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Gratis · elegí una vozRenata era una niña curiosa, con ojos brillantes como estrellas y una sonrisa que podía iluminar un día nublado. Un día de sol radiante, su abuelo la invitó a visitar su granja. "¡Hoy conocerás a todos mis amigos peludos, plumosos y… bueno, ¡todos!", exclamó el abuelo con una sonrisa pícara. Renata saltó de alegría. ¡Le encantaban los animales!
Al llegar a la granja, el aire olía a heno fresco y tierra mojada. Lo primero que vio Renata fue una vaca pastando tranquilamente. Era una vaca grande, con manchas marrones y blancas, y una mirada dulce. "¡Hola, vaca!", saludó Renata. De repente, sintió un cosquilleo en la nariz. ¡Achís! Estornudó. Pero al abrir los ojos, algo era diferente. Sus manos… ¡eran pezuñas! Y su ropa, ¡un pelaje blanco y marrón! Renata se había convertido en una vaca. Empezó a mugir suavemente y a pastar junto a la otra vaca. Era divertido sentir la hierba entre sus pezuñas y el sol en su pelaje. Pero después de un rato, echaba de menos sus manos y sus zapatos.
"¡Abuelo!", intentó decir, pero solo salió un "¡Muuu!". El abuelo se acercó, riendo. "¡Veo que ya te has hecho amiga de la vaca!", dijo. Renata, en forma de vaca, le dio un empujoncito con la cabeza, tratando de decirle que era ella. El abuelo, por supuesto, no entendió. Después de un rato, Renata deseó volver a ser ella misma. Pensó con fuerza en sus zapatos rojos y en su pelo castaño. ¡Puf! Otro estornudo, y de nuevo, era Renata. Estaba de pie, junto a la vaca, con sus manos y zapatos de vuelta.
"¡Abuelo, me he convertido en una vaca!", exclamó, con los ojos muy abiertos. El abuelo se rió aún más. "¡Qué imaginación tienes, Renata! Vamos a ver a las gallinas."
En el gallinero, las gallinas cacareaban y picoteaban el suelo. Renata se acercó a una gallina roja, con plumas brillantes. "¡Hola, gallina!", saludó. ¡Achís! Otro estornudo. Y otra vez, la magia. Sus manos se convirtieron en alas, sus pies en garras, y su nariz en un pico. Era una gallina, cacareando y picoteando junto a las demás. Descubrió que le encantaba buscar gusanos en la tierra. Pero después de un rato, echaba de menos sus brazos y sus piernas. Quería correr y saltar, no solo picotear.
"¡Abuelo, soy una gallina!", cacareó, pero el abuelo solo sonrió. "¡Qué bien que te gusten las gallinas!", dijo. Renata suspiró (o mejor dicho, cacareó). Deseó con todas sus fuerzas ser una niña de nuevo. ¡Puf! Otro estornudo, y ya era Renata, de pie en el gallinero, con plumas en el pelo y un poco de tierra en los zapatos.
"¡Abuelo, esto es increíble!", dijo. El abuelo le guiñó un ojo. "¡Aún no has visto nada! Vamos a ver a los cerdos."
Los cerdos estaban revolcándose en el barro, gruñendo felices. Renata se acercó a un cerdito rosado, con una nariz redonda y adorable. "¡Hola, cerdito!", saludó. ¡Achís! Ya sabía lo que iba a pasar. Sus manos se convirtieron en pezuñas, su nariz en un hocico, y su ropa… ¡en piel rosada! Se convirtió en un cerdito. Se revolcó en el barro con los demás cerdos, gruñendo y disfrutando del frescor de la tierra. Era muy divertido, pero después de un rato, echaba de menos su ropa limpia y sus juguetes.
"¡Abuelo, soy un cerdo!", gruñó, pero el abuelo solo se rió. "¡Te ves muy feliz!", dijo. Renata gruñó de frustración. Deseó con todas sus fuerzas volver a ser ella misma. ¡Puf! Otro estornudo, y de nuevo, era Renata, cubierta de barro, pero feliz de tener sus manos y pies otra vez.
Después de convertirse en vaca, gallina y cerdo, Renata estaba un poco cansada, pero también muy emocionada. El abuelo la llevó a ver a los conejos, las ovejas y los patos. Pero Renata, sabiendo lo que pasaría, simplemente saludó a los animales desde lejos. "¡Hola, conejos! ¡Hola, ovejas! ¡Hola, patos!", gritó.
Esa tarde, Renata regresó a casa con el corazón lleno de alegría y el cuerpo un poco sucio. Le contó a su mamá todas sus aventuras en la granja, aunque su mamá pensó que solo estaba jugando con su imaginación. Pero Renata sabía que la granja del abuelo era un lugar mágico, un lugar donde podía convertirse en cualquier animal que deseara. Y estaba deseando volver a visitarla pronto… ¡aunque quizás la próxima vez llevaría un impermeable! ¡Quién sabe en qué se transformaría la próxima vez! Quizás en una oveja lanuda o en un pato nadador. La magia de la granja la esperaba.
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