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Gratis · elegí una vozPelusa era un perro salchicha muy particular. No le gustaba perseguir ardillas, ni ladrarle al cartero, ni jugar a buscar la pelota. Lo que Pelusa realmente anhelaba era ser un gato. Observaba a los gatos del vecindario con una envidia sana. Los veía trepar a los árboles con agilidad, dormir siestas al sol en las ventanas, y ronronear con una satisfacción que Pelusa solo podía imaginar.
"¡Ojalá pudiera ser un gato!", suspiraba Pelusa, moviendo su corto rabito con tristeza. Intentaba trepar a los árboles, pero sus patitas cortas no le ayudaban en absoluto. Solo lograba raspar la corteza y llenarse de tierra. También intentaba dormir siestas al sol en las ventanas, pero la Sra. Rodriguez, su dueña, siempre lo bajaba, diciendo: "¡Pelusa, las ventanas son para mirar, no para dormir!".
Un día, Pelusa vio a Mimí, la gata siamesa del vecino, acicalándose con elegancia. Mimí era la gata más sofisticada del barrio. Tenía un pelaje sedoso, ojos azules penetrantes y un aire de superioridad que intimidaba a todos los perros, excepto a Pelusa. Él la admiraba secretamente.
Pelusa se acercó tímidamente a Mimí. "Mimí, ¿podrías enseñarme a ser un gato?", le preguntó con voz temblorosa.
Mimí lo miró de arriba abajo con desdén. "¿Tú? ¿Un gato? ¡Qué ridículo!", respondió con su voz melodiosa pero ligeramente burlona. "Los perros son torpes, ruidosos y siempre están babeando. Los gatos somos elegantes, silenciosos y refinados. No tienes ninguna posibilidad".
Pelusa se sintió muy triste. Las palabras de Mimí lo hirieron profundamente. Pero no se rindió. Estaba decidido a demostrarle a Mimí que podía ser tan elegante y refinado como cualquier gato.
Empezó a practicar movimientos felinos. Caminaba con pasos suaves y silenciosos, intentando imitar la gracia de Mimí. Se acicalaba con la lengua (aunque no era tan fácil como con una pata), y practicaba ronroneos (que más bien sonaban como gruñidos extraños).
Los otros perros del vecindario se reían de él. "¡Mira a Pelusa, el perro-gato!", se burlaban. Pero Pelusa no les prestaba atención. Estaba enfocado en su objetivo.
Un día, la Sra. Rodriguez compró un ovillo de lana nuevo. Era de un color azul brillante y suave al tacto. Pelusa, recordando cómo los gatos jugaban con ovillos de lana, no pudo resistirse. Empezó a empujarlo con la nariz, a enredarse en él y a perseguirlo por toda la sala.
De repente, el ovillo de lana rodó por el balcón y cayó a la calle. Pelusa, sin pensarlo dos veces, saltó tras él. Pero como no era un gato, no calculó bien la distancia y cayó al suelo con un golpe sordo.
Para su sorpresa, Mimí estaba allí, observándolo. "¡Qué torpe!", exclamó Mimí, pero esta vez su tono no era tan burlón. "¿Estás bien?"
Pelusa se levantó, sacudiéndose el polvo. "Sí, estoy bien", respondió. "Solo quería recuperar el ovillo de lana".
Mimí se acercó al ovillo de lana y lo empujó con la nariz hacia Pelusa. "Aquí tienes", dijo. "Pero ten más cuidado la próxima vez".
Pelusa se sorprendió por la amabilidad de Mimí. "Gracias", dijo. "Mimí, sé que nunca seré un gato de verdad, pero me gusta intentar ser como tú. Eres muy elegante y graciosa".
Mimí ronroneó suavemente. "Bueno, no eres tan malo como perro", admitió. "Eres persistente, eso lo admito. Y eres el único perro que conozco que se preocupa por un ovillo de lana".
Desde ese día, Pelusa y Mimí se hicieron amigos. Pelusa aprendió que no tenía que ser un gato para ser feliz. Podía ser un perro salchicha elegante y refinado, que disfrutaba de la compañía de una gata sofisticada. Y Mimí aprendió que los perros no eran tan torpes y ruidosos como pensaba. Algunos, como Pelusa, podían ser incluso... interesantes.
Pelusa siguió practicando sus movimientos felinos, pero ahora lo hacía por diversión, no por obligación. Y aunque nunca logró trepar a un árbol con la agilidad de Mimí, aprendió a apreciar las cosas que lo hacían único como perro: su lealtad, su alegría contagiosa y su amor incondicional por la Sra. Rodriguez. Y, por supuesto, su peculiar amistad con la gata siamesa más sofisticada del barrio.
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