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Había una vez, a la sombra de las imponentes Murallas de Ávila, un niño muy curioso llamado Primerín. Primerín no era un niño común; le encantaba observar cómo las piedras de la muralla parecían encajar perfectamente, como si alguien las hubiera sumado una a una. Un fresco sábado de otoño, su abuela le entregó una cajita de madera. 'Lleva estas diez deliciosas Yemas de Santa Teresa al guardabosques del Castañar de El Tiemblo', le dijo con una sonrisa.
Primerín se ajustó su mochila y comenzó su caminata. Al entrar en el denso bosque, el aire olía a pino laricio y tierra mojada. No había caminado mucho cuando se encontró con una ardilla de cola rojiza llamada Saltarina. Saltarina estaba sentada sobre una roca, rodeada de piñones.
—¡Hola, Primerín! —exclamó la ardilla—. Tengo un pequeño dilema. He encontrado 5 piñones bajo ese pino, pero mi hermano me ha traído otros 4. No sé cuántos tengo en total para pasar el invierno.
Primerín se agachó y le explicó: —Es muy fácil, Saltarina. Si tienes 5 y decides añadir 4 más, estamos haciendo una operación llamada suma. Vamos a contar: cinco... seis, siete, ocho y ¡nueve! Ahora tienes 9 piñones.
Saltarina saltó de alegría. Primerín continuó su camino, pero al ver que la ardilla tenía mucha hambre, decidió abrir su caja. —Tengo 10 yemas —pensó—. Si le doy una a Saltarina, ¿cuántas me quedarán? 10 menos 1 son 9. ¡Todavía tengo muchas!

Más adelante, cerca de un riachuelo que bajaba de las cumbres nevadas de Gredos, Primerín divisó a una majestuosa cabra montés. La cabra parecía triste. —Hola, doña Cabra. ¿Por qué esa cara? —preguntó el niño.
—Ay, Primerín. Tenía 8 flores de piorno para merendar, pero el viento se ha llevado 3 ladera abajo —respondió la cabra con un suspiro.
—No te preocupes —dijo Primerín—. Eso es una resta. A 8 le quitamos 3 y nos quedan... ¡cinco! Pero no estés triste, yo compartiré mi merienda contigo. Tenía 9 yemas, y si te doy 2 a ti, ahora me quedan 7. ¡Restar es también una forma de ser generoso!
La cabra agradeció el gesto y le indicó el camino hacia el corazón del castañar. El bosque se volvía más dorado y ocre. De repente, un par de cigüeñas que habían volado desde la torre de la Catedral de Ávila bajaron a saludar. Traían en sus picos ramitas para reforzar su nido.
—¡Primerín! —crotoraron las cigüeñas—. Hemos sumado 6 ramas nuevas a las 6 que ya teníamos. ¿Sabes cuántas tenemos ahora?

Primerín pensó un momento. —Seis más seis... eso es una suma doble. ¡Son 12 ramas! Vuestro nido será el más fuerte de toda la provincia.
Las cigüeñas miraron con deseo la caja de Primerín. Él, recordando la lección del día, decidió compartir de nuevo. —Tenía 7 yemas. Si os doy una a cada una, es decir, si resto 2... me quedan exactamente 5 yemas para el guardabosques.
De pronto, el cielo se oscureció un poco y Primerín sintió un pequeño escalofrío. Se dio cuenta de que se había desviado del sendero principal. El bosque de castaños era inmenso. Sin embargo, no estaba solo. Todos los animales a los que había ayudado —Saltarina, la cabra montés y las cigüeñas— aparecieron entre los árboles.
—Nos has enseñado a contar y has compartido tus dulces con nosotros —dijo un sabio búho que bajaba de una encina—. Ahora nosotros sumaremos nuestras fuerzas para guiarte.
Los animales organizaron un desfile. Las cigüeñas volaban alto para ver el camino, la cabra apartaba los matorrales y la ardilla indicaba los giros. Al llegar a la casa del guardabosques, Primerín se dio cuenta de algo sorprendente. Aunque solo le quedaban 5 yemas en su caja, los animales habían recolectado por el camino castañas, moras y manzanas silvestres.
—Mira, Primerín —dijo el guardabosques saliendo a su encuentro—. Has traído 5 yemas, pero tus amigos han sumado 15 castañas y 10 manzanas. Si sumamos todo... ¡tenemos 30 cosas ricas para un gran banquete!
Primerín comprendió que las matemáticas no solo servían para los libros de la escuela. Sumar era reunir amigos, y restar era la oportunidad de compartir lo que uno tiene con los demás. Aquella tarde, bajo el cielo estrellado de Ávila, todos disfrutaron de una cena inolvidable, aprendiendo que en la naturaleza, cuando compartes, el resultado siempre es la felicidad.
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