela? ¿Voy a quedarme así para siempre?"
La abuela, con una mirada pensativa, respondió: "Existe una cura, pero es difícil de encontrar. Necesitamos el rocío de la Flor de la Luz, que solo florece en la cima de la Montaña Nublada, y la sonrisa de un colibrí."
La Montaña Nublada sonaba aterradora. Dicen que está llena de criaturas extrañas y senderos resbaladizos. Y la sonrisa de un colibrí... ¡eso sonaba imposible!
"Pero, abuela, ¿cómo vamos a conseguir eso? Estoy casi completamente de piedra!" Pedro ya tenía una pierna y medio cuerpo convertidos en roca. Se movía torpemente.
"No te preocupes, Pedro. Lo conseguiremos juntos", dijo la abuela con determinación. Preparó una mochila con agua, galletas y una lupa. Luego, con mucho esfuerzo, ayudó a Pedro a subir a su vieja carreta de madera.
El viaje a la Montaña Nublada fue largo y lleno de obstáculos. Tuvieron que cruzar un río saltando sobre piedras resbaladizas (lo cual fue muy difícil para Pedro, que cada vez pesaba más), y esquivar las ramas bajas de los árboles.
Finalmente, llegaron al pie de la montaña. La abuela, a pesar de su edad, era muy fuerte. Ayudó a Pedro a subir los primeros tramos del sendero, pero pronto se dieron cuenta de que el camino era demasiado empinado para la carreta.
"Tendré que llevarte a cuestas, Pedro", dijo la abuela, jadeando un poco. Y así lo hizo. Con Pedro cada vez más pesado, la abuela subió la montaña, paso a paso, con una determinación admirable.
Cuando llegaron a la cima, se encontraron con un paisaje impresionante. Las nubes rodeaban la montaña como un mar de algodón, y en medio de todo, ¡allí estaba! La Flor de la Luz, brillando con un resplandor dorado.
Pero la Flor de la Luz estaba protegida por un pequeño dragón verde, que dormía plácidamente a su lado. La abuela y Pedro se miraron con preocupación. ¿Cómo iban a conseguir el rocío sin despertar al dragón?
Pedro tuvo una idea. Recordó que le encantaba contar chistes. Tal vez, si contaba un chiste lo suficientemente bueno, el dragón se reiría en sueños y el rocío caería de la flor.
"Abuela, ayúdame a pensar en un chiste muy bueno", susurró Pedro. La abuela pensó por un momento y recordó un chiste que le contaba su abuelo.
Pedro, con su voz de piedra, susurró el chiste al dragón dormido: "¿Qué le dice un jaguar a su mamá? I jaguar you!"
Para sorpresa de todos, el dragón soltó una pequeña risita en sueños. La Flor de la Luz se sacudió ligeramente, y una gota de rocío brillante cayó directamente en la mano de Pedro.
"¡Lo tenemos!", exclamó la abuela, con alegría. Rápidamente, le untó el rocío en el brazo petrificado de Pedro. Lentamente, la piedra comenzó a desaparecer, y su piel volvió a su color normal.
Ahora solo faltaba la sonrisa del colibrí. La abuela sabía que los colibríes aman las flores rojas. Rápidamente, sacó un pañuelo rojo de su mochila y lo agitó en el aire.
Un pequeño colibrí se acercó, curioso por el pañuelo rojo. La abuela le ofreció un poco de agua azucarada que había traído. El colibrí, agradecido, bebió el agua y luego, como si supiera lo que necesitaba, le dedicó a Pedro una brillante y alegre sonrisa.
Esa sonrisa, llena de alegría y gratitud, fue suficiente. La última parte de Pedro que aún estaba petrificada, su pie, volvió a la normalidad. Pedro estaba completamente curado.
Abrazó fuertemente a su abuela, agradecido por su valentía y amor. Juntos, regresaron a casa, sabiendo que habían vivido una aventura inolvidable. Y Pedro aprendió que incluso la picadura más terrible puede ser superada con valentía, amor y un buen chiste.
Desde ese día, Pedro nunca olvidó la aventura en la Montaña Nublada. Siempre recordaba la valentía de su abuela, el poder de la risa y, sobre todo, el valor de la amistad y el amor.
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