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Gratis · elegí una vozEn el tranquilo estanque de los Sauces Llorones, vivía una pata llamada Mamá Elena. Mamá Elena era una pata muy cariñosa y orgullosa, y estaba especialmente emocionada porque acababa de tener cinco patitos. Los llamó Pip, Pop, Pum, Pam y Penélope. Pip era el más curioso, Pop el más glotón, Pum el más juguetón, Pam la más observadora, y Penélope… bueno, Penélope era la más tímida de todos.
Un día soleado, Mamá Elena decidió que era hora de que sus patitos aprendieran a nadar. Los llevó hasta la orilla del estanque y les dijo con voz suave: “Mis queridos patitos, hoy es un día muy especial. Hoy aprenderán a nadar. ¡Es lo más divertido del mundo!”.
Los patitos miraron el agua con curiosidad, pero también con un poco de miedo. Pip fue el primero en acercarse. Metió una patita en el agua y gritó: “¡Está fría!”. Pop, que siempre estaba pensando en comida, preguntó: “¿Hay gusanos en el agua?”. Pum, como siempre, empezó a dar saltitos y a intentar empujar a sus hermanos al agua. Pam, con su mirada atenta, observaba a un saltamontes que descansaba sobre una hoja de nenúfar. Y Penélope, escondida detrás de Mamá Elena, no se atrevía ni siquiera a mirar el agua.
Mamá Elena, con paciencia, intentó animarlos. “No tengan miedo, mis pequeños. Es muy fácil. Solo tienen que mover las patitas como si estuvieran pedaleando en el aire”. Entonces, para demostrarlo, se metió en el agua y empezó a nadar con elegancia, dejando una estela de pequeñas olas a su paso. “¿Ven? ¡Es muy sencillo!”, exclamó con una sonrisa.
Pero, para sorpresa de Mamá Elena, ninguno de sus patitos se atrevió a meterse en el agua. Pip alegó que le dolía una patita. Pop dijo que tenía mucha hambre y necesitaba comer primero. Pum argumentó que el agua estaba demasiado brillante y le daba dolor de cabeza. Pam explicó que estaba ocupada observando a las hormigas. Y Penélope, simplemente, temblaba de miedo.
Mamá Elena estaba confundida. ¿Qué pasaba? ¡Nunca había visto patitos que no quisieran nadar! Intentó convencerlos, animarlos, incluso rogarles, pero nada funcionaba. Sus patitos parecían tener un miedo irracional al agua.
Desesperada, Mamá Elena buscó consejo en la pata más sabia del estanque, la abuela Rosalía. La abuela Rosalía, con sus plumas blancas y su mirada serena, escuchó atentamente la historia de Mamá Elena. Al final, sonrió y le dijo: “Querida Elena, cada patito es diferente. No todos aprenden al mismo ritmo. Tal vez tus patitos necesitan un poco más de tiempo y un poco más de motivación”.
La abuela Rosalía le sugirió un plan. Al día siguiente, Mamá Elena preparó un picnic muy especial. Llevó a sus patitos a la orilla del estanque y extendió un mantel a cuadros. Sobre el mantel, colocó deliciosos gusanos, jugosas bayas y crujientes semillas. Los patitos, atraídos por el delicioso aroma, se acercaron corriendo.
Mientras comían, Mamá Elena empezó a contarles historias sobre las maravillas del agua. Les habló de los peces de colores que nadaban en las profundidades, de las ranas que cantaban melodías alegres, y de las libélulas que danzaban sobre la superficie. Les contó historias de aventuras acuáticas y tesoros escondidos bajo el agua.
Poco a poco, la curiosidad de los patitos fue creciendo. Pip empezó a mirar el agua con menos miedo. Pop, entre bocado y bocado, se preguntaba si habría gusanos aún más sabrosos bajo el agua. Pum empezó a chapotear con las patitas en la orilla. Pam seguía observando, pero ahora observaba el agua con más interés. Y Penélope, aunque todavía tímida, se atrevió a acercarse un poco más a la orilla.
Después del picnic, Mamá Elena les propuso un juego. Les dijo que iba a esconder algunos de sus juguetes favoritos cerca del agua, y que ellos tendrían que encontrarlos. Pip encontró su pelota roja flotando cerca de un nenúfar. Pop descubrió su osito de peluche a medio sumergir en la orilla. Pum encontró su trompo girando sobre una hoja que flotaba. Pam, con su aguda vista, encontró su sonajero escondido entre las piedras. Y Penélope, con gran sorpresa, encontró su flor favorita flotando suavemente en el agua.
Al final del día, los patitos estaban cansados pero felices. Habían pasado todo el día cerca del agua, jugando, explorando y descubriendo. Y aunque todavía no sabían nadar, ya no le tenían tanto miedo. Penélope, incluso, se había atrevido a meterse hasta las rodillas en el agua para recoger su flor.
Al día siguiente, Mamá Elena volvió a llevar a sus patitos al estanque. Esta vez, no les obligó a nadar. Simplemente, les dejó jugar en la orilla, explorar el agua a su propio ritmo y descubrir las maravillas que se escondían en ella. Y, poco a poco, uno a uno, los patitos empezaron a meterse en el agua. Primero, solo las patitas. Luego, hasta la barriga. Y, finalmente, ¡empezaron a nadar! Pip, Pop, Pum, Pam y Penélope, nadaban juntos, felices y orgullosos de sí mismos. Habían superado su miedo y habían descubierto lo divertido que era nadar. Y Mamá Elena, los observaba desde la orilla, con una sonrisa radiante en su rostro. Sabía que, con paciencia, amor y un poco de ingenio, cualquier cosa es posible.
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