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Gratis · elegí una vozMamá Gallina les advirtió a sus pollitos una y otra vez: "¡No se acerquen al bosque oscuro! Está lleno de sombras y quizás peligros que no podemos ver." Todos los pollitos asintieron con sus cabecitas, prometiendo obedecer. Todos, excepto Pío.
Pío era un pollito curioso, con plumas amarillas brillantes y un espíritu aventurero que no cabía en el corral. Cada vez que miraba hacia el bosque, sentía una picazón en las patitas, un deseo irresistible de explorar lo desconocido. "¿Qué habrá allá?", se preguntaba, "¿Qué secretos esconde ese lugar misterioso?"
Un día, mientras Mamá Gallina recogía gusanos en el campo, Pío vio su oportunidad. Sus hermanos jugaban a la gallinita ciega, completamente absortos en su juego. Pío respiró hondo, sintió un cosquilleo de emoción y, ¡zas!, salió corriendo hacia el bosque oscuro.
Al principio, el bosque no parecía tan tenebroso. La luz del sol se filtraba entre las hojas, creando manchas doradas en el suelo. Pío picoteaba hojitas caídas y perseguía mariposas azules. "¡Mamá Gallina exagera!", pensó Pío, sintiéndose muy valiente.
Pero a medida que se adentraba más y más, el bosque se volvía más oscuro y silencioso. Los árboles se alzaban como gigantes sombríos, y el suelo estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus patitas. Pío empezó a sentir un poquito de miedo, pero su curiosidad era más fuerte.
De repente, escuchó un ruido. Un *crujido* entre los arbustos. Pío se detuvo en seco, con el corazón latiendo a mil por hora. ¿Qué era eso? Con cautela, se acercó al lugar de donde provenía el ruido. Y allí, ¡oh, sorpresa!, vio a una ardilla pelirroja, con las mejillas llenas de nueces.
"¡Hola!", dijo Pío, tratando de sonar valiente. La ardilla lo miró con curiosidad, dejando caer una nuez. "¿Qué haces tú aquí, pollito? Este no es lugar para un pollito pequeño." Pío le explicó que solo quería explorar el bosque. La ardilla meneó la cabeza. "El bosque es peligroso. Hay zorros astutos y búhos hambrientos. Deberías volver a casa."
Pío, un poco asustado por la advertencia de la ardilla, decidió que tal vez tenía razón. Estaba a punto de dar la vuelta cuando escuchó un llanto. Un llanto suave y lastimero. "¿Qué es eso?", preguntó Pío a la ardilla.
"Debe ser el Conejito Llorón", respondió la ardilla. "Se perdió ayer y no ha podido encontrar a su mamá." Pío sintió un pinchazo de pena en el corazón. No podía dejar al conejito solo y asustado. "¡Tengo que ayudarlo!", exclamó Pío.
Juntos, Pío y la ardilla siguieron el sonido del llanto hasta que encontraron al Conejito Llorón, acurrucado bajo un arbusto. Estaba temblando de frío y miedo. Pío se acurrucó junto a él para darle calor, mientras la ardilla buscaba algunas bayas para que comiera.
Después de un rato, el Conejito Llorón se sintió un poco mejor. Pío y la ardilla lo animaron a seguir buscando a su mamá. Juntos, los tres caminaron por el bosque, llamando a la mamá coneja. "¡Mamá Coneja! ¡Mamá Coneja!"
Finalmente, escucharon una respuesta. Un *¡puf!* preocupado. ¡Era Mamá Coneja! Corrió hacia su hijito y lo abrazó con fuerza. Estaba tan agradecida de haberlo encontrado. Le agradeció a Pío y a la ardilla por cuidar de su bebé.
"Gracias a ti, pollito", dijo Mamá Coneja. "Has demostrado ser muy valiente y amable." Pío se sintió orgulloso de sí mismo. Había desobedecido a su mamá, pero había hecho algo bueno.
La ardilla guio a Pío de regreso a la orilla del bosque. Antes de despedirse, le dijo: "Recuerda, pollito, la valentía no significa no tener miedo. Significa hacer lo correcto, incluso cuando tienes miedo. Y siempre, siempre, escucha a tu mamá." Pío asintió con la cabeza, aprendiendo una valiosa lección.
Cuando Pío regresó al corral, Mamá Gallina estaba muy preocupada. Lo abrazó con fuerza y le dio un buen regaño. Pío le contó toda su aventura, cómo había ayudado al Conejito Llorón. Mamá Gallina, aunque aliviada, le recordó la importancia de obedecer. Pero también le dijo que estaba orgullosa de su buen corazón.
Desde ese día, Pío siguió siendo curioso y aventurero, pero siempre recordaba la advertencia de su mamá y la lección que aprendió en el bosque oscuro. Y aunque a veces soñaba con explorar nuevos lugares, siempre, siempre, obedecía a Mamá Gallina. Porque sabía que el amor y la seguridad de su familia eran el tesoro más valioso de todos.
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